Sobre el sexo como método de relajación

Por mi ventana se escucha muchísima actividad, muy variada, es lo que tiene vivir en una zona céntrica. No me quejo por ello, casi al contrario estoy congratulándome de que así sea: creo que eso le otorga mucha plenitud y diversidad a mis días, algunos aburridos sin este jolgorio; además, no soporto a esos talibanes del ruido que ansían el reposo y desdeñan la urbe (como el tópico clásico del menosprecio de corte y alabanza de aldea) cuando, estoy seguro, si vivieran en medio del campo, aislados de la sociedad, se quejarían del trino de los pájaros. Sin embargo hay cosas que, como en la película de Bajo Ulloa, ?no son formas, son alardes?.

Opinión | 17 de marzo de 2010
Domingo C. Ayala

Son las once y media de la mañana, una hora perfectamente lógica para que se sucedan diferentes sonidos, desde el ladrido de los perros al tintineo de las tazas del bar de desayunos, la música de algún coche cuyo ocupante será un sordo prematuro o los martillazos de la reforma del vecino. Todo de lo más normal. Hay justo debajo de mi casa un almacén de los servicios operativos del Ayuntamiento, su actividad empieza temprano, a las siete y media. Nada que objetar, deben sacar camiones, máquinas, heramientas, materiales, aquello que, en fin, les permita realizar las labores que les son propias. El problema es que estos obreros son tremendamente escandalosos, nunca hablan sino que se gritan, sea la hora que sea (si es avanzada la mañana mucho más), y en no pocas ocasiones lo hacen con una desvergüenza que me lleva a pensar si entre ellos existen rencillas y disputas no resueltas. Es tal la falta de respeto que se tienen que, precisamente ahora que escribo, se me ocurre que esas rencillas no suceden entre ellos, sino que son extensibles al mundo en general. Estos obreros viven en un cabreo perenne, están enfadados con el mundo. Me sorprende: son funcionarios que trabajan de siete a dos, sentados gestionando lo que entra y sale de su almacén (ni siquiera cargan ni descargan, ese trabajo corre por mano de los peticionarios del material) y por tanto, no es excesivo su esfuerzo y si embargo sí cuantiosa su recompensa. La cuestión, entonces, es si su vida personal, aquella en la que yo no debería meterme por discreción y que comienza cuando abandonan sus puestos de trabajo, es todo lo satisfactoria que debiera. Es posible que alguno de ellos tenga un hijo que suspende sistemáticamente, a otro le hayan detectado un bultito sospechoso en la ingle, incluso que un tercero recele de las frecuentes visitas al gimnasio de su mujer que, de momento, no le sirven para mejorar su figura. Pero lo que me resulta difíclmente creíble es que todos y cada uno de ellos tengan alguna preocupación que los ofusque siempre. Y mi dicurrir me destina a una única posible solución común: su vida sexual es precaria e insatisfactoria.

Permítanme la frivolidad, pero todos aquellos que hayan vivido en una gran ciudad habrán detectado el mal humor perpetuo de los viandantes o usuarios de metro y autobús por las mañanas. No es, postulo, el madrugón ni el trabajo lo que les enfada. Sus rostros son arrugados y su proceder hosco porque no les ha dado tiempo de practicar el saludable sexo matutino (o polvo mañanero, en lenguaje coloquial). A aquellos individuos que sí han gozado las bondades de tal regalo se los divisa a la legua (féminas y varones por igual), pues su caminar es más pausado, sus ademanes correctos e incluso a veces se les escapa, a solas, media sonrisilla recordando algún lance de la placentera escaramuza. Así como el amor rejuvenece, el sexo alegra, relaja y divierte. Te da perspectiva para afrontar los quehaceres de la lucha cotidiana. Si te encuentras en un atasco, aprovechas para escuchar música o las noticias en la radio en lugar de, presa del estrés y la tensión no descargada, adornar la cola con un concierto de bocina en do mayor. Y el sempiterno ?¡Tira ya, gilipollas!?.

Aún más frívolo, un amigo opina que los brasileños o los cubanos, cuya situación no les debería invitar al optimismo, están siempre contentos y bailando samba y son porque gozan de las vidas sexuales más plenas del planeta. Y que si Bush hubiese tenido una becaria practicando felaciones al por mayor se habría pensado dos veces lo de invadir Irak (aunque Clinton la liase en Kosovo y Sudán, por ejemplo).

En España, lo cierto es que se folla poco y mal. Y de las encuestas, ¿cómo fiarse? ¿Acaso ustedes dirían la verdad? Aquellos que dicen practicarlo tres veces por semana es posible que difícilmente lleguen a una, y los que dicen una a la semana, lo harán seguramente una vez al mes. Dicho esto, espero que cuando terminen de leer este artículo corran al encuentro de sus parejas y practiquen apasionada y desenfrenadamente el sexo, aunque molesten a los vecinos con el ruido. Pero no insulten por la calle.

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