Yo confieso

Confieso que hace no demasiado tiempo odiaba la Historia y confieso haber escrito: La Historia es la mayor enemiga del arte y, por tanto, de la Humanidad.

Confieso que me hago mayor, no demasiado, pero mayor. Esto ha traído consigo diversos matices que han venido a completarme. Lo de la mala salud ya viene de antes debido a mi desmedida ingesta de alcohol y la permanente gula, pero supongo que mi alarmante falta de memoria puede venir motivada también por esta edad en la que, parece, ya he entrado definitivamente. Sea como fuere, y consciente que el propio alcohol afecta a la sinapsis, creo que comienzo a olvidar lo que pasó hace ya años y esos momentos en los que, dicharachero, me movía cual gamo en el patio del colegio en busca del balón ("cual gamo" es una metáfora, perdónenme, si prefieren el sentido literal, sustitúyase "cual gamo" por "cual patoso elefante").

Opinión | 16 de diciembre de 2009
Martín Cid


Ahora que ya voy con personas mayores y no hay otros que me manden callar (porque nada tengo que decir), ahora que ya nadie me interroga sobre lo que sé o lo que no sé (porque sólo sé que no sé nada), ahora que nadie me riñe por acompañar el desayuno con una buena copa de brandy (dícese, café y brandy), ahora que prefiero olvidar... precisamente ahora es cuando me pongo a recordar otros tiempos quizá menos felices y con menos kilos, con más talento y menos experiencia.

La niñez es esa época en la que parecemos estúpidos a todos menos a nuestros propios ojos. Cuando veo un niño y me dicen mientras se extrae un grosero moco de su no menos grosera nariz:

-Mira, ahí tienes el futuro.

Confieso también que no me rió, porque ya soy lo suficientemente mayor como para darme cuenta que cada generación venidera es, si cabe, aún más estúpida e incompetente que la anterior. Sólo hay una pequeña diferencia con lo que pensaba de pequeño (que todos eran idiotas): ahora estoy seguro. Es lo que tiene la edad, que aporta certidumbre sobre esos temas cuasi-metafísicos sobre los que filosofábamos de pequeños: ¿existen los Reyes Magos? Ahora que somos mayores hemos dejado de creer en ellos, y también en los cuatrocientos euros que iba a dar el Gobierno Español a todos. ¡Si es que hemos sido tan, tan malos... que al final nos quedamos sin regalos!

También la edad te ayuda a reflexionar sobre nuestros padres a los que ahora tanto nos parecemos y bastante más a medida que pasan los años. Recuerdo a mi padre, pipa en boca, diciendo:

-¡Si todo era mejor antes!

Ahora me veo de la misma manera, incluso hasta en lo de la pipa. Me veo extraño y me confieso de nuevo ante el espejo: ¿será verdad que me estoy haciendo mayor? El espejo siempre es cruel y me responde: ya lo eres, y además yo no te hago más gordo, eres tú el que te has puesto como una morsa.

En mis tiempos no había cosas como "Educación a la Ciudanía" en las aulas: ¿para qué? Nunca he sido demasiado religioso pero esto de engañarnos vilmente haciéndonos mirar para otro lado con lo de los crucifijos me parece un poco indignante. ¿Será que empiezo a chochear? Tampoco me interesó demasiado la política pero por extrañas circunstancias literarias me he tenido que informar en los últimos tiempos.

Confieso que hace no demasiado tiempo odiaba la Historia y confieso haber escrito: La Historia es la mayor enemiga del arte y, por tanto, de la Humanidad.

Hoy me confieso avergonzado y me digo sin dudarlo: ¿por qué entonces escribir libros si no van a ser recordados? Entramos entonces en el terreno pantanoso y mezquino de la literatura de consumo, tan en boga hoy en día. El otro día estuve con una escritora que me confesaba que había tenido problemas con los agentes por el primer capítulo de su libro, que habla de una enferma terminal con cáncer. Leí allí mismo el primer capítulo y lo cierto es que estaba lleno de corrección y respeto para con los personajes (nada que ver con mis novelas, por cierto). Luego me confiesa:

-¡No tienen respeto por el público y lo consideran idiota!

Yo creo que ella tenía bastante razón en eso pero que los agentes literarios también tienen parte de razón: que la gente es realmente idiota es un hecho científico, pero no lo es menos que para que alguien emplee el cerebro es necesario estimularlo. Gracias a Dios, hoy en día no sólo tenemos fuertes estímulos intelectuales en la literatura, sino también en nuestros bien remunerados trabajos y agradecidos jefes, por no hablar de los discursos de los dirigentes, que llenan nuestras vidas de poesía (y desmedida ironía).

Lo cierto es que ya lo decía mi padre: esto va de mal en peor. Hoy confieso que miro con cierta envidia eso que llamaban "despotismo ilustrado" porque, al fin y al cabo, por lo menos era "ilustrado". Hoy tenemos un sistema de igualdad en el que, claro está, los "ilustrados" son minoría y es siempre mejor escuchar a cien mil tontos que a un "ilustrado". Me gustan esas películas en las que se recrea la corte de Luis XV con esos maravillosos vestidos púrpura y oro, siempre me ha parecido más elegante (debo ser un tipo extravagante) que a cien mil pordioseros reclamando un jornal justo.

Con todo esto no pretendo criticar la democracia, el sistema más justo entre los injustos: siempre defenderé una "democracia ilustrada" por encima de una "dictadura iletrada", pero lo cierto es que, hasta hoy, son extraños los casos en los que podemos hablar de un pueblo culto y versado.

Claro que tenemos el "cuarto poder" (a mí me da miedo hasta mentarlo): asociaciones de hombres justos que no dependen de ningún medio económico para subsistir y que buscan la verdad metafísica de las cosas. Ahora sin ironía, para que los lectores se queden contentos: los medios de comunicación ya no inventan (eso sí es cierto), sino que eligen los temas de actualidad de acuerdo a los intereses económicos y políticos. Es lo que tiene vivir en un país de gran población: si surgen tres psicópatas, siempre podemos poner el grito en el cielo y clamar que existe una lacra social y lanzarnos al dulce arte de la exageración y el tan español esperpento. Lo cierto es que tres psicópatas en una población de cuarenta millones de personas no es precisamente para lanzar una campaña mediática y empezar a inculpar al vecino que (la verdad, un poco rarito sí que es) gusta de vestirse con los vestidos de su madre los domingos.

En mis tiempos nada de esto pasaba (y creo, por lo poco que estudié, que también estábamos en democracia). Hoy en día me gusta mirar atrás y mirar de vez en cuando eso que llaman tan altivamente Historia: alguien dijo alguna vez que hemos sido estúpidos en todas las épocas, lo que sucede es que a la Historia sólo pasan los sobresalientes y olvida a los piojosos y mal vestidos.
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