Arrroz con palitos

Arrroz con palitos

¿Carne de perro o escorpión al pincho? Las ofertas gastronómicas en las calles comerciales de Beijing son más interesantes para el lente de mi cámara fotográfica que para mi apetito: lombrices y caballitos de mar al pincho, carne de iguana y de gato, serpientes asadas, sopa de algas y, desde luego, ancas de rana. Sin embargo, los escarabajos en la parrillada de los pekineses se consideran ?refinados? con respecto a otras regiones. Bromean de que en Cantón, al sur de China, se comen todo lo que tenga cuatro patas, excepto sillas y mesas, y todo lo que vuele, excepto aviones.

China | 11 de abril de 2009
Lalo de la Vega

Esos exóticos platos orientales, obviamente, no pueden ser asimilados sin reservas por los estómagos venidos allende los mares. Por eso nuestro grupo era llevado a restaurantes especiales, donde nos encontrábamos con un sistema de mesas redondas. En el centro de cada tablero ponían los diferentes platos en una bandeja giratoria y cada cual se servía de la fuente que estimara conveniente. Aunque estos locales eran para extranjeros, en ellos se servían solamente platos chinos, con la única diferencia de que se excluían a los insectos y reptiles de la oferta culinaria. Este tan novedoso método daba como resultado turistas hambrientos e insatisfechos. Aparte del arroz y alguna poca carne, la mayoría de los selectos manjares eran de sabor y olor poco atrayente para los que estábamos acostumbrados a un régimen culinario totalmente diferente. Sin embargo, esas sesiones de bandejas giratorias tuvieron la virtud de hacerme aprender a comer con palitos chinos. No siempre había disponibles tenedores y la necesidad es la madre de la inventiva. Comer el arroz con palitos es relativamente fácil: se coge la primera varilla como si fuera un lápiz para escribir y la segunda se coloca entre los dedos anular y meñique, y se mantiene inmóvil. Basta mover el palillo superior para lograr ese efecto de pinza con el cual se pueden tomar los alimentos. En China, el arroz se cuece con mucho agua y es servido en forma de pelotitas, que son fáciles de atrapar. Como ni siquiera este curso intensivo de palitos chinos me hizo reconciliarme con las mesas redondas, decidimos ir a comer por cuenta propia. Queríamos entrar en contacto con la vida real en las calles de Beijing, lejos de las amables imposiciones gastronómicas de nuestros guías turísticos. Nuestros estómagos nos lo iban a agradecer ?o al menos eso era lo que pensábamos entonces?. Nos arriesgamos primeramente en una cantina para chinos muy concurrida, cerca de un centro comercial para extranjeros, por lo que la carta estaba en chino y en inglés, y con fotos ilustrativas de los distintos platos. Parece que no era normal que ?narices largas? como nosotros entraran al local. Por eso algunos pekineses nos miraban como si fuéramos un bicho raro, pero mientras no aparecieran bichos raros sobre el plato, para mí todo estaba en orden. Esa noche tuvimos éxito de público y taquilla, y disfrutamos de una cena nutritiva, barata y sin las restricciones de las comidas dirigidas. Envalentonados por nuestra primera aventura gastronómica probamos suerte nuevamente. En el segundo intento abordamos un restaurante cerca de nuestro hotel. La carta también era bilingüe, aunque sin fotos ilustrativas. Buscando algún ejemplar comestible de la fauna china, que fuera reconocido a nivel internacional, pedí medio pollo frito. En efecto, sobre el plato me trajeron medio pollo? con media cabeza, media cresta, medio pico, un ojo y una pata. Venía además picado en cuadritos, como si se tratara de un pedazo de pizza, pues los cortes no respetaban que fuera carne hueso o pellejo. Estaba más salcochado que frito y despedía un aroma que yo no calificaría precisamente de muy apetitoso. Esta vez, mi estómago no me agradeció el haberme salido del plato? o de la mesa redonda. En un restaurante de Chong Ching, la ciudad más grande del