El gran temblor de Xian

El gran temblor de Xian

El viejo emperador Qin fija sus ojos de vidrio en los míos mientras yo admiro sus ricos ropajes, obra maestra de algún antiguo artesano chino, y su rostro de cera, obra maestra de algún artífice actual. Es increíble la autenticidad de una piel que hace dos milenios dejó de respirar.

China | 09 de abril de 2009
Lalo de la Vega

El museo regional de la ciudad Xi-àn es sólido y espacioso. Durante una visita a la urbe en 1992, el secretario del Partido Comunista Chino expresó su aspiración a que la región tuviera un museo propio, como contrapeso a la mundialmente famosa colección del Ejército de Terracota que se encuentra a unos 30 km de la urbe. Como los deseos de los dirigentes, son órdenes para sus súbditos, cuando el funcionario regresó a la localidad dos años más tarde, los gobernantes locales le tenían una ?sorpresa?: un edificio moderno y confortable, aunque construido en el mejor estilo tradicional chino. Sus estructuras de concreto fueron concebidas para anidar pomposos salones de mármol donde recibir a las delegaciones de todo el país que sin dudas vendrían a visitar el flamante museo. En una sala observamos las reliquias de Xi-àn , que en chino significa ?la Paz del Este?. En otro salón se muestra en tercera dimensión la construcción del palacio imperial en la que fuera la primera capital china. Para disfrutar del interesante documental me recuesto a la pared, pues llevamos varias horas de pie. Noto que la pared comienza a oscilar y me imagino que no es más que un improvisado un tabique de madera para dividir dos áreas de la sala. Supongo que del otro lado algún visitante cansado se ha recostado también, por lo que me separo de la división, para evitar forcejeos en el tabique, y ver con calma el documental hasta el final. Pasamos a la sala de las armas medievales y observo un pequeño grupo de chinos corriendo a nuestro encuentro. Nos pasar por el lado y se dirigen apresurados a la salida. Seguramente andan extraviados ?pienso- y a ahora tienen prisa para no perder el bus de su delegación. Frente a la vitrina que exhibe antiguas vasijas de bronce un policía nos indica por señas que ya van a cerrar la sala. Miro mi reloj. Apenas son las 4:30 de la tarde y, aunque no le digo nada al policía, le comento irritado a mi compañero de viaje.-El museo no cierra hasta las 5 p.m. y ya nos están sacando. Parece que aquí no se respetan los horarios.Ya en camino a la salida un funcionario del museo en camisa blanca y corbata negra nos agita para que caminemos aún más rápido.-¡Que poco educado! ?voy refunfuñado- ¿Para que tanto apuro si ya vamos saliendo?Solamente al llegar a salida entiendo lo ocurrido y caigo en la cuenta de mi soberana ignorancia: ¡Había acabado de ocurrir un terremoto!En un relámpago comprendo que la pared no era un simple panel divisorio, sino un muro de mampostería que se había movido producto del temblor de tierra. El grupo que nos pasó por el lado estaba buscando desesperado la puerta de salida y las prisas de los funcionarios eran para evacuar el edificio lo antes posible por temor a nuevas sacudidas. Evidentemente los chinos, que entienden el idioma y vivían en alarma perpetua desde hacia 10 días, reaccionaron mucho mas rápido que los visitantes extranjeros del museo. Miles de cosas me pasan por la mente en un segundo, pero sobre todo me siento muy molesto conmigo mismo de no haberme dado cuenta de algo que era más que evidente. ¡¿Cómo pude haber sido tan ingenuo?! Le había buscado una justificación a cada síntoma del temblor de tierra y sin embargo yo estaba advertido de antemano sobre los terremotos.Habíamos volado a China bajo el signo del macabro terremoto de Sichuan, que hizo grandes estragos en esa provincia. Apenas una semana después de la catástrofe pusimos proa al País del Dragón sabiendo del riesgo que corríamos, pero consientes de que las ciudades que visitaríamos estaban a miles de kilómetros del epicentro del terremoto. Al aterrizar, las pantallas gigantes en el recién estrenado Aeropuerto Internacional de Beijing Capital nos mostraron la tragedia en toda su dimensión. Escenas similares se repetían en otros enormes televisores que ocupaban las fachadas de varios edificios en el centro de la ciudad.Un día de compras en Beijing yo había donado dinero para las víctimas del terremoto. En una calle peatonal me encontré con voluntarios de la cruz roja china que hacían colectas para