Vivencias en un Centro Penitenciario

Vivencias en un Centro Penitenciario

Iba con los cascos escuchando música, metido en su mundo. Pero me ha visto y enseguida ha venido a saludarme. Su sonrisa, por estar ya en libertad, era evidente.

Opinión | 21 de mayo de 2009
Gloria Mateo

Lo conocí en uno de mis trabajos en prisión. Me pidió ayuda y simplemente le acompasé en los días en los que duró mi estancia. No pude hacer más por lo limitado del tiempo de terapia. Era una persona que presentaba una alteración y, por supuesto estaba medicado debidamente. En una de esas crisis producto de su enfermedad, quizá llevado por miles de demonios que le daban instrucciones, su conducta acabó con él en un centro penitenciario.

Recuerdo que hablaba poco, pero siempre sonreía.

Un día, cuando las calles de los macro-centros penitenciarios se quedan más vacías que nunca porque la lluvia agudiza la soledad, me llamó desde lejos. Llevaba un cartón en la mano con el que cubría su cabeza. Corrió hacia mí y con respeto me pidió permiso para tapar la mía con el único paraguas que tenía: su cartón. Me acompañó, corriendo, hacia una de las puertas de seguridad. Yo guarecida de la inclemencia del tiempo y él... calado hasta los huesos. Luego regresó de nuevo a su módulo.

Ahora, me contó que vive con su madre, viuda y que asiste a un centro de día en el que realiza pequeños trabajos y se distrae, a la vez que puede conseguir algún recurso económico. Estaba contento, muy contento. Eso dijo y yo también lo capté de igual modo. Le comenté que cuando comenzara a sentirse mal, cuando los indicios que le enseñé a percibir (aunque él los sabía, pero no se daba cuenta), le mandaran señales de alarma, que pidiera ayuda inmediatamente. Mostrándome su móvil colgado del cuelo, me dijo: siempre estoy en contacto con mi madre.

Cuando los contratos temporales terminan en las prisiones y te vas, miras hacia la puerta porque allí, en aquel lugar, estás dejando también un poco de ti.

Esa vez, al marcharme, este chico me trajo una pequeña maceta de plástico con una planta que apenas balbuceaba todavía vida. Pidió permiso para hacerlo. La había plantado porque se ocupaba algo en la jardinería del centro y yo me quedaba mirando muchas veces las diferentes jardineras. Quizá me detuve ante ella más que delante de las demás y se dio cuenta?No lo sé?Fue un excelente detalle que no olvidaré. Como también guardo a buen recaudo, un cuadro que alguien me regaló y que había pintado en el taller ocupacional. Ese alguien al que igualmente me refiero y que me obsequió con su pintura, de vez en cuando, desde el extranjero, me consta, lee este periódico.

Los dos diferentes y con delitos de condenas cortas. Los dos, cada uno a su manera, espero que puedan seguir adelante: uno ayudado, el otro?el otro tiene una gran inteligencia y sabe perfectamente que desentonaba en aquel lugar. Desentonaban los dos.

La vida es un laberinto tan difícil en algunas ocasiones...

Aquí dejo plasmadas dos vivencias como psicóloga contratada en un centro. Os aseguro que nunca me ha faltado al respeto ningún recluso, hombre o mujer, de los que he llevado.
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