Felices fiestas

Felices fiestas

Todo el mundo tenía que ser bueno y desear paz a los hombres de buena voluntad. Entonces, que desconocía yo la mala, creí durante algún tiempo que la tierra, era eso.

Opinión | 23 de diciembre de 2019
Consuelo G. del Cid Guerra

Al pobre de la calle se le saludaba con cariño durante un par de días, les soltaban monedas y alguna barra de pan tierno. Recuerdo una gran nevada en Barcelona por Navidad. Era yo muy pequeña: la calle, toda blanca. Ni un alma. Miraba por la ventana en busca de hombres buenos, pero no había nadie. Los encontraría mucho más tarde, dos décadas después, elegidos por mí misma contra todo pronóstico. El bien y el mal libraron siempre una eterna batalla en mi cabeza.

- Ha muerto. Ella ha quedado muy bien...
- Pero si el que se ha muerto es su marido...
- Por eso.
- ¿Por eso, qué?...
- La ha dejado con una buena pensión y algunos ahorros, más la herencia de su suegro y acciones de la empresa.

A partir de aquel preciso momento, creo que entendí algunas cosas. La farsa con que nos envolvieron a muchos, presos de una corriente tan confusa, tan tétrica, de una doble moral espeluznante.

- Dale el aguinaldo a la portera.
- Pero si el resto del año casi nadie la dirige la palabra, a no ser para quejarse de algo...
- Es Navidad, niña. Y deja de pensar tanto, que tienes la cabeza llena de pájaros.

Papá Noel era un asunto pagano que aún no se celebraba. Yo no podía entender cómo Dios, si es que era él, pudo nacer tan pobre. Tirado en un pesebre y muerto de frío.

- Parece mentira la Nati, va por el cuarto hijo y no tiene para comer...
- Jesús tampoco tenía y todo el mundo adora esa figura de plástico.
- Qué sabrás tú de la vida, criatura... Vamos, pide dos segundas Sarriá.
- ¿Por qué segundas?. El billete es más caro.
- Porque los asientos son de terciopelo.
- ¿Y llegaremos antes?
- Pero qué cosas dices... Claro que no.

Me apoyé en el enorme panel donde se podía leer "segunda clase", e hice un amigo. Sonreímos primero. La madre del niño se movía de asiento en asiento pidiendo monedas. Nos saludamos con la mano. Me percaté de que las suyas, pequeñas y enrojecidas, no tenían otro abrigo que el de sus propios bolsillos. Le regalé mis guantes.

Poco antes de bajar, también el billete de segunda. Se llamaba Jacobo, y no tenía padre. Me lo dijo mientras su madre pedía monedas en los asientos de al lado, sin atreverse a franquear la "otra clase".

- Dale dinero a la señora. Todo el que puedas.
- ¿Por qué?
- Porque ha quedado muy mal.

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