Todo tiempo pasado fue peor

?El colegio-convento-prisión de las madres adoratrices?, minado por la Goma 2 legal, se chafo contra el suelo en tres segundos. Perseguí la imagen de un informativo a otro, para seguir contemplándola: la televisión da pocas alegrías como esta, en un tiempo cavernícola. Las madres adoratrices actuaban por delegación de la dirección que se llamo de Protección a la Mujer, del Ministerio de Justicia.

Opinión | 02 de junio de 2009
Consuelo Garcia del Cid Guerra

Las encerraba, las aislaba del mundo: sometía cartas y paquetes de libros y de alimentación a la censura y requisa. No tenían derecho a abogado. Bastaba con que un padre considerase la conducta de una menor contraria a sus propios deseos para que fuera encerrada. Hasta la mayoría de edad. La de la mujer fue de 23 años, luego se redujo a los 21.

Esto estaba pasando con la democracia: mucho después de muerto Franco. Una ?recogía? me contó que un día, la megafonía del enorme edificio llamó urgentemente a las monjas a la capilla para orar: el diablo, decían, estaba en la calle. Fue el día en que se puso en libertad a Carrillo. Pobre diablo, hoy está dando lecciones de capitalismo en Moscú. Las prisioneras pasaban hambre ?el ministerio daba una asignación escasa- y frío, mientras las adoratrices se flagelaban por ellas: para que su alma, al menos, se salvara. Algunas estaban desde la infancia: a los 21 años las ponían en la calle, sin ninguna preparación. Otras habían encontrado verdadera protección: sus padres las querían violar, o sus familias las expulsaban, las lanzaban a vender su cuerpo.

Otras órdenes religiosas se ocupaban de ellas: unas mas comprensivas, que ofrecían abrigo y comida y permitían ir al trabajo. Otras luchaban contra las ?incorregibles? ¡incorregibles¡ La misma palabra asusta. Quizá en este enorme solar de la calle Padre Damián de Madrid, finalmente depurado por la explosión repentina, se debía hacer un parque en homenaje a la verdadera liberación a la mujer, a la primera medida oficial real contra su minoridad obligatoria y legal, que fue la abolición de la Dirección de Protección a la Mujer y la evacuación del convento de las adoratrices.?

EDUARDO HARO TECLEN

El País, años 90

Conservo el recorte de prensa amarilleado por el tiempo y no me permite ver la fecha concreta de su publicación debido al tijeretazo.

El Patronato de Protección a la Mujer , presidido por la esposa de Franco, Carmen Polo, continuo activo en plena democracia. Las órdenes religiosas de Adoratrices, Trinitarias, Oblatas y Buen Pastor, funcionaban como reformatorios encubiertos que insistían en denominarse ?colegios de formación?. Tal y como lo narra Haro Teclen, bastaba con que la conducta de una menor fuera contraria a la de los deseos de sus padres para que se la encerrara sin mas hasta la mayoría de edad, entonces a los 23 años. Muy pocas veces se ha hablado de esa parte oscura de la historia de la España de Franco. Miles de menores permanecieron presas en esos conventos, donde respirar era un privilegio, y cualquier pensamiento pecado mortal. Salir a la calle suponía todo un acontecimiento, aunque se tratara de ir al médico. Cartas, libretas, objetos y cualquier elemento personal, eran sometidos a vigilancia y examen, bajo la mirada inquisidora de las monjas, convencidas de estar ?salvando? de la perdición a todas ellas, llamadas ?las arrepentidas?.

La mayor parte eran víctimas de sus padres, que las habían abandonado: ?estas viva, otras las tiran? (esas terribles palabras las escuche yo en boca de la madre de una interna) o bien pertenecían a familias desestructuradas. El resto, rebeldes con causa, las llamadas ?de pago?, que no estaban bajo la tutela del maldito Patronato, eran las peor tratadas y las mas vigiladas. Tener opinión propia, criterio político o cualquier tipo de línea de conducta contraria a la entonces establecida, era la peor condena que la menor podía padecer. No se podían leer más que biografías de santos o libros religiosos. Durante el día trabajaban en talleres de trabajo (confección, muñequearía, imprenta) sin comer desde las 8 hasta las 14 horas. Se escuchaba el ruido de todos los estómagos mezclado con el estruendo de las maquinas de coser. Rezaban todo el tiempo y por cualquier cosa. Los castigos (incomunicación y traslados) eran un drama atroz, puesto que podía suponer aterrizar en otro convento peor, con mayor rigidez y aisladas del mundo hasta los 23 años.

Nadie ha sido juzgado por ello, y la memoria histórica no ha tenido en cuenta a miles de jóvenes marcadas para los restos que estuvieron presas sin haber cometido delito alguno excepto el de pensar o nacer en una familia marginal que las echo a la calle en brazos de las monjas y en nombre de dios para ser eternamente abandonadas a su suerte, con el cerebro reventado y confundido, donde el bien y el mal libraban la mas sangrienta de las batallas intimas: sobrevivir en un sistema fascista.

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