Si alguna vez me buscas

Entró por el portón y buscó a su grupo de amigas pero no las encontró. Ya llegarían. Siempre lo hacían. Era una cita obligada todos los años.

La gente bailaba al son de la música. Luces y guirnaldas cubrían con maquillaje especial de fiestas la noche de Morés, en la ribera del Jalón. Al fondo, un grupo de ?maletillas? departía amigablemente, entre risas cómplices, y particulares revoleras a las chicas.

Opinión | 04 de marzo de 2009
Gloria Mateo

Eran los que tratarían, al día siguiente, arrancándole un buen pase a una vaquilla, de conseguir unas pesetas para poder seguir en hacia el horizonte de la gloria y el traje de luces en una verdadera plaza de toros, aunque fuera a costa de dormir en pajares y de lavarse la ropa junto con algunos sueños destrozados en los lavaderos. Pocos lo conseguirían y lo sabían.

Sintió su mirada. Ella, bajó sus ojos con timidez , miedo y deseo. Los dos supieron desde ese momento que algo especial les estaba sucediendo. Era rubio y con el pelo rizado. Nada que ver con el perfil de los otros compañeros de fatigas. Tenía un ligero parecido a Paul Newman.

Se levantó del pilón en el que permanecía sentado, la cogió de la mano y suavemente la invitó a bailar. Enseguida se encontraron envueltos en un abrazo acariciante y firme y el beso de sus mejillas. Ningún otro lenguaje hacía falta. La respiración contenida y, sólo, de vez en cuando, por alguna señal del alma, separaban sus caras para mirarse dulcemente. Todo se lo decían sin decir. Era la magia de una noche de Mayo.

Al día siguiente, por la tarde, las vaquillas placeadas salían de los corrales de una en una, dejando notar su presencia ?barriendo? la plaza de forasteros de la valentía. Desde una especie de burladero que habían preparado en la puerta de la casa de sus abuelos paternos, contemplaba como él, con buenas maneras, daba unos capotazos, cuando lo dejaban los demás. Agotado su turno, la buscaba con los ojos satisfecho. Nada más que decir. Había comenzado entre ellos algo hermoso.

Acabaron las fiestas. Con aquel rastro de sensaciones compartidas, ella volvió a la ciudad y él se marchó sin rumbo.

Una mañana, en el transcurrir del tiempo, en Zaragoza, alguien relacionado con el mundo del toreo, la llamó y le dijo que la andaban buscando. Él, tras un viaje a Galicia, le confesó que, curiosamente, aunque fuera aragonesa, la canción de Anduriña le había hecho tomar la decisión de volver a encontrarla. Nunca supo el porqué, pero así fue.

Se sucedieron cartas desde apartados de correos, tarjetas? (?Ayer toreé un novillo en Estella y me dieron las dos orejas y el rabo. Me han cogido tanto cariño esta gente que me quedaré en el hotel por unos días?pero estoy deseando volver a verte. Te quiero?)

Los encuentros rezumaban ternura y pasión permitida. Lo escuchaba rasgueando una guitarra que ella tenía en el olvido de su casa, en algún atardecer de verano. No era un maletilla al uso. Tenía clase: culto, bien educado... Se llamaba Jesús y lo apodaban ?El Rubio?. Nunca habló de su familia. Sólo comentó que procedía de Murcia.

Pero aquel mundo alternativo de escapadas para verse, aquellos ojos que un día se fundieron para ser unos, se fue disipando como se escapa entre los dedos el agua clara que se quiere beber a borbotones porque acucia la sed.

El tiempo, ese traicionero, se llevó demasiadas fiestas con ausencias de él. No coincidían porque comenzaba a despegar como novillero. Fue perdiendo su rastro y sus noticias se distanciaban. Ya no sabía si estaba por el Norte de España o por el Sur. Solamente, cuando a uno de sus compañeros lo cogió una vaquilla cerca de Zaragoza, se volvió a poner en contacto con ella y le pidió que no dejara solo a su amigo en el hospital y lo visitara. Era ?El Sevilla?.

Después, silencio nuevamente. Lo buscó, preguntó por él en el mundillo taurino. Ha vuelto a su tierra, le dijeron. Se fue a hacer la mili a San Javier.

Ya nada más. Se bifurcaron definitivamente sus senderos.

Ahora, en las noches, cuando su cuerpo siente el deseo de una piel junto a la suya, para fundirse en ella, surge el recuerdo. Han pasado muchos años, pero su memoria sigue intacta. Cuántos hijos ha tenido con él con sólo su pensamiento? De vez en cuando llora y se pregunta qué habrá sido de él.

A veces, es mejor no saber. Y guardar amarrados los instantes de su gran amor de adolescente. Quizá la realidad rompería el sortilegio. Y eso?eso nunca.
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