Tragedia Ibérica con final feliz

Tragedia Ibérica con final feliz

Parecía que el mundo estaba en orden. Mi mente, despreocupada, se adelantaba a los acontecimientos. Ese día iba por fin a conocer Mallorca. Saludaría a la famosa isla mediterránea que ha derivado en sinónimo de vacaciones para varias generaciones de europeos.

Opinión | 01 de marzo de 2009
Lalo de la Vega

Esa noche disfrutaría del rencuentro con familiares cubanos, a los cuales no me unen vínculos de sangre ni de árbol genealógico, sino los lazos indestructibles de un gran cariño desde mi niñez y una amistad curtida como un buen vino añejo. Cenaríamos juntos, recordaríamos los viejos tiempos, comentaríamos el presente y haríamos planes de cara al futuro. Ingenuo que es uno...

-1-

Dos de la tarde. El tren ICE alemán, ese maravilloso avión sobre rieles, llegó puntual al aeropuerto de Frankfurt. Recorrí los pasillos de la terminal aérea. Todo iba a pedir de boca hasta que se cruzaron tres letras en mi camino. No era ?ICE?, sino ?DEL?, para codificar que mi vuelo a Madrid, donde debía hacer escala para seguir a Mallorca, estaba delayed, retardado. ¿De cuanto era el atraso? Nadie lo sabía. ¿Habría que consultar el oráculo? Cuatro escaleras mas tarde, luego de vencer la incertidumbre y varios empleados en los mostradores, los viajeros supimos que el aplazamiento era de hora y media.

Luego de pasar los rigurosos controles de seguridad, llegamos a la taquilla de embarque donde fuimos recibidos muy cordialmente por un silencio sepulcral. Sólo encontramos un letrero: ?Iberia. Nuestra meta es la puntualidad?. Muy bueno el chiste. Ni un fantasma para atendernos, explicar lo sucedido o darnos instrucciones. Esperamos largo rato y todo seguía igual ¿Será esta la taquilla correcta? ¿Pierdo la conexión con mi otro vuelo? ¿Qué hacer? Por toda respuesta la más profunda de las ausencias. Ya eran las tres de la tarde. Comenzaba la tragedia.

Volar siempre presupone un salto, una provocación, un reto, un desafío a la fuerza de gravedad. No importa que la técnica actual haya convertido el andar sobre las nubes en una actividad cotidiana. Pero si el avión es de Iberia, entonces el riesgo crece de forma exponencial y se convierte en un Pasaje a lo Desconocido.

Quizás antes de comprar aquel ticket debí haber consultado el oráculo o preguntarle a Yemallá, el dios africano que abre los caminos, para que me diera suerte. Sin embargo mi ateismo renunció a consultar las deidades de ultratumba en www.SANTERA.com y ahora ya era muy tarde. Pude haber interpretado como un mal augurio que en mi ICE rumbo al aeropuerto se sentase delante de mi una vieja con cara ser la bruja de la escoba voladora. Posiblemente era una señal de advertencia de los astros que yo, embriagado en mi alegría inicial, no supe interpretar.

Ante la incertidumbre generalizada, tomé la decisión de salir de la zona de pasajeros para ir a la oficina de información más próxima. En la sala de salida encontré una taquilla de Iberia. La explicación de la señora detrás del mostrador fue muy convincente:

-Nosotros aquí sólo atendemos los pasajeros que llegan. No tenemos información sobre el atraso de su avión. -Vamos, que mi vuelo retardado solo existía en mi mente, por autoinducción, fantasías mías- Debe salir y afuera hacer la cola en las otras casillas de Iberia.

Siempre es un deleite el caminar por un aeropuerto con los maletines a cuesta, sin saber exactamente a donde es que tienes que dirigirte.

Al tratar de salir a la zona pública de aeropuerto, me detiene la aduana alemana para registrarme:

-¡Abra su equipaje por favor! ? me ordena el oficial

-Yo no he volado ?le contesto, aplicando métodos yogas para dilatar mi paciencia, y le explico mi historia

-No importa ?insiste el aduanero- Alguien pudo haberle entregado algún objeto mientras estuvo aquí adentro.

