Confieso que he bebido

Los últimos, y a estas alturas conocidos por todos, acontecimientos vandálicos ocurridos en la madrileña y adinerada localidad de Pozuelo de Alarcón han suscitado debates acerca de la conveniencia o su contrario del archisobado fenómeno botellonil. Que es más de lo mismo, básicamente: la juventud arruina sus vidas bebiendo, hay que buscar alternativas para la diversión, el peligro de alcoholismo juvenil? Y además, dos huevos duros.

Opinión | 21 de septiembre de 2009
Domingo C. Ayala

Que nadie me tome por un fatuo. A todos los que se pierden en lugares comunes sin preocuparse de la raíz de un asunto que ha terminado (no podía ser de otro modo, aunque pueda habernos sorprendido la magnitud del ?espectáculo?) explotándoles en la cara les diría que se molesten en acercarse a esa juventud, sin prejuicios ni moralinas, interesándose realmente en por qué se ciegan (nunca mejor dicho) un sábado sí y otro también; qué salidas son las que ellos les proponen, cómo combatir de verdad ese quebradero de cabeza que hasta ahora a nadie, ni siquiera a los bebedores precoces, deja satisfecho.

Yo soy bebedor, y lo soy hace años, pese a mi juventud. Pero bebedor de raza, porque beber es un acto muy serio que requiere de toda la concentración y responsabilidad posibles. Yo, por ejemplo, no he hecho en mi vida un botellón. Respeto a quien lo hace con pulcritud, porque sé que es posible: juntarse con unos colegas en el sitio donde menos perturbemos, echar unas copas y unas risas y recoger, en la medida que el estado cívico de cada uno lo permita, las consecuencias del naufragio. Lo que ocurre es que a mí el beber en la calle se me hace poco romántico, desposee al acto alcohólico de su mística tanto como decir una misa en un descampado. Cada rito tiene su iglesia y su liturgia. Además, siempre he pensado que el botellón es cosa de los hijos de los burgueses aprovechados. Si tomamos como base de su origen la costosa accesibilidad a las bebidas espiritosas en los locales de moda, en buena teoría los hijos de padres pudientes no aquejarían tal dolencia; de modo similar, cuando yo estaba en edad botellonable (alrededor de los diecisiete años), tenía un trabajito que al menos para unas cervezas ya me daba. Desde ese punto de vista, hacer botellón sería sinónimo de ser un parásito.

Pero puestos a la algarada, en la primavera de 2006 los jóvenes franceses la montaron tomando las calles en protesta por el llamado Contrato de Primer Empleo. En España, con todo lo que estaba ya entonces cayendo, ¿saben lo que hicimos? Concentraciones por Internet de Macrobotellones. Y es que, lo que es a juergas, no hay quien nos gane. Así nos luce el pelo, que dicen algunos.

Otro asunto de diferente alcance es la agresión a la autoridad, el asalto de la comisaría, la barbarie en suma de aquellos que no pelean si no es amparados en el anonimato de la muchedumbre enfervorecida y achispada por las copas sin saber realmente qué es lo que hacen, sin encerrar su protesta otro reclamo que el grito ahogado de quien no sabe lo que pide, una rebeldía sin causa de andar por casa. ¿Acaso es permisible eso? ¿Cuál es el origen de esa rabia enconada en gente de tan escaso bagaje vital? ¿Qué parte de culpa tiene el entorno? Y cuando digo esto no es que la sociedad los haya creado -pobres niños ricos-, me refiero a sus padres, y la educación que han dado a sus hijos, ¿en qué escala de valores se basaba?

Yo aprendí a beber con Baudelaire y con Carlos Barral. Estos chicos con Amy Winehouse. Puede que ahí esté la diferencia.

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