El dia en que me mataron

El jueves 30 de julio de 2009 estaba de servicio con mi compañero cerca del Palacio de Marivent cuando estalló una bomba lapa colocada en nuestro coche-patrulla, cuya explosión nos arrancó la vida a ambos.

Opinión | 04 de agosto de 2009
Joaquin Tamames

Nuestra muerte fue fulminante y al poco tiempo la zona fue acordonada por los compañeros de la Guardia Civil y enseguida la noticia estaba ya en todos los medios, mezclada con las de política, de sucesos, de deporte y las banales, que tanto espacio ocupan. Durante unas horas, unos días, mi compañero y yo hemos sido los protagonistas de los medios.

He sido una víctima más de la banda terrorista ETA, uno de los más de 800 asesinados a sangre fría en los cincuenta años de esta organización asesina. Paso así a engrosar la lista de muertes violentas en el mundo, una lista que viene de lejos y que no acaba, y que siempre da argumentos a los que proclaman que el hombre es un lobo para otro hombre y que la ley del Talión es necesaria.

Esa mañana mi compañero y yo habíamos hablado sobre la barbarie de unas horas antes en Burgos, en la que la explosión en la casa cuartel dejó al descubierto las humildes habitaciones de nuestros compañeros y de sus familiares. Las camas, los enseres, los modestas sillas, todo quedó a la luz del que quisiera mirar. Podría haber sido otro Vic, que ocurrió antes de que yo naciera, u otro Zaragoza, lleno de ataúdes blancos, pero no lo fue. Hemos tenido suerte, hemos coincidido.

Mi cuerpo allá abajo ha quedado destrozado pero noto que he entrado en una nueva dimensión en la que hay continuidad con la anterior, y en la que ya no tengo percepción (ni tampoco dependencia) ni de cuerpo ni de mente. Veo desde aquí arriba el gran revuelo que se ha organizado en torno a los restos del vehículo, a nuestros restos. Escucho las condenas de los políticos, y percibo junto con las manifestaciones mecánicas de duelo, expresiones de dolor y consternación profundas, verdaderas.

Mi vida ha sido breve y son muchas las modestas circunstancias que han hecho que yo estuviera en este vehículo en esta hora fatídica. Circunstancias que conocen un círculo pequeño de personas para las que mi muerte es especialmente dolorosa. Para mi ya no lo es, y precisamente me encuentro ahora en una situación extraña, que me resulta difícil definir: por encima del bien y del mal, con un sentimiento de paz que raras veces he sentido allá en la tierra, y que he atesorado cuando he podido. Pocas veces, en verdad, tal es la confusión que reina allá abajo.

Aquí donde estoy ya no caben ni el dolor ni el odio, ni siquiera contra los que me han asesinado. Es otra dimensión. Pero evidentemente percibo el dolor de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos. También de los compañeros, las fotos aparecidas en los periódicos el sábado 1 de agosto así lo atestiguan: hombres hechos y derechos llorando una pérdida. ?Agradezco vuestro cariño, os abrazo, no sufráis por mi?: esto es lo que yo quisiera decirles ahora. Y también: ?os quiero?. Espero poder mandar este mensaje a sus corazones desde este espacio en el que ahora habito.

No hay nada que justifique matar a otro ser humano, y menos en tiempos de paz, en que tantos cauces existen para expresar la opinión discordante,. La democracia es imperfecta pero crea espacio para debatir y discrepar sin matar al otro. Los que me han matado son asesinos y cobardes, no cabe duda, pero sobre todo son ignorantes. Ignoran por encima de todo la implacable ley del karma, la ley de la causa y del efecto. Todo vuelve. Ellos tendrán que pasar por el dolor causado. Desde aquí entiendo mejor la frase de Jesús ?Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen?, pero también entiendo que no encontrarán lugar del que escaparse de ese karma. Es la rueda de la vida. Son leyes inamovibles. Los verdugos, ya lo sabemos, no son sólo los que aprietan el gatillo. Son también los que los alientan, los que por la noche brindan cuando otros sufren la pérdida irrecuperable. Tendrán también que transitar por el dolor humano. Como digo, no tengo odio, pero si tengo pena, también por ellos.

Mis padres pertenecen ahora a esa simple categoría dual que un día comentó Ranchal: los que han perdido un hijo, los que no. Les imagino dichosos el día de mi nacimiento, y posteriormente cuidando de mi, dedicándome sus mejores esfuerzos. Paseándome en carrito de bebé, escuchando mis primeras palabras, comprándome mis primeros zapatos, enseñándome a montar en bicicleta, dándome las buenas noches al pie de mi cama con un beso en la frente, hablando de mí con alegría y felicidad? Tantas situaciones que conforman una vida. Ahora su dolor es punzante, están anonadados. Para ellos la vida tendrá un antes y un después de este 30 de julio. Habrá días que se levanten esperanzados, pero los más estarán apesadumbrados, sin posibilidad de sonreír. Es también ley de vida.

Yo quería vivir, no hay duda, y pronto seré olvidado. Pero mi muerte no será estéril. Servirá para despertar alguna conciencia, para que algún alma habite más suavemente el cuerpo. Me consta que hay personas en la tierra que piensan en mi y en mis allegados. Más de uno ha estado mirando la foto de mi compañero y mía un buen rato, y más de una lágrima ha sido derramada. Desde aquí (ahora lo percibo todo) puedo ver sus pensamientos y su corazón limpios? También lloran esas personas, les duele el mundo, les duele mi absurda muerte, pero trabajan por un mundo nuevo aunque este dolor también les sacude. Quizás algunas de esas personas puedan escribir unas líneas de ánimo a mis padres para acompañarles en este trance? yo creo que lo apreciarán. La solidaridad humana mueve montañas.

He sido uno más en esta larga cadena de vida y muerte, que ya dura tantos siglos generando el mayor dolor. Dan igual las siglas y los motivos, sigue siendo la misma barbarie, un ser humano matando a otro ser humano. La comprensión de la muerte se nos escapa, creemos que es el fin, pero constato ahora que es el comienzo. Desde aquí, en espíritu, ya no hay dudas ni miedos, todo son certezas, y hay luz (u oscuridad brillante), hay propósito. Tal como viven apresados en la mentira y en la traición, los humanos lo tienen difícil, pero si contactaran con su alma lo tendrían todo más fácil. Vivirían el paraíso en la tierra. El cielo en la tierra, que dicen algunos.

?No temáis, yo he vencido al mundo?, creo que dijo Jesús. Entiendo bien esa frase, ahora que he muerto, ahora que he vencido al mundo. Me han arrancado la vida, pero la Vida permanece, y ahora en su mayor pureza, en su mayor sabiduría. Mis asesinos, sin saberlo, han hecho que descubra mi alma inmortal. No tengo miedo. Miro adelante con deseo de servir, de ayudar, incluso a los desalmados que me quitaron la vida. Tendrán que transitar por el dolor, hasta descubrir que tienen alma. Yo tenderé mi mano para ayudarles, para aliviarles en su dolor.

A los que leáis estas líneas, os digo desde aquí: ?no temáis, sed dignos, tened esperanza, sembrad vuestro camino de bondad?. Os espero para abrazaros.

 

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