Y nacieron los silencios?

Y nacieron los silencios?

Como tantas y tantas noches, ya desde hacía tiempo, sintió miedo. Y no, no es que esta emoción dejara de acompañarla durante otros momentos, sino que la ahuyentaba sumergiéndose en el bálsamo de la ausencia de su pareja por motivos laborales. Al verlo entrar por la puerta de la casa, el corazón se le encogía y lo primero que hacía era escudriñar su cara para ver su expresión: conocía cada músculo, su posición, su forma; sabía leer en sus ojos qué actitud iba a ser la de ese momento. Pero había más, no necesitaba verlo, simplemente, al sentir sus pasos antes de acceder al domicilio, ya le auguraban si iba a haber tormenta o ronroneo, preludio de una noche de sexo, aunque esto último, la mayoría de las veces, últimamente no era el mensajero de tal actividad.

Opinión | 08 de diciembre de 2009
Gloria Mateo

Quizá, la llegada de los velos oscuros hacían que otros, los más profundos, se descorrieran y afloraran a la superficie borbotones de reflexiones. Galopaban en su mente desde hacía tiempo suplicándole que terminara de una vez con aquella situación tan dolorosa y que no auguraba buen puerto: ya no más, ya no más, bisbiseaban desde sus adentros? Eran los instantes de más claridad de su yo interior, de los deseos de diferentes amaneceres.

Lo había amado, sí, quizá demasiado. Tanto, que al principio no dio importancia a la existencia de palabras humillantes que fueron supliendo los halagos iniciales de la relación. Pasó de ser la mejor mujer a la más inútil ante él, de la más admirada, a la más estúpida.

Y los días se sucedían y la frialdad y el desprecio con el que la trataba, se elevaban exponencialmente. No supo cuándo comenzaron a nacer los silencios, pero laceraban cada poro de su piel con un lenguaje que gritaba. La acribillaba con la ignorancia. Transcurrían largos periodos de tiempo en la mudez más absoluta. A veces, tras algún tipo de discusión o sin que la hubiera habido.

Simplemente porque estaba en desacuerdo con algo y era su forma de expresarlo. Pero lo peor llegaba cuando ese comportamiento lo trasladaba a su hijo. Así se vengaba de ella de una manera más cruel. Sabía perfectamente que le multiplicaba el daño. Era un comportamiento inmaduro y deleznable, pero él lo utilizaba y ella no tenía posibilidad alguna de cercanía para preguntarle qué le ocurría. Ya lo había intentado muchas veces y comprobó que exacerbaba su ira.

Luego llegaron las patadas a los muebles, la desaparición de algunas llaves quizá portadoras de secretos que no quería que los pudiera descubrir, los empujones, los carajos, los controles de la compra cotidiana, los?los?los?

Pero callaba y aceptaba lo inaceptable.

Observaba el televisor: otra noticia más de una nueva muerte por Violencia de Género. Era un chorreo constante. Algunas cadenas no se limitaban a narrar el suceso, sino que también lo escenificaban para preñar con morbo más audiencias. Las agresiones no tenían edad ni condición social. Ocurría igual entre parejas recientes o en aquellas que llevaban muchos años de convivencia; entre las clases bajas y las altas. No había distinción.

Se invitaba siempre a las mujeres a no aguantar, a no ocultar el infierno que pudieran padecer, porque tenían derecho a disfrutar de ser amadas y no despreciadas. Las estadísticas afirmaban que en el último año se habían incrementado las denuncias por malos tratos. Pero algo le decía que lo que contemplaba narrado de una manera tan brutal en los medios de comunicación nunca podría ocurrirle a ella. La podía golpear, insultar, pero no llegaría jamás a los desenlaces que observaba en esos casos. Él no era tan mala persona. En el fondo, quería pensar que no le sucedería semejante desgracia. Era cosa de los demás. No podía dejarse amedrentar por otros miedos. Tenía que relativizar. Al fin y al cabo, seguía con ella y creía que no la había dejado de querer. Sería mucho peor estar sola y con pocos recursos para seguir adelante.


