La variada calidad de los fiambres

El verano de 2009 se está mostrando altamente luctuoso. En menos de dos meses han fallecido diversas personalidades pertenecientes a diferentes campos de la actividad humana, y ha sido el tratamiento informativo que han recibido los difuntos lo que revela, a mi entender, la inmundicia de sociedad en la que nos movemos.

Opinión | 18 de agosto de 2009
Jordi Mata i Viadiu

Robert McNamara, Corazón Aquino, Baltasar Porcel, Pina Bausch, Vicenç Ferrer, Jordi Sabater Pi, Michael Jackson, Karl Malden, Mary Carrillo, Dani Jarque, Farrah Fawcett, Valerio Lazarov y alguno más que me dejo, ya no están entre nosotros. Vaya por delante que no tengo nada en contra de ninguno de ellos, al contrario, pero todos estos óbitos han demostrado que en la inmensa y podrida Disneylandia en la que vivimos hay muertos de primera, de segunda y de regional preferente. Recapitulemos brevemente algunos de los hechos de estos cadáveres para que vean a donde quiero ir a parar.

Robert McNamara fue para John F. Kennedy lo que hoy Hillary Clinton es para Obama: el secretario de Estado. Y no fue un político cualquiera. Se le atribuye un papel decisivo en la intervención norteamericana en el conflicto del Vietnam, entonces en sus inicios. Quizá sus opiniones contribuyeron a modelar nuestro mundo actual. Corazón Aquino concentró a su alrededor a aquellos que querían derribar la dictadura de Ferdinand Marcos en Filipinas e instaurar la Democracia, porque lograr la Democracia requiere lucha, no es algo que se regale desde instancias divinas, aunque algunos Payasos Patéticos especialistas en corromperla por nuestros lares la maltraten con una asiduidad que incluso nos parece normal y la conviertan en una martingala prescindible. Karl Malden fue uno de esos secundarios magistrales que elevaron el tono de películas como La ley del silencio, Yo confieso, Un tranvía llamado deseo o El beso de la muerte, obras de cuando el cine era un arte y no un desfile de refritos y de efectos especiales. En cambio, Farrah Fawcett (o Fauces, como la motejó algún cachondo por el volumen de sus dientes) nunca fue una gran actriz y cimentó su fama en la televisión, pero alcanzó el rango de mito de una época, los años ochenta, sobre la que todavía se ha de escribir mucho. Y hablando de televisión, recordemos a Valerio Lazarov, a quien alguien con mala leche señalaría solamente como inventor de las infaustas Mamachicho de Telemierda, perdón, Telecinco, silenciando las innovaciones, técnicas o no, de toda una vida dedicada al medio. Una circunstancia personal similar, por reduccionista e injusta, amargó al etólogo Jordi Sabater Pi, condenado a ser conocido exclusivamente por haber traído a un zoo un gorila albino, Copito de nieve, anécdota que ocultó aquí sus trabajos de investigación sobre los primates, reconocidos en otros países con menos estupidez congénita. Baltasar Porcel, teórico aspirante al Nobel de literatura, Pina Bausch, cuya importancia sabrán calibrar los amantes de la danza, y Mary Carrillo, actriz de algo llamado teatro y cuya figura se glosó en estas páginas como merecía, pertenecen también a memorias selectas, porque sus quehaceres, pese a poder llegar a cualquiera sin cortapisas, asustaban a la mediocridad imperante en nuestro ambiente borreguil, lobotomizado y estebanizado. De Vicenç Ferrer poco se puede decir, salvo que ha tenido que morirse para que montones de descerebrados se hayan enterado de quien era y de cual era su encomiable labor. Dani Jarque, futbolista modesto de un club modesto, y Michael Jackson, al que no voy a definir, no necesitan presentación alguna. Y no la necesitan porque ellos son los muertos de primera de esta lista de bajas ilustres.

