Escrito en la cara

Escrito en la cara

Hoy se me ha ocurrido teclear su nombre en busca de un destino ignorado. Murió muy joven. Robo a mano armada, tenencia de armas, asesinato.

Opinión | 04 de octubre de 2020
Consuelo G. del Cid Guerra

Pelirrojo y con infinidad de pecas que recorrían su rostro. Resultaba gracioso a la par que inquietante. Muy alto, de complexión atlética. Acostumbraba a vestir con jerseys rojos, y parece que lo estoy viendo. Corría el año 1974, pero él, en otra dirección diametralmente opuesta a las ideas. Era uno más de los bares, siempre sentado frente a su cerveza. Ofrecía ropa de marca que robaba en grandes almacenes cuando todavía no existían los dispositivos antialarma. Nunca le pillaron, y extendió sus manejos a tiendas de deportes, donde se hacía con grandes bolsas y demás objetos que continuaba revendiendo. Recuerdo que en algún momento dije, o me atreví a afirmar, que acabaría en la cárcel. No tenía miedo a nada ni a nadie. Una tarde, encerró a mi amiga en los lavabos, intentando forzarla. Dijo que era una broma, pero no lo era. Y le perdí de vista.

Hoy se me ha ocurrido teclear su nombre en busca de un destino ignorado. Murió muy joven. Robo a mano armada, tenencia de armas, asesinato. Protagonizó una fuga memorable que salió en todos los periódicos. Ocho presos saltaron de un furgón celular, entre los que estaba él.

¿Quién lo habría dicho?... pues yo. Había algo en él completamente desdibujado. Le llevé la contraria una vez, y me miró con desafío: supe que era capaz de pegarme. Pero no lo hizo.

"Chulito, no tienes corazón, lo único que sabes hacer bien, es robar. Ladrón de mierda". Eso le dije.

Falleció antes de los treinta, y su mirada permanece en mi memoria con la misma intensidad. Pertenecía a una familia burguesa, era mal estudiante y no tenía horizontes. Carecía de sueños, metas o proyectos. Vivía a su aire pese a dejar a los demás sin aliento. Fue acusado de intento de violación en el centro de la ciudad, un mediodía.

"Altamente peligrosos", reza un titular de prensa. Y su foto. Muy serio. Nada de aquella sonrisa sarcástica donde no hubo alegría, o yo no acerté a descifrarla.

Sus compañeros le reían las gracias y compraban lo robado por él. El trasiego tenía lugar en una cafetería, a la vista de todos.

Nunca le compré nada. Jamás me sedujo ninguna de sus célebres hazañas. Y hoy me pregunto por qué lo hacía, cómo pudo acabar así, por qué continuó sin girar su existencia hacia cualquier otro lado.

No sé si descansa en paz. Seguramente, no. es
 

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