Sin perdón

Tengo medio siglo y pertenezco a la llamada ?generación perdida?. Y esa generación, la mía, arrastra un elevado número de amigos muertos. Jóvenes. Muertos en busca de sí mismos o del abismo. Drogas, sida, suicidios. Audestrucción a partir de una sociedad ?construída?, la que nos tocó vivir.

Opinión | 19 de febrero de 2009
Consuelo G. del Cid Guerra

Esos muertos se mataron a sí mismos. Por confusión, búsquedas peligrosas, puertas que jamás se deben abrir, tristeza, decepción y un sinfín de conceptos difíciles de transmitir. ?Fuísteis malos hijos y sereis malos padres?. Esa frase la he escuchado en boca de quienes nos educaron. Dificilísima cuestión: ¿Nos educaron mal?. ¿Podemos responsabilizar a nuestros progenitores de todas nuestras desgracias?. Elegimos a partir del momento en que tenemos una mínima libertad de movimientos, no de acción. Los rigores familiares pueden dañar tanto o más que el exceso de una supuesta libertad que en realidad se convierte en despreocupación debido a las grandes ocupaciones que forzosamente se acusan por el simple hecho de vivir, de llegar a final de mes. De comer. De pagar.

Ese precio lo hemos puesto entre todos, cargando las cifras al alza mientras como sociedad caíamos cada vez más bajo. Falta de valores, ausencia de criterio, pérdida de conceptos, y, sobre todo, confusión infinita al trazar una línea distinta que separa el bien del mal, convirtiéndola en ocasiones en líneas paralelas. No es una responsabilidad individual, la siento colectiva. Medios de comunicación, cierto tipo de cine, músicas determinadas, lugares de ocio, culto al cuerpo, moda, tecnologías varias. Todo ello en público y en directo. Rambo, Terminator, el cine gore ( Shaw, película de la que ya se ha estrenado su cuarta parte, que muestra torturas, trepanaciones de cerebro, asesinatos?y que el mismo día de su estreno la sala está a rebosar, siendo los asistentes todos menores de edad). ?Esta si, ésta no, ésta pastilla me la tomo yo?, es el estribillo de un tema de música monocorde que revienta los oídos, y que se pronuncia con tono sugerente, susurrante, por encima de efectos sonoros cuyos decibelios hacen temblar las paredes de esas macro-discotecas donde los propietarios cortan el agua de los lavabos para que se consuma en la barra agua mineral, puesto que la mezcla de pastillas y alcohol , puede llevar a la muerte. Esos lugares no sólo están abiertos sino que resultan muy difíciles de cerrar. Acostumbran a encontrase en el extrarradio de las grandes ciudades, e incluso destinan autocares para que los menores puedan cómodamente desplazarse, sólo en viaje de ida, porque a la vuelta, llega un hijo que ya no reconoces, con los ojos abiertos como platos, la mandíbula desencajada y asegurando que corren miles de hormigas o ratas por su cuerpo. Juegos de rol, vida virtual que convierte la vida real en un laberinto de complicada salida. Discotecas ?de tarde?, que se abren de cinco a nueve para los menores, un negocio redondo aprovechado al máximo, porque además, convierten a los propios chicos en ?promotores?, dándoles flyers para repartir entre los amigos con el fin de que una entrada salga gratis a cambio de cincuenta clientes más.

Dinero. Más dinero. Ese deseo , esa necesidad consumista que lo abarca todo, no la han creado los jóvenes, y tampoco individualmente los padres. Ha crecido lentamente en mano de todo y todos. Estéticas determinadas, cabezas rapadas, ídolos en mentes sin ideología, líderes por la fuerza y a la fuerza de músculos machacados a golpe de fármacos adquiridos en un mercado negro facilísimo de localizar, líderes sin cabeza que terminan con cualquier tipo de transtorno mental tragando vida social. Esos jóvenes son las víctimas de lo creado.

Yo no puedo estar a favor de la pena de muerte porque he visto matar en nombre del Estado. Yo no puedo vivir pensando que se puede matar porque el mundo se convierte en una selva salvaje. Si social y legalmente se mata, entonces estamos todos muertos en menos de una década. Yo no perdono al asesino de nadie. No lo hago porque no puedo.

Sí apuesto por las más duras penas, cumplidas hasta el último día. Cuanto más severas mejor. Asistimos a los efectos de todo lo generado. Los que hemos estado en contra, parece que nos convertimos en una minoría pesada, insoportable y protestona. Cuando hablamos, se nos echan encima como si fuésemos imbéciles. Ser bueno es ser tonto. Querer ayudar, te convierte en sospechoso de cualquier cosa. La frontera entre el bien y el mal se ha roto. Caminan a sus anchas grandes hijos de puta en nombre del bien, con discursos manipuladores que si confunden a un adulto, imaginemos el efecto que produce al adolescente. Quien mata debe pagar hasta el final. Jamás podría perdonar al asesino de mi hijo, y seguramente querría verle muerto. Y hasta puede que yo misma pensara en matarlo. Pero eso no me convertiría jamás en una madre corage o justiciera: Me convertiría en una asesina. La ley del Talión parte de la violencia y genera más violencia. Se ha normalizado lo anormal. Se han abierto públicamente las puertas del lado oscuro de forma legal. Se ha herido la sensibilidad, no sólo del espectador, la del vividor : La del hombre. Todo el mundo tiene derecho al trabajo y a una vida digna.

Medio país está sin trabajo y empieza a subsistir indignamente.

La acción-reacción, es peligrosa. Porque si matamos en nombre de cualquier Razón de Estado, estamos todos muertos.

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