Libertad definitiva

(A M.L L.A y otros como él)Hoy es el día de tu libertad definitiva. Respira el aire nuevo y observa a tu alrededor. Pudiste evitarlo y no entrar en prisión. Pudiste mirar en los ojos de tu madre la sensatez y el sufrimiento. Pero no lo hiciste. Se te dieron muchas oportunidades, más que a cualquier otro chico de tu edad, porque la madre que te parió, te crió y la que siempre ha estado a tu lado, aún con sus limitaciones, sacaba agua del desierto más árido. Me consta y lo he vivido muy de cerca.

Opinión | 03 de septiembre de 2009
Gloria Mateo

Quizá es que el ímpetu de tu juventud, la sensación artificial producida por tus hormonas de ser dragones que se comen el mundo, te confundiera. Da igual. Has cumplido tu condena y tendrás que volver otra vez a caminar. No pierdas el norte y, si es necesario, párate y cuenta hasta 100 antes de hacer algo. La chulería de la ignorancia, guárdala en los sótanos de tus zapatos. Písala bien para que no salga. Si lo hace se revolverá como el aguijón del escorpión y te estigmatizará, sin que ya no haya antídoto contra su veneno.

Te conocí desde pequeño. Sé muy bien que has ayudado mucho en tu casa en la carga pesada de dos hermanos minusválidos. Eras el más fuerte y quizá hubo demasiada responsabilidad sobre tu corta vida. Luego, esas pandillas marginales en las que te incrustaste huyendo de las desgracias que sufrías en el ámbito familiar (que sufríais todos), contribuyeron (tú también pusiste de tu parte), a meterte en el mundo de las ilusiones necias, de las evasiones hacia las utopías para olvidar del dolor. Y así te fue. Y así te ha ido. Sé que es una forma de rebelión. Equivocada, pero rebelión. Sin embargo, esto no justifica en nada tus derroteros. Y no me digas que miento, porque sabes que no.

Quisiste entrar en un programa que el centro penitenciario te ofreció para combatir tus miserias. Lo abandonaste. Alegaste que no te sentías cómodo en un grupo en el que había que decir la verdad sobre algunos compañeros. Era chivarse, repetías en tu justificación. Y eso está muy mal visto entre los reclusos. Pero es una equivocación. Creo que, en el fondo, sabías muy bien que no eras capaz de cumplir un compromiso. La subcultura carcelaria de los prisionizados marca a los primarios con sus lecciones rastreras. Mira ahora los módulos de respeto que existen dentro del centro penitenciario. Por ahí es por donde se quiere enfocar la nueva reinserción social y me parece muy acertado.

Hablé contigo reiteradas veces, tanto dentro como fuera de prisión. Quise explicarte los destrozos que puede provocar también el hachís que, según tú, no eran ninguno. Además, decías que no estabas enganchado a nada. No había razonamiento que sirviera. No lo admitías. Tampoco admitías otras muchas consideraciones sobre las drogas y el tráfico. Estabas en posesión de la verdad y lo demás eran patrañas que nos inventábamos y manipulaciones.

Me marchaba pensando que no habías seguido el ejemplo de tu madre. De esa fuerza de voluntad que ha sacado energías de donde no las ha tenido y ha seguido adelante. De una mujer que, en silencio, ha removido rocas inmensas para luchar por lo único que había sano en el seno de su familia: tú.

No sé si leerás estas líneas, pero las escribo porque ayer lo supe. Supe que ya puedes de nuevo hacer uso de tu libertad o de tu prisión. Dependerá de cómo lleves las riendas.

Frena tus impulsos. No te revuelvas y malgastes energías en devolver golpes inútiles. Inviértelas en sacar lo positivo que hay en ti, que lo tienes. Y, sobre todo, ayuda a tu madre en estos momentos tan difíciles para ella y tan delicados en su salud. Si tu padre viviera, se desviviría por hacerlo.

No son moralinas, no son consejos. Son, simplemente, deseos de alguien que, principalmente, siente admiración por esa mujer viuda, que tiene dos hijos minusválidos y uno válido hasta las cachas pero que ha hecho gala de una minusvalía muy superior a las otras: la de la inconsciencia.

No quiero volver a saber que intoxicas tu cuerpo con venenos. No quiero volver a ver llorar a tu madre de desesperación. Sé valiente y afronta la vida, aunque en algún momento desfallezcas. Y si necesitas ayuda, pídela. Eso no es de cobardes, sino de valientes.

¡Adelante en el camino de la cordura! Sé que estás en ello y sé también que si te empeñas lo conseguirás. Tenemos confianza en ti. No nos defraudes.

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