Cuando abrieron mi equipaje de mano y se convencieron de que yo no llevaba ninguna bomba conmigo, aunque a veces me suban instintos terroristas, me dejaron seguir en mis tribulaciones.

En la casilla de Iberia tuve que de nuevo hacer una larga cola, como si fuera a chequear mi pasaje, para poder preguntar sobre el atraso del vuelo.

-No sabemos aun de cuanto será el retraso definitivo ?me aclara la empleada- debe ir a la otra taquilla nuestra al final del salón.

Parecía el juego infantil ?una candelita, para la otra casita?. Traviesos que son los ibéricos.

La muchacha de la otra casita me dio la gran noticia:

-El avión saldrá con dos horas y media de atraso. Usted ha perdido el vuelo de conexión. Venga mañana e intente volar de nuevo.

Así de llano, limpio y sencillo. ¡Que maravilla! Tenía 24 horas para volver a probar suerte y ver si entonces a la puntualidad se le ocurría retornar a aquellos parajes. Era como jugar a la ?lotería aérea?. Prueba mañana que hoy no tuviste estrella.

-¿Y no hay otra alternativa? ?Inquirí- Yo no vivo en Frankfurt.

-En ese caso puede volar hoy con el avión atrasado hasta Madrid, dormir en la ciudad en un hotel pagado por nuestra línea y mañana seguir viaje a Mallorca.

-Creo que me quedo con la segunda opción. -contesté

Unos dedos ágiles recorriendo el tecleado, el ruido de una impresora, una llamada por teléfono y finalmente surge un papelillo con los horarios de mi vuelo al día siguiente acompañado de la frase resuélvelo-todo.

-Lo demás se lo explican en Madrid en cuanto aterrice en el aeropuerto de Barajas.

Muchos pasajeros que tenían que hacer escala para seguir vuelo rumbo a las Islas Canarias, las Baleares y el resto de la Península Ibérica, tomaron la misma decisión. Entonces un alemán pronunció la pregunta que agradecieron todos nuestros estómagos.

-¿Y para este tiempo de espera no nos van a dar comida?

-¡Si, claro! ?Respondió la empleada- pero para recibir el cupón de alimentos tienen que volver a hacer la cola en la taquilla de embarque.

El juego continuaba. ¡No se puede negar que son muy divertidos!

Ticket, pasillos, filas zigzagueante de pasajeros, oficiales controlando, equipos electrónicos y la próxima taquilla. Tres maletas mas tarde, una empleada me da un talón verde, color esperanza y me informa que sólo lo puedo gastar en el perímetro interno del aeropuerto. Miro el reloj. Cuatro de la tarde. Dos horas de estancia y quien sabe cuantas aun me quedan. Debía preguntárselo a la Bruja de la Escoba a Harry Poter o la bola de cristal, pero no tenía ningún mago a mano. Almuerzo tardío en un restaurante mexicano que me recordaba la película ?Terminal? en la que un viajero, victima del burocratismo, tuvo que aprender a hacer todas sus funciones vitales dentro del aeródromo.

Nuevamente control de seguridad, registro del equipaje de manos y chequeo de mi tarjeta de embarque. He tenido que pasar tantas veces por aquí que casi soy amigo de los policías. Al final, luego de tres horas de atraso, sin una disculpa de la aerolínea ni un gesto para explicar lo ocurrido, despegamos hacia las nubes. Antes de morir, ver Madrid.

Y junto con el cielo volvió la esperanza.

-Seguro que hay un empelado en la puerta del avión para darnos las orientaciones y llevarlos al hotel ? comentaba una española con su esposo

-Claro ?le contestó él- Ya en Madrid, hablando castellano, todo será más fácil.

Incautos que somos los pasajeros...

-2-

Aterrizamos en la T4S. Para los no expertos en la aviación civil internacional, descifro el código secreto: T4S significa Terminal Cuatro Satélite. Es la nueva nave del Aeropuerto Internacional de Barajas, en medio de la pista aterrizaje, para destinos intercontinentales de Iberia y sus líneas asociadas. Todavía siendo un gran misterio ibérico el por qué un vuelo europeo descendió en aquella terminal de los vuelos a América. Otra razón más para haber consultado previamente la bola de cristal.

