Todo un señor

Todo un señor

Caminaba solitario, por un camino de la periferia de Madrid, cuando tuve un encuentro inesperado. Con su azadón, pala y carretilla, vi a un señor mayor, con visera, camisa remangada, pantalón de trabajo, y botas, que estaba parcheando los baches del camino, recientemente labrados, lo que les daba el color marrón característico. Después me diría que tenía ochenta y tres años, por lo que era un jubilado que había que excluirle de contratado por un Ayuntamiento en un plan de empleo, para superar la crisis.

Opinión | 28 de abril de 2009
Ricardo Gutiérrez Ballarín

Y extrañado me paré a hablar con él. Tenía ganas de contar muchas cosas. ¿Lo hace Vd. por su cuenta, o a cuenta de otros?, le pregunté.

Algún otro me lo ha preguntado, me contestó, lo hago porque quiero arreglar los baches que molestan cuando se va hacia el pueblo. Debía llevar varios días en la tarea, porque era un largo trecho el camino parcheado.

Le pregunté también si se había dedicado a la agricultura, y me dijo que no. Su buena forma hacía pensar que había tenido alguna profesión manual que le había permitido llegar a su edad, para poder hacer ese esfuerzo. Pero no, había nacido en 1926, antes de la Guerra Civil, y las circunstancias económicas de España, le habían obligado a trabajar en muchas profesiones. No le pregunté en qué bando le había tocado, porque el estallido fue como una lotería, a unos les tocó en el lado vencedor, y a otros en el perdedor, sin proponérselo. Seguro que tendría muchas cosas que contar de ella, pero preferí saber de sus empleos de civil. Por donde estábamos, se había librado una de las batallas más sangrientas, la de Brunete, y no muy lejanos, aún se ven fortificaciones de la contienda.

Trabajó en una oficina de contable, después de representante de chocolates, a continuación hizo de repartidor con una moto de su propiedad, actividad que le resultó más rentable que las anteriores, y por último hizo de taxista durante treinta años hasta su jubilación.

Y fue entonces cuando dejó de fumar, cosa que le agradeció su organismo. Tuvo discrepancias con su mujer por el gasto de nicotina, y cortó por lo sano con el tabaco, desde entonces no sabe lo que es un cigarro, y se le pasó la tos crónica del fumador.

Con los ahorros de toda su vida pudo hacerse una casa de campo donde puso una granja. Disponía de luz pero no de agua, y tenía que ir al pueblo vecino a acarrearla. Algún guardia municipal le amenazó con denunciarle por llevársela, pero encontró el apoyo de un alcalde comprensivo. Así que viaje va y viaje viene, pudo dedicarse a granjero, criando animales domésticos, que alimentados con pienso, después vendía. Hasta que se dio cuenta que no era una actividad rentable, porque él, tenía que pagar el pienso a toca teja, pero sus animales, se los pagaban tarde y mal. Dejó el negocio, y ahora en su finca, no tiene tiempo de aburrirse, porque siempre hay algo que hacer. Como arreglar el camino que va hacia ella. No es de los "sesenta y más" que van a un centro cívico, a jugar a las cartas sentados, horas y horas, o de los que se sientan en bancos al sol, para ver pasar a la gente.

En el entorno de mi paseo pude ver otras manifestaciones anónimas de otros hombres. Más adelante, en una urbanización de esas llenas de perros que te "saludan" con sus ladridos al pasar junto a los chalets, en una valla, unos desalmados furtivos, habían puesto unas pintadas para robarle la estética a su dueño.

Se ha tenido demasiada indulgencia con los graffiteros y hay zonas de Madrid en las que no respetan nada, ni señales de tráfico, ni indicadores turísticos, ni cierres de tiendas, ni fachadas recién pintadas. Hacen de terroristas del graffiti, que van marcando su territorio, como los perros que orinan en determinados sitios para reconocerlo después. Quizás sean incapaces de hacer una redacción bien hecha, pero enguarrar paredes, se les da de maravilla.

Vi también un montón de escombros, de unos albañiles, que sin pensar en los demás habían volcado allí los restos de su obra, para ahorrarse el esfuerzo y el dinero de ir a llevarlos a la escombrera. Dejaron un montículo infame, frente a un bonito chalet, cuyo dueño era una víctima más de unos desalmados furtivos.

Me despedí de Cándido deseándole salud para que generosamente, pudiera seguir arreglando el camino muchos años, y hacernos comprender a los que le viéramos, que por muchos problemas que tenga el mundo, hay personas que piensan en los demás. Y a lo mejor, en su esfuerzo gratuito encontraba su mejor pago, porque contribuía a su buen estado físico.

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