Una copa de vino

En una ciudad como tantas otras, sentado en la terraza de su casa, Mario degustaba una copa de vino. Mientras lo saboreaba, pensaba en que la vida se estaba riendo de él.

Opinión | 16 de mayo de 2009
Tali

-Le queda más o menos, un mes -le había dicho el doctor esa mañana.

Era el segundo especialista que visitaba. Con solo 45 años, no podía ser. Necesitaba una segunda opinión.

-Como bien sabe, se irá deteriorando poco a poco -continuó el doctor-. Yo de usted buscaría ya, una residencia. Allí lo cuidarán hasta que llegue el momentó. Usted sólo no puede estar. A no ser que tenga algún familiar que se haga cargo de todo, claro.
-No tengo familia -contestó.

Así lo había decidido hace muchos años, cuando salió de ese pueblo para venir a la ciudad, a buscar fortuna. A perseguir su sueño: tener mucho dinero.
Mario quería ser rico. No le importaba el precio que tuviera que pagar.Quería disfrutar de los placeres de la vida que sólo el dinero podía ofrecer, como por ejemplo, saborear un buen vino.

-Usted si que entiende -le decían siempre en la bodega-. No elige cualquier cosa.
-Claro que no. Con dinero, solo lo mejor.

Mario era un hombre inteligente y sin escrúpulos. Aceptaba cualquier trabajo que le ofrecieran siempre que le reportara una compensación económica importante. Y además ahorraba, ahorraba mucho, hasta que se hizo con un buen capital.
Nunca tuvo novia porque las mujeres se gastaban todo el dinero, y si alguna noche necesitaba una, le pagaba y ya está.
Amigos, los justos para salir alguna noche o para pequeñas reuniones. Así que se encontraba sólo. Sólo frente al Alzheimer.

Sentado en la terraza, mirando los edificios, acompañado de su botella de vino, se reía.
No iba a permitir que la enfermedad le ganara la partida. No llegaría a convertirse en un vegetal.
Pegó otro sorbo de vino. Realmente no se notaba nada el narcótico.
"Siempre ríe mejor, quién ríe el último", citó. Y se durmió.
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