El flamante edificio de la T4S exhibe estructuras futuristas, techos ondulados, pasillos interminables, carteles con fondo verde chillón, señalización insuficiente y posibilidades infinitas de penderse. Como extraviarse dentro de aquel derroche de espacio se le deja plenamente a la fantasía y creatividad del viajero. Puede ser antes o después del vuelo. Travesuras ibéricas.

Disponíamos de 10 kilómetros de arquitectura de ciencia-ficción para ir dando tumbos buscando el camino correcto, algo muy cómodo si llevas tus bultos a cuestas con la mas perfecta desorientaión.

Nadie esperándonos. Los 50 pasajeros con conexión salimos a la desbandada a buscar un alma caritativa que se apiadara de nosotros por aquellos predios abandonados de Dios. Misión imposible. Después de largas pesquisas por todo el territorio, llegamos a algo parecido a un contender de un puerto pesquero que ostentaba por fuera un cartel: ?Iberia?.

Dentro de la caja metálica una empleada, con la mejor de sus sonrisas plásticas y el más prefecto desconocimiento, intentaba entablar conversación con una alemana que hablaba nada español y menos de inglés. Ambas interlocutoras, de forma lenta pero aplastante, se estaban triturando mutuamente las pocas neuronas que le quedaban libres y de paso destrozaban la gran lengua de Shakesperare. Al quinto ?Yu-du-ondestand-mi?, decidí intervenir de intérprete y mediador. Fue un acto suicida. No tenía conciencia de lo trascendente de esa traducción por cuenta propia. En ese momento 51 pares de ojos se clavaron en mí. Por votación unánime, los 50 alemanes me convirtieron en su guía de turismo improvisado, sin derecho a apelación, con el firme propósito de no perderme pie ni pisada en toda la noche para salir del atolladero. El par de ojos número 51 pertenecía a la empleada Ibérica que vio en mí su tabla de salvamento para que aquel rebaño de ovejas escariadas la dejara en paz de una vez y por todas y así poderse dedicar de nuevo a la importantísima tarea de terminar el crucigrama que tenía sobre la mesa. Por eso, contenta ella, me dirigió la palabra muy amablemente:

- Yo soy chaqueta azul y de eso no tengo ni puta idea ?esas frases poéticas inspiran a cualquiera- Pregúntenle a una chaqueta roja, que son las que organizan eso de los hoteles.

Perfecto. Usted va por un aeropuerto y ya sabe: si se cruza una mujer de chaqueta roja en su camino, su vida va a cambiar para siempre, o al menos su hotel de esa noche. Traduje en una versión libre las palabras de la ibérica y una alemana preguntó:

-¿Y donde esta la mujer de la chaqueta roja? ?esa era la interrogación del Juicio Final.

-Tienen que buscarla en HJK ?me explicó la chaqueta azul en una mueca de liberación.

¿Facilito, verdad? HJK. Unas letras muy bonitas del alfabeto, como el que viene desde la Z pero a mano izquierda. Solo que en la explicación faltaba un pequeño detalle. ¡¿Qué rayos es HJK?! ¿Una oficina o una línea área? ¿Las siglas de un proyecto gubernamental o del Harén Juvenil del Kamasutra?

Al observar que nadie se movía de su lugar, la cariñosa obrera del aire agregó a regañadientes:

-Es aquí al doblar

-Si ?indagué intrigado- Pero ¿Qué es HHK?

-¿Ah, Pero usted no lo sabe? ?como era posible que alguien que recién pisaba aquella terminal no supiera una información tan elemental que debía ir ya impresa en el código genético de cada persona- Son las puertas de salida de la T4.

Un nuevo acertijo. ¿Ella quería jugar conmigo al Código da Vinci o era que venia programada como los espía que compartimentan la información?

Al fin supimos que el ?aquí al doblar? para ir a la misteriosa T4 (Terminal Cuatro) significaba doblar a la derecha, cruzar dos pasillos, volver a doblar a la derecha, pasar el control de pasaportes, pues se suponía que viniéramos de América, seguir por otro pasillo, bajar dos pisos, tomar un tren subterráneo con destino a la T4, subir dos pisos de nuevo... y enfrentarnos a lo descocido. Así de sencillo.

