Libertades públicas

Amo al Estado por encima de todas las cosas. Soy un orgulloso fumador compulsivo (desde que me levanto hasta que me acuesto) y un alcohólico ocasional (todos los días a partir de las nueve). La nueva ley del tabaco promueve desde luego el uso "responsable" de mi libertad.

Opinión | 02 de diciembre de 2009
Martín Cid

Quiero aclarar esto (sin ironía alguna, claro está): cuando me prohíban fumar en los bares, desde luego, tomaré la decisión de dejar de ir a los bares y buscarme otros métodos alternativos de entretenimiento que me permitan fumar a gusto. Desde luego que le agradezco al Estado esta nueva ley, porque además me librará de gastar ingentes cantidades de dinero en los bares. Lástima por esas generaciones venideras que perderán la posibilidad de estudiar más allá de los dieciocho (créanme, he pagado varias carreras universitarias de hijos de taberneros).

Me gusta también la nueva ley española porque me permite recluirme en soledad. ¿No será cierto que ahora tendré mucho más tiempo para reflexionar sobre lo inadecuado de mi brutal conducta?

Esta ley, amigos míos, se erige como defensora de esos seres pacíficos que van al gimnasio, compran best-sellers y un buen periódico cada mañana que les enseña las cosas importantes de la vida: a denunciar al vecino y creer en el presidente de turno como el dios de la montaña.

¿Quién necesita la libertad de elegir cuando tiene al verdadero dios que le dice dónde está el bien y el mal? Nuestro dios ha cambiado respecto al de nuestros padres, ahora no se preocupa de enseñar teología ni tonterías por el estilo, ahora entra a nuestra casa y nos enseña con el cariño de un padre sabio las maravillas de una vida sana y, sobre todo, social.

-Hijo mío, no te engaño... otros hay en nuestra familia que fuman y beben. ¡Cuán equivocados están en perseverar en una actitud que a todos nos hace daño! Para ellos: el olvido.

Nuestro padre es sabio y nos aconseja desde la experiencia. Lo hace por nuestro bien porque, y esto es verdad, somos demasiado tontos para poder elegir. No, nuestro padre no nos prohíbe fumar ni ir con malas mujeres, pero toma las medidas sabias para que no lo hagamos. ¡Cuánta sabiduría, por Dios Santo (éste sí va con mayúscula)!

Existió un tiempo pasado en el que la Iglesia nos decía si teníamos que hacer esto y aquello. ¿Por qué no terminar también con la religión y ponernos en su lugar? Ahora nuestra sociedad democrática (pero qué bien suena) niega los principios equivocados de varias generaciones y se erige en la guía para el buen ciudadano: vacunaciones para pandemias de desastrosas consecuencias, un sistema económico basado en la multa y el castigo para nuestro bien, un estado policial para promover las buenas conductas y, finalmente, el derrocamiento del sistema religioso que tanto mal nos ha dado.

¡Cuánta sabiduría! ¡Cuánto infinito amor por parte de nuestro padre estatal!

No, amigos míos, los bares españoles no cerrarán porque los españoles serán seres sumisos que tomarán zumos y no fumarán más y seguirán marchando a relacionarse a estos "antros para menores" de tan buen gusto y cordialidad que no aceptarían nunca a un tipo malhablado y fumador como yo.

Las nuevas sociedades han de construirse con el espíritu conjunto del pueblo guiados por hombres sabios que dominen la opinión pública para así no permitirnos caer en el más terrible error de la humanidad: el pensamiento.

Hubo un cuento hoy olvidado. Hablaba de un árbol que contenía una manzana y quién comía de su fruto poesía entonces la ciencia del Bien y del Mal. Dijo Dios que no comiesen, pero el hombre no hizo caso y fue expulsado del Paraíso.

Ahora, otra vez, tenemos la ocasión de no volver a comer de él.

Ya terminadas las religiones y los cuentos mitológicos, no volvamos a caer en el mismo error.

Que no nos expulsen de este gran paraíso otra vez, hermanos.

Juntos, guiados por el Estado, podemos conseguirlo.

 

http://www.martincid.com

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