los damnificados. Creo que era mucho mejor prescindir de comprar algún regalo con tal de ayudar a quienes necesitaba urgentemente comida y asistencia médica. Yo no podía dormir en un hotel cinco estrellas de espaladas a la tragedia que estaban viviendo millones de personas en mi país anfitrión. ¿Que podían representar 200 euros para mí si ellos lo habían perdido todo? Muchos habían perdido hasta la vida y los supervivientes carecían de lo más mínimo para continuar adelante sin sus familiares, sus pertenencias y sin un techo para cobijarse. Otros estaban mutilados o sufrieron grandes heridas durante el movimiento telúrico. Agradeciendo mi donación, los voluntarios me dieron una pegatina de donante. Como no quería ponerla directamente en mis ropas, terminé por pegarla a la bolsa-cinturón que llevo siempre en mis viajes. Lo que nunca pensé es que yo mismo, apenas tres días más tarde, iba a experimentar en carne propia un movimiento telúrico y que yo también pude haber sido víctima de la violencia del planeta. El espectáculo al salir del museo era insólito. Desde lo alto de la escalinata de la entrada noté que todos los visitantes se habían concentrado en el patio central. Nadie debía quedar bajo techo en las próximas tres horas, pues en ese lapso de tiempo pueden ocurrir nuevas sacudidas. El movimiento telúrico había sido de muy poca intensidad y el epicentro quedaba a miles de kilómetros, no obstante Xi-àn completa estaba en la calle. Todos los niños habían abandonado sus escuelas y los obreros sus centros de trabajo. La gente se amontonaba en las aceras. Algunos portaban cajas de cartón convertidas en asientos improvisados, catres para dormir a la intemperie, asientos de campismo y hasta casas de campañas para pasar la noche. En una esquina una mujer cocinaba con una cocina portátil de keroseno mientras sus hijos pequeños retozaban entre los arbustos de un parque cercano. Esta urbe de 4 millones se había convertido en un improvisado campamento a cielo abierto. No podíamos regresar al hotel antes de las tres horas de compás de espera y nuestro guía chino, pensando más en sus ganancias que en nuestra seguridad, nos quiso llevar a un salón de masajes, de cuyo dueño seguro recibiría una jugosa propina. El pequeño detalle es que dicho salón quedaba en el sótano de un edificio de 12 pisos. Es decir, que si ocurría otro temblor podíamos quedar sepultados por los escombros. Sin embargo no siempre impera la lógica y algunos aceptaron la oferta. Así, mientras media ciudad se preparaba a dormir a la intemperie con tal de no estar bajo techo, un grupo de los turistas alemanes pagaba 120 Yuans para darse masaje en los pies en el fondo de un sótano. Otros nos fuimos a recorrer las calles de Xian. La Paz del Este, como reza el nombre de la ciudad en idioma chino, era una urbe donde reinaba la calma, pero una tranquilidad tensa y llena de incertidumbre. Felizmente no hubo nuevas sacudidas y pudimos dormir esa noche placidamente. Al fin y al cabo estábamos muy lejos del epicentro del terremoto, por lo que aquí los movimientos telúricos eran de mucha menor intensidad. Al día siguiente al entregar mi habitación en el hotel, observo que en la recepción había una alcancía recogiendo fondos para las victimas de terremoto y vuelvo a hacer una donación. En el mismo lobby del hotel entro a una tienda de suouvenirs para comprar postales y junto al estanquillo me encuentro a un escribano que hacia pequeños letreros en papel de arroz con tinta negra y los pinceles tradicionales de la enigmática caligrafiá china. El escribiente observa mi pegatina de donante y me extiende un sobre. - No gracias ?me disculpo- lo que quiero es comprar postales.-Es un obsequio para Ud. ?me responde- Hay cosas que no ocurren todos los días.Conversamos un rato y me di cuenta por su expresión que estaba visiblemente emocionado que un ?nariz larga?, un extranjero como yo, hubiera donado dinero para las víctimas del terremoto. Con un nudo en la garganta quise explicarle que, no importa de que raza y procedencia, todos somos humanos y en situaciones tan dramáticas es un deber elemental el ayudarnos los unos a los otros. Le doy mis más sinceras gracias al escribano y abro el delicado sobre que contiene una tira de papel de arroz. La vendedora de la tienda me ayuda a descifrar el mensaje escrito en 4 grandes caracteres chinos: I-chi-pin-an??LE DESEO UNA LARGA VIDA?
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