Por el camino en este laberinto decidí ir al baño para liberar el exceso de agua acumulado en mi cuerpo con tanto traqueteo. Luego de haber cometido mi acto fisiológico, inherente a la vida y obra del más simple de los mortales, tuve una nueva sorpresa. En la puerta de los aseos me esperaban en pleno los 50 alemanes, decididos a no dar un paso si no era en mi compañía. A veces no es bueno que lo quieran tanto a uno.

Finalmente desembocamos en la sala de recogida de equipajes. A aquellas alturas nadie sabía con exactitud a donde habían ido a parar los equipajes de cada cual, si al destino final de su vuelo o si al aeropuerto de Madrid... o quien sabe a donde. Para algunos viajeros empezaba un juego de ruleta rusa.

En una mesa de información conversaban animadamente tres bellas damas que exhibían chaquetas verdes (el mismo verde chillón de los carteles), pelo recogido, creyón de labios impecable y las uña pintadas según los últimos dictámenes de Loreal. Entonces supe que dentro de aquel arco iris de chaquetas, las verdes pertenecían a las empeladas del aeropuerto.

Al interrogar una de las bellas ninfas sobre la oficina de Iberia más cercana, me devolvió una grata sonrisa.

-¡Yo que sé! Este no es mi puesto

?¿Entonces que haces aquí?? Debió haber sido mi lógica respuesta, aunque opté por ser diplomático.

-¿Y quien de las tres es la que trabaja aquí?

-Esa esta merendando ?interesante ¿verdad? Una merienda a las nueve y media de la noche- Pero viene para acá enseguida.

Como ya me imaginaba cuantas horas pudiera durar aquel ?enseguida?. Seguimos buscando por nuestra cuenta, hasta que vimos otro contenedor al fondo de la enorme sala. Nos dirigimos en masa, hicimos la larga cola y al llegar al mostrador nos esperaba una respuesta deliciosa.

-Yo no se nada de eso. ?hay que ser honestos y apreciar el grado de sinceridad de la empleada ¿No?- Lo mío son los equipajes de los viajeros. No tengo nada que ver con hotel ni vuelos atrasados.

Palabras dignas de la mejor burocracia tropical, que tantas veces había tenido que sufrir. ¿Me estarían engañando mis sentidos o era verdad que no estaba viviendo una pesadilla? ¿Estaba en un despacho en medio del Caribe o en un moderno y desaprovechado aeropuerto europeo? A veces el surrealismo trasciende.

Luego de otros cabezazos, un alma encantada nos explicó que para encontrar a la enigmática mujer de la chaqueta roja, había que salir a la calle, atravesar un pasillo y subir dos pisos que es donde están las oficinas de Iberia.

Seguíamos jugando ?una Candelita y para la otra casita? ¡Qué divertido!

El salir fuera de la zona de los pasajeros conllevaba el riesgo de que después nos dejaran reingresar al aeropuerto. No obstante a aquellas alturas ya era casi una bendición el no tener que volver. Así que decidimos jugarnos el todo por el todo y salir a la calle. Dos escaleras, un elevador, tres pasillos y apareció por arte de magia otro contenedor y dentro de él ¡Oh Buda! No una, sino dos mujeres con chaquetas rojas. ¡Increíble pero cierto! Todavía existían ejemplares de aquella misteriosa espacie en vías de extinción. Daban ganas de llorar de alegría.

Luego de hacer otra cola para poder conversar con la roja divinidad extraterrestre, pude al fin hablar con ella. Tenía la cara de yeso, el carisma de un ladrillo y filosofía de un pisa papeles. La respuesta fue corta, precisa y tajante:

-Tienen que hacer otra cola y chequear ahora sus pasajes de mañana.

Ni una frase de consuelo o disculpa, ni una explicación.

Avalancha de preguntas y protestas de los pasajeros:

-¿Por qué tenemos que chequear hoy si no viajamos hasta mañana?

-¿Dónde ha ido a parar nuestro equipaje?

-¿Hasta cuando nos van a tener aquí?

