Barceloneta

A partir de Junio, la playa es un paraíso ruidoso donde se tuestan los cuerpos al sol. Algunos en pelotas, otros no del todo, pero ligeros de ropa como nunca, de eso no cabe duda. Y en ese ocasional territorio se hace el Agosto, éste -por ejemplo- entre chiringuitos y vendedores ocasionales para todos los gustos. Chinitas que hacen masajes : Qué asco, por favor, no se lavan las manos tras la corta sesión cuerpo a cuerpo, y pringosas de aceite directas al próximo cliente. Cinco euros el completo más otros cinco con felicidad final, entiéndase masturbación junto a las olas, donde el tipo ( acostumbra a ser muy gordo y con barriga) permanece sentado junto a dos muchachas. Una tira y afloja y la otra controla a la Guardia Urbana, que se puede presentar uniformada o de paisano.

Opinión | 07 de septiembre de 2010
Consuelo G. del Cid Guerra




Tatuajes: Son flor de un día pero no están nada mal. Pareos: Algunos muy bonitos. Bebidas: Tienen de todo, oiga. Coco: Carísimo. Un pedazo de los grandes por dos euros. Marihuana, costo y cocaína: A precio de mercado. Este año, un camello de lujo con cadenas gordas de oro y aspecto chulesco-mafioso, se ha traído hasta la silla. Donuts: Es el mejor de todos porque se lo curra. Aparece a media tarde con una enorme bandeja sobre la cabeza donde se encuentran los donuts perfectamente amontonados. Canta, baila y recita mientras le da a un triángulo a modo de reclamo y a su vez entra y sale del agua. Se llama ?Bambolino? y es italiano. Liquida la mercancía en menos de una hora y siempre es jaleado.





La Guardia Urbana se ha tomado muy en serio el asunto playero. La mayoría de los vendedores ambulantes de bebidas son pakistaníes. Esconden la mercancía bajo la arena y no llevan encima más de un par de latas. El precio oscila entre euro y medio o euro redondo, dependiendo de la presencia policial. Si les pillan, la multa ronda los trescientos. El año pasado tenía un colega al que le escondía su nevera bajo mi toalla. Me dijo que hace la temporada de Mayo a Septiembre y pasado el buen tiempo regresa a su país. En un día bueno, pueden ganar unos cincuenta euros. Patean la playa sin descanso durante más de ocho horas. Es un trabajo agotador.

De vez en cuando se descuelga alguno con caipiriñas o bocadillos, y en contadas ocasiones un par de guapísimas gitanas que venden vestidos.

Hoy me he instalado en una zona que no acostumbro a pisar, junto al famoso hotel La Vela. Han montado una gran terraza con tumbonas blancas donde se tuestan sus clientes bajo música chill out, que viene a ser como la trance pero para pijos. En esa extraña frontera, parece que ha vuelto la que se llamó ?playa libre?.

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