El candado que escondía miserias

Unos vecinos lo vieron. Comentaron que estaba viejo y que en el poco pelo que le quedaba vestía canas. ¿Qué más vestirá su vida? Es igual, no importa. A otras las vistió de dolor negro tizón. Nadie huía hacia adelante, sólo él. Su huída fue hacia ninguna parte medianamente feliz.

Opinión | 31 de julio de 2009
Gloria Mateo

Inmadurez rebozada de ilusiones blancas y rentables. ¡Pobre gato arguellado por imperios en el aire! Para qué imaginar su cara; no, no merece la pena hacer pasar truenos por ninguna neurona. Seguro que tendrá las arrugas propias de la soledad y del desencanto. Aquel candado que escondía sus miserias, aún quedan algunos que lo tienen grabado sobre sus retinas. Rechinaba la llave. Sonaban a plomo sus pisadas? Ahora entra, ahora se va...Miedo?Zozobra? Quizá un polvorín metido en la casa. Nadie lo sabía. Sólo él. Pero? ¿lo sabía? ¿Qué oscuras intenciones le pulularían durante ese día? ¿Tendría su agenda llena?

Y se fue cuando alguien lo guareció al saber de su historia de desgracias Inventada, claro. No dejó sólo una huella. no. Y eso es lo que más dolía. Después de todo, nunca estuvo. Anduvo de paso y maldiciendo al país. Era una mierda, decía. Paradojas de la vida: sigue en él con su paraguas. Bueno, eso cree.

Pasó el tiempo dedicándose a pensar en una especie de familia Cebolleta. ¡Demasiadas capas tenía la cebolla, sí, demasiadas! Alguna de ellas podrida; pero eran de su campo. De las que quedan cuando el agricultor se las deja olvidadas por un tiempo y al echar un vistazo de nuevo, las recoge por misericordia y las mete también al capazo. ¡Peligro para alguna de las sanas. Seguro! Las suyas, las de la familia que formó, nunca le importaron.

En algún tambor de las persianas dejó gallinazas. Y asustaron. Sin embargo no eran nada más que gallinazas. ¡Menos mal! Siempre buscaba escondites donde cobijar vilezas. Había olfatos perrunos que sabían el lugar elegido cada vez: debajo de la cama, en el bidé?No les hacían falta buscar: encontraban. No importaba que estuvieran despistados: siempre aparecían huellas de sus proyectos abyectos. Olía el aire a desamor. Le faltaba inteligencia. Le sobraba pillería. Demasiado simple. Demasiadas cosas que ocultar y muy poca memoria. Suspicacia elevada a la máxima potencia.

Por eso no produjo dolor el comentario de los que lo vieron. Ni mucho menos pena. Sólo les dolió una pieza de un ajedrez de plata, y balones y libros que mandó al abismo, y sin embargo, encerraban la mejor alma que se construyó. Sólo eso. Nada más y nada menos que eso.

Ahora se dedica a repartir cariño por el mundo, y a parecer un amante de la naturaleza. ¡Que se lo pregunten a algún pobre animal! Pero nadie sabe. Sólo algunos vecinos dicen, porque vieron.

En la mayoría de las ocasiones, las personas que siempre echan la culpa de todo a los demás, no sufren. ¡Así sobreviven, porque no tienen pulgas que acribillen sus conciencias! ¿Tienen conciencia? ¿Eso se llama maldad? Alguien habló de algún grado de psicopatía...

Un día dije que todavía no habría acabado su tarea. Y así ha sido. Ha dado la estocada. Seguramente le ayudará el descabello. No obstante, le queda una buena puntilla que le hará rematar la faena. Siempre lo hizo. No hay ningún beneficio de duda, aunque algunos digan que confían en que pueda arrepentirse. ¡Qué ilusos! ¡No saben lo bien que sabe disfrazarse!

¿Habrá justicia en otra vida? De ésta seguramente se irá sin un pelo, como todos. Pero eso de ?no tiene un pelo de tonto?, no va con él. La listeza no es lo mismo que la inteligencia.

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