-¿Para que hotel nos van a llevar?

-¿Si no volamos hasta mañana, por que nos obligan ha hacer otra cola mas a las 10 de la noche?

Corto circuito en el sistema nervioso central. Lógica Ibérica imposible de compatibilizar con razonamiento germánico. Chaqueta roja, intolerante e inapelable, dictó sentencia:

-Sin tarjeta de embarque no hay hotel

Así de simple y sencillo. Por arte de bibirloque.

Una alemana indignada preguntó:

-¿Podemos escribir en el libro de quejas?

-Si, pero para eso también hay cola ?contestó inmutable la chaqueta roja

En efecto. Unos 10 viajeros estaban esperando por el libro, pues nuestro vuelo no era el único con atraso.

-¿Y donde es ese chequeo de los equipajes?

-En las taquillas de la 170 a 180

¿Fácil, verdad?

A los ibéricos se le podía acusar de todo, menos de aburridos.

Seguido por 50 pares de pies llegué a las nuevas taquillas en cuestión. Allí encontramos un centenar de pasajeros en situación similar. Unos venían de Argentina rumbo a Italia, otros de Italia rumbo a las Islas Canarias, otros de las Canaria rumbo a Europa y nosotros de Alemania rumbo a donde fuera. Lo importante era salir de aquel tranque. Fui acomodando uno a uno a los alemanes y media hora mas tarde pude chequear mi propio pasaje y obtener la famosa Tarjeta de Embarque, versión moderna de la Carta de Libertad.

Prestos y veloces regresamos para ver a mujer de la chaqueta roja, cara de yeso. Si embargo la bella y la bestia, que en este caso convergían en una misma persona, ya se habían ido a su casa y el contenedor estaba cerrado a cal y canto.

Fue un momento de inspiración romántica. Los alemanes empezaron a proferir los más disímiles epítetos de que es capaz la lengua del gran Goethe, los cuales me abstengo de traducir en estas líneas.

Entonces observando que la taquilla de la Businnes Class aún estaba abierta, me dirigí a ellos, pues allí también habitaba una chaqueta roja.

-No sabía que había a esta hora tantos pasajeros de Business ? fue el recibimiento

-No -le expliqué- somos de clase económica, pero como su compañera ya cerró, necesitamos su ayuda. Todavía no sabemos dónde vamos a dormir hoy y ya son las 10:30 de la noche.

-Muy fácil ?me explicó la nueva diosa del aire poniéndome un cuño en la tarjeta de embarque- Este sello es el derecho al hotel. Esperen en la puerta de aquel elevador que enseguida viene una representante de un grupo hotelero para darle alojamiento gratis.

El ?enseguida? ibérico duro media hora, pero ya estábamos acostumbraos. Yo para entonces había renunciado a mi bola de cristal para predecir el futuro.

-3-

Conversé con la representante hotelera sobre la posibilidad de alojarme en el centro de la ciudad, y ella muy condescendiente, al fin encontraba un alma encantada, me dijo que esperara por una señal suya.

Cuando finalmente apareció el bus destinado a transportarnos al hotel, condición necesaria e indispensable para despertar instintos piratas dentro de las masas enardecidas, flotó un el aire el grito de abordaje. La nave fue embestida con espírtud de contingente. Como era de esperar, sólo 45 felices mortales encontraron cabida en aquella arca de Noe moderna. El resto de los necesitados quedamos a la intemperie, expuestos a las evoluciones de los astros y las predicciones del destino.

Un anciano inglés que llevaba con su esposa más de cuatro horas dando vueltas por la HJK, sin contar otras tantas en su aeropuerto de origen, perdió su compostura, su flema británica y su aire diplomático para empezar a demandar a gritos en su español con inconfundible acento anglo sajón.

-¡Señorita! Tengo fuerte dolor en espalda de tanto tiempo parado. ¡Si soy hospitalizado, Iberia va a tener que correr con los gastos!

Como los huesos del británico no prometían mucha durabilidad, la dama tuvo a bien el actuar muy rápido. Me envió junto con los dos ingleses a un hotel de lujo en plena Gran Vía. Después de todo le íbamos a dar pérdida a Iberia. Nos montó a los tres en un taxi y cerrando la puerta, pronunció las palabras mágicas que pusieron el auto, y mis nuevas preocupaciones, en movimiento.

