Los grandes presentes

Por todos los ágrafos que en el momento justo y lugar adecuado lograron posicionarse, y aún así, continúan cometiendo faltas de ortografía. Por esos invisibles tubos de pegamento instantáneo que les mantienen cosidos a su silla. Por su falta de sensibilidad, moral y ética ante la facilidad con que despiden al que fue su compañero. Por la fantástica farsa que adoptan minutos después asegurando tener ?un nudo en la garganta? que se alivia de inmediato con el sabor de un chicle.

Opinión | 13 de octubre de 2010
Consuelo G. del Cid Guerra

Por los que mastican un poder débil y tan plastificado como sus tarjetas de débito.

Por los que acuden al trabajo seguros de sí mismos y vestidos de fiesteros exigiendo ?buena presencia? a los demás.

Por todos los pelotas, lameculos, arribistas y trepadores.

Por los que creen que la fidelidad es mantenerse junto al jefe hasta el final, mientras se realiza la suspensión de pagos para poder recoger los últimos cartuchos y ejercer de cacique en la siguiente empresa, con idéntica sede social y distinto nombre.

Por los desmemoriados cuyo corto recuerdo les eleva en nombre de nuevos dioses energéticos.

Por los falsos y bordes budistas que colocan en nombre del altísimo todas sus bajezas.

Por la reivindicación permanente de su mediocridad y cobardía general.

Por sus gestos de desprecio ante la justicia.

Por su profesional injusticia.

Por su lágrima fácil, acudiendo con gasa y sutura tras hacer la putada.

Por insistir hasta la saciedad en ser una gran familia que se apuñala y abraza varias veces al día dependiendo del tiempo.

Por olvidar

Por permanecer

Por la puta calle que nombran en cuanto su prójimo comete un error.

Por sus tacones de aguja hipodérmica que claman al cielo mientras clavan un suelo siempre pasajero.

Por la tierra de nadie para todos ellos que se han creído algo.

Por repetir y asegurar sin criterio alguno que un aspirante ?no da el perfil?.

Por realizar reclutamientos en lugar de verdaderas selecciones de personal.

Por creer que los recursos humanos no son humanos.

Por su capital.

A todos ellos, y siguiendo el sabio consejo de una amiga, les voy a regalar unas zapatillas de ballet para que se vayan a la mierda de puntillas.

Amén.

 


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