Una nueva esclavitud

Manuel:Quizá no leas nunca estas palabras, pero, aunque las he escrito pensando en ti, no van sólo dirigidas a un ?Manuel?, sino a todas las personas que, como tú, forman parte del ejército de consumidores al servicio de algunos desalmados a los que les estáis poniendo en bandeja una vida acomodada. Ellos lo saben.

Opinión | 21 de marzo de 2009
Gloria Mateo

Saben bien que os tienen a sus pies, porque es muy poderoso el producto que os dan a cambio Lo es tanto, que sin él estáis siendo incapaces de seguir adelante. Lo necesitáis cada vez con más ansiedad y, paradójicamente, lo consumís para calmarla. Lo usáis para salir por unos momentos de vuestra realidad y formar un mundo a vuestra medida, en el que no se sufre, en el que no se piensa, sino simplemente se sueña, se disfruta. En definitiva, un mundo ficticio.

Y no hablemos del alcohol, sobre todo del que se estila destilado, del que se abusa copa tras copa y que cada ingesta de más es inversamente proporcional a la capacidad volitiva. Es igual. No importa. Es lo que se lleva. Es lo que se hace dentro de la sociedad. Estaría mal visto si no lo hicierais. Casi, hasta puede que no se os considerara seres normalizados.

Parece que hoy, lo ?normal? es lo que está admitido socialmente. Lo anormal, lo absurdo, es lo contrario. No seamos hipócritas. Es así.

Y justificáis vuestra conducta con frases como: ?Es terapéutico, me relaja, y ya lo prescriben hasta los médicos?; ?¿Qué tiene de malo que pase un buen fin de semana, con gran potencia sexual, eufórico, huyendo de la vida de todos los días??;?Me ayuda a ser más sociable y conversador?; ¡No me seas moralista y deja tus enseñanzas a un lado! ¡¿De qué vas?! ¡A mí me gusta! etc. etc.

¡Qué ingenuos ! La realidad es que siempre empezáis con un coqueteo y acabáis en un matrimonio de conveniencia, pero en el que uno de los dos saldrá triunfante y, desde luego, no vais a ser vosotros.

Habéis caído en una esclavitud silente. Ya no podéis tomar decisiones si no estáis bajo sus efectos; ya no podéis soportar un sinsabor de la vida y corréis a buscar desbocados la ?muerte?. Lo necesito, pensáis. No pasa nada.

¿Cuántas veces habéis dicho, por ejemplo, que ahora ya no hay nadie que no se haya fumado un porro, emborrachado o metido una raya? Y no sigo, porque sabéis perfectamente que existen muchos más ?tiranos? agazapados, que están ahí, en cada esquina, esperándoos, disfrazados de samaritanos, que os ofrecen bálsamos para vuestros sufrimientos y prometen momentos maravillosos?

Solamente tienen un enemigo: alguien que les sepa dar la espalda a tiempo y que no quiera escuchar sus ?cantos de sirena?.

Pues bien, anoche, escuché el llanto de tu madre. Dijo que eres un hijo cariñoso, trabajador, tierno, quizá demasiado sensible; que tienes un niño maravilloso al que quieres con locura. Que no sabía cuándo comenzó todo. Quizá, apuntaba, a cuando te separaste.

Ella, ahora, tiene terror a tus fines de semana. Comentaba que, cuando sales, vuelves, si es que vuelves, claro, y no alargas el infierno hasta el lunes, con los ojos enrojecidos, vidriosos y la cara desencajada. Su llanto era un desgarro, un grito al aire para que la ayudara, para pedirte sin que la escucharas, que fueras insumiso ante la porquería que está cambiando tu cerebro. Y decía, también sin querer decir, pero saliéndole a chorros su amargura, cómo en ocasiones deliras y te pones agresivo con algún brote psicótico. Comentaba que no eras así. Que te tiene miedo, mucho miedo. No sabía qué hacer.

Y ante tanto sufrimiento, me sentí impotente. Sin saber cómo consolar lo inconsolable soslayando una realidad.

¡Malditas pues esas ?normalidades? que protagonizan nuestra sociedad y que nos están destruyendo poco a poco y malditas las fortunas hechas a costa de cuerpos deshechos y mentes trituradas!

¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia la libertad? No, en absoluto.

¿Hablamos de valores? ¿Por qué no nos miramos al espejo y le pedimos más respeto hacia el que vemos reflejado en él?

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