El diamante

Hay otros mundos. Hay mundos con sabor a miel y a canela. Hay mundos teñidos de esmeralda y con montañas perladas. Hay lagos llenos de algas remineralizantes y sirenas. Hay sueños tapados por la falta de esperanza y por los posos de los años.

Opinión | 13 de septiembre de 2009


 

Elegir qué ver, es una dilema a nuestro alcance. Negar la vista al estiércol no es negar su existencia, sino elegir que planta regar.

Recuerdo un ejercicio que puse en práctica y que leí en un libro. Se trata de poner en un vaso , un puñado de judías. En ambos vasos se vertía la misma cantidad de agua y después?se colocaban en sitios distintos. Uno de los vasos se ignoraba y al otro se le concedían todo tipo de mimos y cuidados, incluso se le tenía que hablar a las judías diciéndoles que las amabas y resaltando lo bien que crecían y todo tipo de juicios positivos que ensalzaban su agradecida presencia en la vida. El resultado, después de ocho o diez días, lo podéis comprobar quienes tengáis la paciencia de ponerlo en práctica. ¡Os sorprenderá!.

Parece que tiene un gran poder nuestro pensamiento y por ende, nuestra palabra.

No es fácil construirnos un mundo positivo. La inercia de lo aprendido, hace que hayamos aprehendido una serie de latiguillos que conforman y forman, de manera perenne, nuestra vida. Romper esos círculos, resulta un tema que requiere persistencia y voluntad. Creo que merece la pena.

Elena tenía tres niñas con una diferencia, en edad, de dos años.

La mediana nació enclenque y las abuelas se empeñaron en manifestar su estado delicado a cada momento. Crecía enfermiza y raquítica. Se había asumido por parte de toda la familia, que Ana era la más feúcha y nadie se quería lucir con ella. Los vestidos más bonitos eran para las otras dos, mientras Ana recibía a diario la pena y una disimulada conmiseración por tan poca suerte.

A los siete años, Ana era una niña acomplejada, débil, que tan siquiera se atrevía a jugar por miedo a coger un resfriado.

La madre -médico de profesión- y sabiendo que a su hija no le pasaba nada físico que avalase aquel estado, decidió centrarse en Ana y comenzar a hablarle con un lenguaje distinto: Eres fuerte; eres valiente; eres guapa; eres saludable; eres especial, etc. etc.

Fue un trabajo exhaustivo. A los dos años, Ana había dejado atrás todos sus complejos y crecía como la chica normal que era.

Esa generosidad partió de una madre. Realmente, ¿tenemos todos la generosidad de aplicar un verbo positivo a todos cuantos nos rodean o nos interesa más que sean todos los calificativos negativos que volcamos sobre amigos, conocidos y resto del mundo? . Es una buena pregunta que sin duda dará la respuesta a muchas de nuestras miserias.

Casi afirmaría que el comportamiento de los demás hacia nosotros, puede que sea una imagen prediseñada en nuestra mente y puede que conviniera revisarla.

Hoy os dejo el diamante de una madre que, generosamente, vio en su hija lo mejor, hasta hacerlo parte de su vida.

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