¡QUÉ BUENO ERA!

Hace unos días falleció el ilustre hispanista Alan Deyermond, de quien leí muchísimos artículos cuando estudiaba la carrera, casi todos (o todos, en realidad) sobre literatura medieval española. La mayoría de ellos referentes al Cid y La Celestina. Esta nota necrológica, que también sirve como homenaje a uno de esos maestros en la distancia, a quien jamás conoces (ni siquiera -hasta que, como ahora, mueren- eres capaz de ponerles cara) y con los que nunca has dado una clase, pero probablemente te han enseñado tantísimas cosas sin darte cuenta, esta nota, digo, sirve para darme pie al cuerpo de mi artículo.

Opinión | 08 de octubre de 2009
Domingo C. Ayala

Y pido disculpas al señor Deyermond, porque él sí se merece lo que critico aquí: que no hay nada como morirse para que lo quieran a uno.

Se me viene a la cabeza un libro publicado por Javier Marías hace unos diez años, Seré amado cuando falte. Y es que eso es lo que nos pasa, basta con que alguien muera para que sea adorado y reverenciado por cuantos en vida le ignoraron e hicieron el vacío, o lo que es peor, por aquellos que fueron enemigos declarados del difunto. Existe una cultura del respeto que prohíbe decir lo que uno siente realmente hasta que pase un tiempo prudencial (que es variable, según el caso), entonces sí, entonces se puede verter toda la mierda que uno desee, en algunos casos incluso sin preocuparse de que las afirmaciones de uno tengan por qué ser verdaderas: vivimos en España, ese país donde el rumor como tal puede adquirir el rango de noticia.

A veces a mí ?y eso que rondo los treinta años- me asalta la duda de qué será lo que los demás piensen, cuál será el recuerdo que guarden de mi persona cuando yo desaparezca. ¿Me echarán de menos? ¿Coincidirá ese recuerdo con lo que yo espero? A tenor de lo visto, no cabe duda alguna: nunca seré mejor persona que en el truculento trance de mi desaparición. Para ello ni siquiera es necesario que mis amigos (si es que alguno queda) hagan de las suyas, siembren el germen de un sentimiento agradecido; tan solo bastará con un par o tres de las plañideras de antaño, esas lloradoras profesionales de los entierros antiguos que vertían lágrimas pagadas y gemían y chillaban a tanto el dolor, con la consabida letanía de ?No somos nadie?, ?Qué bueno era? y ?Siempre se van los mejores?. Este falseamiento provocado (o quizás no tanto) de la memoria inventa una nueva personalidad a cada difunto, a veces queriendo reparar unas faltas adquiridas en vida, faltas propias o ajenas, que abundan en el debe de cada cual y que tranquilizan las conciencias de una sociedad crecida al amparo de los residuos de lo que Manuel Crespillo llamaba la ?cultura de la culpabilidad? opuesta a la ?cultura de la vergüenza?.

Aunque lo que los demás opinen cuando uno muera no deja de ser problema de los que se quedan. En el pueblo de mis abuelos paternos, Arriate, en la Serranía de Ronda, existía la costumbre de dar una copita a los hombres dolientes. El borracho del pueblo, que obviamente no se perdía un velatorio, preguntaba siempre, a mitad de camino entre la sorna y la mordacidad, sosteniendo su copa: ?¿Y usted viene de parte del novio, o de la novia??.

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