La muerte de personas vinculadas a dos de los grandes negocios planetarios en materia de ocio, el fútbol y la discografía (que no la música), ha alcanzado repercusiones exageradas (a la par que grotescas en el caso de Jackson). Ha dado la impresión de que todos debíamos sentir como propios o cercanos ambos decesos. En lo de Jarque llueve sobre mojado, porque hace dos años sucedió lo mismo con otro futbolista, Antonio Puerta. Y respecto a Jackson, por muy figura mundial que fuera, ya hacía tiempo que era noticia únicamente por sus excentricidades, traumas o gilipolleces y no por sus méritos artísticos. Entonces, ¿por qué llorarles más que a otros?. Temo que la respuesta es que en esta sociedad del espectáculo que nos fagocita aquello que nos entretiene o nos divierte, y por supuesto sus títeres, merece mayor atención y respeto que cualquier otro conocimiento que signifique un progreso real. Sin discutir que un futbolista o un cantante concentren las miradas en tan tristes ocasiones, me planteo porque otros profesionales, quizá con mucha mayor incidencia en nuestro devenir cotidiano, son enterrados sin consideración y casi clandestinamente.

Se me dirá que algunos de los citados antes eran personajes lejanos en el tiempo y en el espacio, sin relieve en nuestro panorama, sin una vinculación sentimental con nuestro entorno que nos haga sentir su final. Cierto. La mayoría habían abandonado el primer plano hacía años, por motivos de salud o por edad. Podía decirse que habían muerto en vida hacía lustros. Pero ello no es excusa para que unas largas carreras, unas existencias que han conformado estilos, pensamientos y retos, se olviden tras la lectura del último titular, el que anuncia la muerte. Cuando fallece alguien casi centenario pero con una actividad que ha permitido avanzar en ese o aquel campo, que ha mejorado un poco con su esfuerzo el mundo que le recibió, es el momento de recordar de donde venimos, que incidencia en aquello que hoy es trivial pero hace medio siglo era imposible tuvo ese fallecido o fallecida que estudio una solución para un problema. Es la oportunidad de valorarnos como humanos, descubriendo el trabajo de quien nos precedió para hacernos la vida un gramo mejor y tomar nota de su ejemplo. Evidentemente, no es mi intención proponer que las televisiones se conviertan en velatorios perpetuos, algo también contraproducente; ahora bien, ¿saldrían perdiendo mucho las cadenas si en vez de programar ese film que ya han asestado cuarenta veces dedicarán un reportaje a gente célebre recién muerta no adscrita a su secta de famosos nauseabundos y que ha tenido el detalle de trabajar? Igual se llevaban una sorpresa.

En fin, en este circo de tarados que hemos construido con la complicidad de unos medios audiovisuales dignos de un destierro a Siberia o de una estancia en Treblinka, lleno de adolescentes castrados con ínfulas de tenor o de vicetiple, poligoneros transformados en millonarios por un par de escándalos sexuales bien vendidos, ratas que se proclaman periodistas de investigación sin salir de una oficina, chorizos con carnet y sin argumentos y abonados al discurso del: ?y tu más?... , ¿quién quiere echar la vista atrás al morir alguien que fue, para observar y recapacitar sobre los hechos de padres, abuelos y hermanos mayores con tal de sacar alguna lección de provecho? Por favor, que palo, quita, quita, que eso nos haría pensar, que miedo, que cansino... Total, ¿quién ha muerto? ¿Un grupo de viejos políticos, artistas, filántropos, científicos? Vaya cosa. Gente aburrida y que seguro aburrió. Aflijámonos, eso sí, por aquellos que nos hacen llenar estadios, sea para verlos patear balones o para protagonizar coreografías y fuegos artificiales. Honores para el ruido, que nos aturde y nos hace felices. Y morcilla para tantas vidas habitadas por la honestidad hacia una labor útil de verdad, pero que nos importa un carajo. Esto es la sociedad de la información, señores. ¿Acaso no se habían enterado?

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