El Tian-Tan: viaje a mi lápiz

El Tian-Tan: viaje a mi lápiz

Avanzo en dirección al firmamento. Cada paso me acerca a uno de los lugares más originales del planeta, que al mismo tiempo es un viejo conocido de la infancia. Es majestuoso, lleno de misterios y sobrepasa con creces la solemnidad con que yo me lo imaginaba en mis años escolares. Estamos en el Tian Tan o Templo del Cielo, en el sur de Beijing. Aquí aprendo mis dos primeras palabras en chino: tan, templo y tian, cielo (que se repite en Tiananmen, la Plaza de la Paz Celestial).

China | 02 de marzo de 2009
Lalo de la Vega

 

Los faraones egipcios se consideraban hijos de Ra, el dios del Sol, y los emperadores chinos, se autonombraban hijos del cielo, sin nombrar a ningún dios en específico, pero dejando bien claro que su poder terrenal les venía ?desde arriba?. Existían además otras deidades menores a las cuales se les rendía culto. Por eso al este de Beijing se alza hoy el Templo del Sol, al oeste, el Templo de la Luna; al norte, el Templo de la Tierra, que pude visitar en días posteriores, y finalmente en el sur, el más importante y famoso de todos: el Templo del Cielo.

Construido en 1420 por Yung, un emperador de la dinastía Ming (la cual es hoy más famosa por sus jarrones de porcelana que por alguno de sus emperadores en particular), este conjunto era el lugar sagrado de los soberanos chinos. En el primer mes de cada verano venían a este edificio circular a rogarle al cielo por la buenaventura del reino. En un país agrícola como la China medieval, esos deseos se traducían en abundantes cosechas, generosas lluvias y ríos sin inundaciones. Aquí el emperador se bajaba de su gran silla imperial, en la que siempre era llevado en hombros durante sus salidas, y caminaba por sí mismo todo el extenso camino al templo del cielo. Sólo durante este rito, el monarca, ante el cual se arrodillaban millones de chinos y hasta los embajadores extranjeros, hincaba su rodilla en tierra frente al altar para venerar a su santidad el cielo. En las demás ceremonias del Estado, el soberano no solía abandonar su silla y no daba un paso, excepto, claro está, cuando se dirigía a hacer sus necesidades fisiológicas. Por eso en la China actual existe una frase peculiar: ?Tengo que ir adonde hasta el emperador iba a pie.? Vamos tras los pasos del emperador, recorriendo la Calzada de Haiman, que significa ?emergida del mar?. Es una vía ancha, de 300 metros de largo, para simbolizar la gran distancia que separa el cielo y la Tierra. Las losas claras del pavimento atraviesan todos los templos del complejo y van ascendiendo desde la puerta de entrada terrenal al sur, hasta llegar a los pies del Templo del Cielo al norte. Así el caminante tiene la impresión de ir acercándose al cielo a medida que avanza por el Haiman.

Desde allí vislumbramos un templo circular, sin techo, dedicado a la luna. En su centro, una piedra redonda representa el centro del universo. Está rodeada por anillos concéntricos de losas que son todas múltiplos de nueve, el mayor de los dígitos, número de la virilidad y la larga vida. Era tanta la importancia que los emperadores le daban a ?su padre? el cielo, que todo el complejo, incluyendo los diferentes templos, sus terrazas y jardines, supera cuatro veces la superficie del propio Palacio Imperial. El gigantesco recinto de 27 kilómetros cuadrados es más grande incluso que la Ciudad del Vaticano. Finalmente llegamos al Tian Tan, ese edificio redondo que todos hemos visto alguna vez, cuyo nombre oficial es Sala de Oración por las Buenas Cosechas. No es tan alto y colosal como los elegantes rascacielos que definen hoy el paisaje de Beijing, pero ninguno de estos modernos edificios presenta la armonía, el balance de formas y volúmenes, la perfección arquitectónica y el toque artístico de este templo que, aparte de su perfecta cúpula, exhibe dos hileras de portales cónicos.

