Sobre lo que permanece

Creí que podría hacerlo, pero qué quieren, está visto que no puedo. Que no me conozco tan bien como pensaba; o que conociéndome, mi propósito tenía más que ver con lo que mi deseo era que con lo que la realidad me sugería que iba a ser. Me explico.

Opinión | 14 de enero de 2011
Domingo C. Ayala

A finales de octubre, puede que primeros de noviembre, terminé de escribir (más tarde de lo que esperaba, como casi siempre) la que en cuanto acabe de engañar a los editores será mi próxima novela. Antes de eso, por una alternancia tácita adquirida conmigo mismo, vendrá un libro de poesía, que verá la luz con la primavera entrada. Sólo quiero dar cuenta con esto de que, a priori, lo último que me apetecía con el fin del año pasado y el comienzo del presente era ponerme a escribir. Lo confieso, no soy una de esas almas puras que precisan de su veneno escriturario para ser felices, para encontrar un sentido a su existencia y completarse como seres humanos. No lo soy, por más que casi siempre acabe delante del ordenador aporreando teclas. Así, creí que estaba suficientemente surtido de creación para algún tiempo, y me di a otros placeres más reales. No obstante, por vaya usted a saber la razón, me dio por revisar archivos antiguos, y encontré algunos apuntes, ideas, poemas sueltos, libros sólo empezados? Lo malo de dejar constancia de aquello que se te ocurre es que puedes acabar con la absurda pretensión de que lo desechaste sólo por falta de tiempo, no por que no mereciese la pena. De resultas que, queriendo o sin querer, un poco por esto y un poco por aquello, he vuelto a escribir. Poesía, por aquello de la alternancia.

Y se preguntarán ustedes qué coño les importa. Paciencia, amigo lector. Este omnia vanitas tiene su sentido. Repasando, como he dicho, lo creado no sólo en formato de futuros libros, sino lo ya publicado como artículos, mi propio blog e incluso lo escrito en foros y redes sociales varias he advertido una cierta reiteración de motivos. Si bien son en algunos casos mostrados o tratados desde puntos de vista disímiles, o con formas no exactamente iguales, sí que subyacen en muchos de mis escritos (y por ende en mi forma de pensamiento, en mi categorización del mundo) unas preocupaciones espirituales, estéticas y vitales que podrían agruparse fácilmente en compartimentos estancos. A pesar de que siempre nos atengamos al engañoso tempus fugit, en según qué circunstancias puede parecernos cuaternario algo que dijimos o dejamos por escrito hace sólo un par de años, tan bergsoniano es a veces el tiempo en nuestra memoria. Pero a poco que indaguemos y traspasemos la costra superficial de lo aislado, de lo separado del contexto, nos daremos cuenta de que no, no somos tan diferentes, ni hace tanto tiempo de casi nada. La evolución, por supuesto, se presupone en la mayoría de los casos (por más que en otros se troque involución). Casi con seguridad amamos lo mismo que hace un año, o dos. Es más que probable que nos preocupen, más o menos, las mismas cosas del 2008, o de antes. Y la opinión que nos merezcan determinados temas puede ser otra, pero los susodichos temas permanecerán.

Por tanto veo con ingenuidad que no sólo no he cambiado en los aspectos sustanciales, sino que tampoco los demás lo han hecho, bien que yo pensase lo contrario. Simplemente nos dedicamos a ofrecer otras caras. O a intentarlo. Fíjense, yo creía que podría. Y parece que no, que no puedo.

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