Los actos impúdicos

A veces uno tiene la sensación de vivir en un mundo infestado de seres de mente retorcida, otras cree cohabitar con los más indeseables y fatuos personajes; en la mayoría de los casos, sencillamente, uno se da cuenta de que el mundo está lleno de gilipollas.

Opinión | 27 de octubre de 2010
Domingo C. Ayala

En las últimas semanas he estado un poco desconectado de la actualidad nacional, debido primero a un viaje por el norte de Inglaterra, después por las fiestas patronales de San Pedro, con sus seis dionisíacas e interminables jornadas, y por último dándome de tortas para terminar mi próxima novela. A pesar de ello, no he podido evitar que me asalten noticias que desesperarían a cualquier ciudadano medianamente responsable, y que sin embargo, de puro habituales, pasarán sin más pena que gloria por los anecdotarios de este próximo a acabar 2010. Me permitirán que haga un repaso somero: el presidente inoperante de un gobierno tan maltrecho como la economía del país, en un nuevo bandazo que resume su previsión política, reorganiza su gabinete dándole un respaldo de poder al hombre que, en la sombra, ya lo tenía, y premia con la cartera de Asuntos Exteriores a la señora que viene de perder las primarias madrileñas a pesar de que el antedicho presidente le había prestado su apoyo en tal elección. Por el mismo tiempo, un botarate elegido por el pueblo (quiero pensar que algo más listo) que ostenta una vara de mando en capital castellana, se refiere a la recién nombrada Ministra de Sanidad en unos términos que hablan a las claras sobre su preocupación por los problemas de los ciudadanos, ya que cada vez que le ve el careto a la ministra piensa en succiones de la humedad de una bañera. Pero es que el señor (por decir algo), no contento con la machada, al pedir disculpas consigue que el pan suba unos céntimos más, calificando a la pretendida succionadora de personaje de dibujos animados. para eso mejor no se hubiese disculpado, hombre. Supongo que a este tipejo le desvelará otra de las noticias, la inminente visita del ex-nazi jefe de la mentirosa secta cristiana, que sigue sin pegarle fuego a todos sus subordinados probadamente pederastas. Supongo que eso sólo se hace con las mentes que abundan en el avance de la ciencia, como Giordano Bruno o Miguel Servet. Ando preguntándome cuánto le costarán a mi país las medidas de seguridad para la visita, así como el continuo agasajo consentido de un Estado presuntamente aconfesional; ando en esto, digo, cuando me asalta la noticia de que la insigne gloria de las Letras Hispánicas con programa propio en Telemadrid confiesa en su último libro haber mantenido relaciones sexuales con dos japonesas de trece años. Por más que me repugne, no consigo sorprenderme, y menos de la actitud jactanciosa de que el sujeto presume, alegando que el delito, cometido en 1967, ya habría prescrito.

Pero estos hechos son pecata minuta. Como he escrito más arriba, esto debería preocuparle a ciudadanos consecuentes y responsables. Pero a la gente de a pie, y repito que vivimos rodeados de gilipollas, le quita el sueño si un mamarracho de tía con tetas y nariz mal operadas echa o no de casa a su sufrido esposo, o si la última ventosidad con forma de biopic televisivo sobre los Príncipes de Asturias deja a la princesa como una sabelotodo. Y se van a la cama tan a gusto.

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