mundo, al terminar de comer nos preguntaron que si para la buena digestión queríamos licor de salamandra o de serpiente. Pensando que se trataba de una marca de alcoholes, pedí licor de serpiente. Luego pude ver en el bar del restaurante dos enormes botellones de cristal. Dentro de uno había dos serpientes y en el otro, una salamandra sumergida en un líquido de color ámbar. Ese era el licor que nos habíamos acabado de tomar. Sin embargo, mi gran encuentro, por no decir gran encontronazo, con la gastronomía china lo tuve en mi última noche en Beijing. Tenía mucha hambre. Había aprovechado mi último día en la capital para andar de trotamundos y me había olvidado de comer. Al regresar a hotel, ya no podía resistirme a las señales inequívocas que me mandaba mi estómago. Pasadas las diez de la noche ya muchos locales habían cerrado sus puertas y el centro de alta cocina junto a mi hotel 5 estrellas tenía precios prohibitivos. Salí a la calle y, luego de mucho buscar, encontré una fonda abierta a esa hora. Era un local completamente de chinos. Posiblemente yo era el único ?nariz larga? que se había atrevido a entrar allí en todo el día y por eso me recibió un coro de miradas de asombro. Dentro había unas diez personas, incluyendo empleados y comensales, que hablaban a gritos e interrumpieron su animada charla para verme con el rabillo del ojo. Pedí la carta, pero estaba escrita solamente en mandarín y sin fotos. Por supuesto que ninguno de los presentes hablaba inglés o cualquier otro idioma extranjero, y apenas hablaba diez palabras en chino, que no me permitían ordenar nada. Esta vez la cena sería jugar a la lotería, ordenar algún plato de la lista y ver qué resultaba. Por señas le di a entender al cantinero que me trajera arroz y una Coca Cola para tomar. Faltaba la carne y ese era el gran dilema, pues, ¿qué pedir? Pero sobre todo ¿cómo pedirlo? Entonces recurrí a un método tan universal como sencillo. Le indiqué que me trajera lo mismo que estaba comiendo un chino sentado a la mesa vecina. Era un fricasé de una carne de color pardo y olor indefinido que parecía ser lo más potable en toda la zona. El camarero tomó el pedido haciendo garabatos en mandarín en su pequeña libreta, me hizo pagar la factura y desapareció detrás de la puerta de la cocina. Los huéspedes de la cafetería me miraban con curiosidad y algunos hasta me sonreían, aunque la barrera del idioma nos dificultaba comunicarnos. Cuando el cantinero salió de la cocina, bandeja en mano, todos dejaron de comer para observar el ritual. Dejó frente a mí la botella de refresco, un pozuelo de arroz, una fuente con carne y un plato limpio. Diez pares de ojos se clavaron en mí para ver cómo el ?nariz larga? se comía aquello. No sabían que yo ya había pasado la escuela de comer con palitos, por lo que no me fue difícil mezclar la comida. Tomé el primer bocado y noté que la carne tenía un sabor muy extraño. Obviamente no era cerdo ni carne de res ni de ninguna ave. ¿Sería de conejo, de perro o de gato??Bueno ?me dije a mí mismo?, hoy es el día en que te toca comer proteína alternativa. Será de algún cuadrúpedo pekinés?De todas formas, a esas alturas, mi hambre no me permitía vacilar ante esas menudencias. Siempre me había preguntado qué sabor tendría la carne de perro y parece que había llegado el día para descubrirlo. Impulsado por mi apetito voraz, y para asombro de mis vecinos, me comí toda la fuente con fricasé, pensando que era carne de perro o de algún otro habitante innombrable de la fauna del Lejano Oriente. De forma paradójica, fue precisamente mi hambre la que me ayudó a despejar la incógnita. Al llegar al fondo del plato, pude ver entre los restos de salsa la figura de un animal y su nombre escrito en chino y en inglés. Lo comparé con el comprobante que me habían dado en la caja al pagar. Entonces comprendí que el sabor tan extraño de la carne se debía a que era de carnero.
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