Nuestro guía nos explica que todo el templo está lleno de símbolos. Su estructura interior es sostenida por 4 apoyos centrales, las Columnas de los Dragones, que representan las 4 estaciones del año, rodeadas a su vez por dos hileras de pilares en círculos concéntricos. Los 12 pilotes del primer anillo representan los 12 meses de año y los otros 12 del anillo exterior, las 12 horas del día, todo un revelador sistema de medir el tiempo. En total los 28 troncos simbolizan las 28 constelaciones celestes. En el techo, un enorme dragón dorado es rodeado por otros 360, pintados también en anillos. Aquí, en este lugar se concentraba todo el poder místico que durante siglos dominó uno de los más grandes imperios de todos los tiempos.

Sin embargo, lo que no pueden saber ni mi guía ni ninguno mis compañeros de viaje, es que algo muy personal me atraía a este lugar de los celajes. Conozco este enigmático edificio redondo desde hace más de 30 años. Aparte de la función celestial que pueda haber tenido para los emperadores, para mí tuvo un uso muy terrenal: con él aprendí a escribir. Sucede que en mi escuela los lápices que usábamos eran chinos, todos de la misma marca. Poseían distintos colores y estampados que iban desapareciendo a medida que le sacábamos punta y los afilábamos. En cada tajada de la cuchilla o del sacapuntas, se desgajaba un oso panda, un abanico chino, una flor de loto o alguno que otro dragón. En ese proceso de uso y desgaste, el carboncillo también iba perdiendo su goma y a veces hasta el casquillo. Lo que ocurría invariablemente era que al final, cuando el lápiz apenas era un mocho, nos quedábamos con la archiconocida frase de ?Made in China? en la parte superior y un templo redondo y solemne, estampado en rojo, que fungía de logotipo de la fábrica.

Quizás algún lápiz haya sobrevivido estas tres décadas y esté acurrucado en algún baúl de los recuerdos para ser descubierto. Sin embargo, la imagen del Tian Tan está muy fresca en mi memoria, pues esa imagen del templo era la única parte del lápiz que nunca sucumbía bajo el sacapuntas. Entonces yo me preguntaba qué era aquel edifico y por qué tenía precisamente que ser circular si todas las demás pagodas que yo conocía eran rectangulares. ¿En qué lugar de China estaría? ¿Por qué sería tan importante como para poner su contorno en todos mis lápices?

Eran tantas las preguntas que se acumulaban en mi cabeza de escolar, que opté por darlas por insolubles. Tuve que esperar treinta años para saber que el recinto está construido usando antiguo el concepto chino de ?cielo redondo y azul sobre Tierra cuadrada y verde?. Así el gran templo es redondo y de tejados azules porque representa en cielo, mientras que el conjunto aledaño rodeado de paredes rectangulares con tejados verdes simboliza la Tierra. En todo el conjunto se cambian ambas formas geométricas y ambos colores. Así la muralla exterior del parque es circular en la zona norte y rectangular en el sur. Quizás esta filosofía le dé otra interpretación al nombre de China, ?Reino del Medio?, para señalar que el país está localizado entre el cielo y la Tierra. El parque es hoy zona de esparcimiento donde los pekineses vienen a jugar a las cartas y a un juego similar al ajedrez. Sin embargo, tuve un gran desencanto al comprobar que actualmente el templo pierde mucho de su magia porque el cielo de Beijing ya no es azul, como aparece en los libros y postales, sino amarillo plomizo, producto de la capa de smog que cubre la capital china.

Cuando nos retiramos del Tian Tan, me llamó la atención un bulto oscuro en uno de los bancos. Aguzo la vista y veo que es un niño encorvado sobre algo que está haciendo muy entretenido. Me acerco sigiloso, tratando de no molestar. El chinito está pintando en una hoja de papel. En su manito un lápiz. Con él traza los contornos de un templo grande y redondo.

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