Piel de gallina

Probablemente pasé la tarde como cualquier niña de 12 años: merendando, haciendo los deberes y, prontito, mi madre era muy severa con eso, yéndome a dormir. Me da rabia no tener un recuerdo nítido porque, aunque a diario se escriba la Historia, ese día fue crucial para todos los españoles, aquella fecha fue y es Historia; pasó tan cerca de mí y yo, inocente criatura, casi ni me enteré.

Opinión | 23 de febrero de 2009
Anabel Gaberdola

Tras morir Franco se me ocurrió comentarle a una vecina, que tenía un par de años más que yo, ?ese señor era un tonto y me alegro de que se haya muerto? y mi amiguita, muy seria, me chistó y, en voz queda, me dijo ?eso no se debe decir?. Cosas así son las que a una, desde bien pequeña, le proporcionan la intuición de que hay hechos trascendentales que pueden cambiar el destino de un país. Por eso, lo que sí recuerdo de aquel 23 de febrero es el impacto que me produjeron las imágenes del asalto al Congreso cuando las vi al día siguiente. Sin que nadie me lo explicara comprendí rápidamente la importancia de aquel acontecimiento y lo que podía haber sucedido si el golpe hubiera acabado con éxito. Oír aquellos gritos, luego, los disparos, el intento de derribo de Gutiérrez Mellado por parte de los guardias, la figura de Suárez impertérrita y mi piel de gallina. No entendía por qué aquellos militares ?para mí todos eran iguales- se empeñaban en salvar a España, ¿es que España estaba en peligro? Esa incógnita me asustó terriblemente. Le pregunté a mi madre ?mamá, ¿va a ver una guerra?? y mi madre me contestó ?venga, niña, no digas tonterías, tú a lo tuyo, estas cosas son cosas de mayores, tú no tienes que hablar de eso?. Pude oler el rastro del miedo aún habiendo pasado el peligro, porque supongo que mantenerse callados durante cuarenta años debe dejar un poso difícil de depurar.
Poco después, aconsejé a mis padres que votaran al PSOE, convencida les expuse mis teorías sobre la sociedad proletaria y la igualdad de clases, la conveniencia de una justicia igualitaria y unas ideas progresistas. Los dos hicieron caso a una adolescente de 13 años. Incluso todo un país opinó lo mismo. Y es a esa pistola que empuñó Tejero a quien le debo mi conciencia política, la búsqueda de ideales y el deseo de una sociedad ecuánime.
Lástima que, algunas legislaturas después, aquellos que me hicieron creer en que se podía conseguir un ideal social a través de la democracia me demostraron que ellos mismos eran capaces de hacerme perder la fe en la clase política. Hoy en día aún no me la han devuelto.
No sabemos lo que le debemos al iluso Tejero. Su absurdo e inútil martirio marcó el fin de una época, el fin de unas Fuerzas Armadas herederas de los principios del bando nacionalista que ganó una guerra, el fin de una silenciosa población que se alzó al unánime grito de "Por la Libertad, la Democracia y la Constitución" (no se volverán a ver manifestaciones así hasta el asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997), el fin de una sociedad inmersa en un ostracismo que, a pasos de infante, empezaba a pensar y a decidir por sí misma.
Y, cada 23 de febrero, se me volverá a poner la piel de gallina porque esta sociedad aún tiene mucho por lo que luchar.
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