-El taxi lo paga el hotel.

Quedaba concluso par la sentencia.

En el centro de Madrid, la ciudad desplegaba sus esplendores de un sábado por la noche y la marea humana transitando por la Gran Vía era incontenible. Nuestro auto de detuvo en un callejón perpendicular a la avenida, donde estaba la entrada del hotel. Como requisito adicional, la recepción no se encontraba en el nivel de la calle, sino en el piso superior. Mientras el taxi seguía en el medio de la calle, y con ello dejaba trancado el tráfico de toda la callejuela, subí apresuradamente hasta la recepción para darle la cuenta al recepcionista, el cual me recibió pleno de comprensión.

-¿Y que tengo yo que ver con todo eso? ¿Por que diablos nuestro hotel tiene que pagar el viaje, si ustedes son pasajeros de Iberia?

Tuve que poner a prueba mi poder de convencimiento y acudir de nuevo a la relajación yoga. Como el carpetero no terminaba de convencerse, hubimos de llamar al aeropuerto, localizar telefónicamente un representante hotelero y luego uno de Iberia. Mientras tanto, a nuestros oídos llegaba un armonioso concierto de cláxones, porque el taxi seguía en medio de callejón. Unos cinco autos y un bus vociferaban a sus anchas para poder pasar. Sin embargo el taxista cumplió al pie de la letra su salomónica decisión de no moverse ni un milímetro hasta que le pagaran su carrera, mientras el resto de la calle dejaba constancia de cuantos decibeles podían emitir sus cuerdas vocales. Cuatro telefonazos mas tarde el empleado del hotel quedó convencido, el taxista recibió sus dineros, los dos británicos, hasta entonces inmovibles e inalterables, se dignaron a descender del auto y el tráfico volvió a circular. Cesaron los gritos y volvía la normalidad a la Gran Vía en su noche de sábado, si es que ese mar de pueblo a esa hora de la noche se puede considerar algo normal.

Entonces el portero del hotel nos informó:

-Tienen derecho a una cena gratis en el restaurante del Museo de Jamón a cuatro calles de aquí. Pero deben apurarse porque la cera dura hasta las 11:30 de la noche y ya son las 11:25.

Creo que ni con una alfombra voladora, nos hubiera dado tiempo.

-4-

A la mañana siguiente, yo atravesaba un archipiélago de nubes para aterrizar en el aeropuerto internacional de Palma de Mallorca. Este edificio, con blancas paredes y pequeñas ventanas, también dispone de largo pasillos para retar la resistencia atlética de sus pasajeros. El viaje al paraíso con escala en el infierno tocaba a su fin. Afuera mi familia esperándome y la gran alegría del rencuentro.

Entonces vendrían días maravillosos, como los soñados antes del despegue, compartiendo con la familia, conmemorando viejos tiempos y sonriéndole al futuro. Tuve la sorpresa de ver que Mallorca es mucho más que un destino turístico de ingleses para emborracharse o el lugar predilecto para alemanes que sólo saben comer salchichas germanas en el Arenal y llenarse las venas de sangría y cerveza. Es una isla hermosa, verde, deslumbrante, con paisajes increíbles y una geografía que permite disfrutar, en estrechos kilómetros, del mar y la montaña, de las playas y los valles, de las ensenadas y los barrancos. A toda esa belleza natural la mano del hombre ha agregado una excelente infraestructura, modernas autopistas, jardines bien cuidados, arquitectura mediterránea, buena gastronomía, ofertas de ocio para los gustos más exigentes y toda una palestra de deportes náuticos y terrestres.

Pero en aquel momento, al salir del aeropuerto, todo se detuvo un segundo y me puse a mirar al cielo. En el azul inmenso flotaban los algodones de traviesos nublos para despertar las más impensadas fantasías. Una de las nubes me parecía una bruja con su escoba voladora. La hechicera volteó su cara, me guiñó un ojo y se diluyó para siempre en la cúpula celeste del Mediterráneo.

 

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