>Buscaba en las librerías libros relativos a los malos tratos: Las mujeres que aman demasiado, Algún amor que no mate? Un impulso irrefrenable la llevaba a comprarlos y a empaparse de su contenido, pero al mismo tiempo, una vez leídos, era como si los rechazara porque no aludían a su situación.

 

Parecían historias totalmente ajenas. Lo suyo era distinto. Esas historias no tenían nada que ver con ella.

-Este año me voy de vacaciones solo, le dijo, una vez en la cama.

-¿Qué ocurre? -respondió.

-Simplemente que no quiero tener a nadie a mi lado ?contestó.

Atónita, se le acercó, queriéndole expresar un signo de cariño, y lo fue a besar en la mejilla. Él, en un gesto rápido, la cogió bruscamente, y se posicionó sobre ella como el animal que impone el sexo no deseado por la otra parte. No hubo más palabras. Una vez que satisfizo su instinto, se dio media vuelta y se durmió.

Totalmente humillada, las lágrimas comenzaron a correr por su cara. Era un llanto mudo. Tenía miedo de poderlo despertar y que su reacción fuera más violenta. Le había hecho daño. Le dolía todavía la fuerza de sus brazos en sus muñecas en desenfrenado acto de posesión. En estado de alerta y callada, esperó a sentir a su lado la respiración propia de un sueño profundo. En otras ocasiones se había quedado quieta, completamente paralizada esperando ver amanecer. Pero esta vez, llegado ese momento, se levantó sigilosamente, sin encender ninguna luz, dirigiéndose al salón. Cogió el teléfono y marcó un número para pedir ayuda. Ya no podía más. Al otro lado, una voz le repetía: ?Dígame, dígame?. Ella contestaba, pero la otra persona no la escuchaba. Aunque no podía elevar mucho el tono de voz, era el suficiente para que a su interlocutor le llegara. Colgó. Volvió a llamar y ocurrió exactamente lo mismo. Tenía un teléfono ya antiguo y pensó que tal vez pudiera estar estropeado Observó el aparato y como llevada por una intuición interior, desenroscó la parte en la que creía estaba el micrófono. ¡No había nada! ¡Él lo había quitado para que no pudiera ponerse en contacto con nadie! Miró debajo del sofá, intentando encontrarlo, pero toda búsqueda resultó inútil. Pensó inmediatamente en llamar desde el móvil, sin embargo, lo había dejado dentro de su bolso en el armario ropero del dormitorio común y eran demasiadas las probabilidades de que él se enterara si volvía a entrar. Un riesgo muy elevado que no podía correr.

La desesperación y el desasosiego se le apoderó, pero la firmeza también. No podía seguir así. Llevaba demasiado tiempo en el que sucesos como aquél ocurrían muy asiduamente. Ya en una ocasión en la que se negó a entregarle su cuerpo, tras pegarle una sonora bofetada, la despachó del dormitorio diciéndole que esa noche no dormiría allí. Que se fuera a la habitación de su hijo.

En pijama y zapatillas, sigilosamente, sin apenas hacer ruido, se bajó a la calle. Sintió un frío helador. El viento arañó su cara y estremecida, cruzó los brazos sobre su pecho buscando protección. Tuvo muy clara su dirección: la comisaría más próxima. Impulsada por una fuerza sobrenatural aceleró el paso. Apenas circulaban coches. No eran horas de vida, sino de reposo, de quietud. Casi toda la ciudad dormía. Sólo la acompañó durante un tramo el sonido emitido por un autillo posado en la rama de un árbol, que le sirvió como un eco que fortalecía su decisión. La noche había caído implacable con ausencia de luna y sin apenas estrellas. Sin embargo, presagió en el nuevo silencio que la envolvía, que esa madrugada siguiente iba a comenzar de una forma diferente y mejor: ser, por primera vez desde hacía mucho tiempo, ella misma con su autoestima y libertad recuperada.

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