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A mí no me mató
Opinión - 24 de septiembre de 2018
Escrito por Majude
 

A mí no me mató una noche fría de noviembre de 1978 al regresar a mi casa tras una larga jornada de clases. A mí me quemó con un cigarrillo en el pecho y la cintura, me hizo cortes en las muñecas y las manos al intentar alejar de mí su navaja. Me pateó, me violó y me arrojó por unas largas escaleras.

A mí no me mató, pero la mujer de catorce años que era antes de aquello dejó de existir, sin comprender por qué un desconocido descargaba en mí tanta violencia.

Dejé de perseguir mis sueños, todo me daba miedo, vacié mis ilusiones y antepuse mi seguridad a toda inquietud de la vida renunciando a la libertad y quedando encerrada en una prisión cuyas paredes estaban construidas por el miedo y el autodesprecio.

A mí no me mató, pero dejé de reírme como lo había hecho durante esos catorce años.Guardé en un cofre bien cerrado mi amor, mi pasión, mi ternura, mi frescura, mi simpatía, mi valentía, mi complicidad, mi confianza e incluso mi honestidad.

Las cicatrices de la piel curaron y se redujeron a hilos finos, sello siempre evidente de aquel pánico, aquella hora en la que mi mente lloraba y solo recordaba a las personas que amaba en mi vida, cicatrices que me han acompañado durante cuarenta años para recordarme que cometí un grave error, que entré a mi portal tarde, pasadas las diez y media de la noche y despreocupada.

Esas contracturas que sufro desde entonces en el músculo serrato derecho, cada vez más distanciadas, pero ahí siguen, producto de la patada que me lanzó escaleras abajo, o quizá del borde de algún escalón.

Estuve diez días sin salir por una supuesta faringitis.

A mí no me mató y me transformé en un ser oscuro, arisco y de mirada gacha porque se me dijo que aquello que me había sucedido no se le podía contar a nadie para evitar que se me tratase como a un despojo, porque se me dijo que yo me lo había buscado por no haber salido corriendo cuando aquel monstruo apareció, pero no pude, me cerraba el paso en un pasillo. No me mató, pero la ocultación me hacía sentirme deshonesta con mis amigas y amigos, y muy incomprendida, y porque además dejé de esperar al amor, ese amor que se siente cuando tu vida está floreciendo, que no te cansas de mirarlo, de escucharlo, que pasarías horas y horas paseando a su lado aunque no se pronunciase una palabra, ese amor con el que bailarías bajo la lluvia y con el que te irías al fin del mundo con los ojos cerrados, ese amor a quien jamás entregué aquella carta que le había escrito, esa carta que quedó dentro de una carpeta. Los días anteriores al accidente pasaba un rato cada tarde, antes de las seis, en una esquina de su calle o en los tres árboles que había en una curva cercana a su casa para poder dársela en la mano. Dejé de mirarlo de frente y cuando me cruzaba con él le observaba por el rabillo de los ojos y la cabeza agachada, como lo hacen las personas tímidas. Y es que oí cómo alguien muy cercano a mí decía a otra persona por teléfono que yo ya era eso, una especie de bicho raro que ya nunca en su vida iba a ser normal.

Mil veces he oído su voz llamándome entre la multitud y mil veces me he dado la vuelta y le he buscado con la mirada.

No tuve entierro porque quienes tendrían que haber visto el cadáver no se dieron cuenta nada más que para asustarme y asustarme, hundirme en la miseria de la más baja autoestima y así mantenerme bien encerrada cerca de ellos, un fantasma errante perdido en un abismo de temores y fobias. No salí en la prensa, nadie lo supo, ni la policía, porque entonces se decía que en las comisarias te preguntaban si llevabas las bragas puestas.

Pues bien, ese día llevaba puesta una falda fruncida por debajo de la rodilla, a media pierna, una camiseta con cuello de caja y una chaqueta fina de punto, botas de caña alta y una trenca de lana blanca con capucha, nadie podía ver mis piernas, ni mi escote, pero por lo visto provoqué ese maltrato por imprudente, por no correr, y es que me cerró el paso.

A mí no me mató, pero pasados los años no iba a entrevistas de trabajo, no iba a ver a un profesor a su despacho, no entraba a un ascensor sola con un desconocido, no viajaba, me daba terror salir de casa sola, no volvía nunca tarde, salía del autobús o del metro si un desconocido me miraba, cruzaba la acera si un hombre venia de frente y no había gente en la calle, jamás cogía un taxi… Un laberinto de ansiedad y horror del que cuesta mucho salir y que recordándolo ni una misma entiende cómo pude vivir así.

Los muertos no sienten el calor ni el frío, y aquella noche yo conocí un frío distinto, lo llamaría “frío del alma” si estuviese segura de que el alma existe, pero no encuentro otro modo de describirlo, me duché sentada en el suelo de la bañera, temblando y llorando. No sé el tiempo que estuve allí, debajo del agua que me caía, con un codo apoyado en el borde y la frente reposando sobre el brazo, pero el temblor me convulsionaba, y solo quería meterme en mi cama, muy arropada, para dejar de sentirme aterida, y el frío no se iba, cerraba los ojos y llamaba al amor, con la carta que aún estaba metida en una carpeta en la mente, la única persona que abrazándome habría conseguido darme calor, pedía esos días que le fuesen a buscar, pero la disciplina familiar y el acuerdo de guardar el secreto estuvo por encima de mi deseo y necesidad de sentir ese abrazo. Los adultos hablaban a mi espalda en voz baja y me llegaban solo palabras sueltas, “…la van a hacer polvo…”, “…la van a marginar…”, “…van a creerse que ha sido ella…” y yo estuve años viendo pasar al amor por el rabillo del ojo. Muchos días llevaba una bolsa de deportes grande colgando del hombro, otro mantenía la puerta de un coche abierta hablando con alguien que estaba dentro, otro iba tan guapo hacia el metro, y siempre con prisa.

Pasaban los años y cada vez la bola era más y más grande sin haber tenido un apoyo profesional y afectivo apropiado y un día me descubrí valiente, un día que iba por la calle oí que le decían una grosería a una mujer adolescente, vi que el bestia iba directo hacia ella y descubrí que había algo dentro de mí aún vivo, grité a aquel malnacido y corrí hacia ellos para defenderla. Ese día se abrió mi cofre, ese que había quedado escondido en el centro de mi pecho y poco a poco comenzaron a salir cosas de él que me hacen sentir dichosa, cosas con aire, con agua, con risas, con melodía, y ese cristal de carbono que tenía todos los colores dentro cuando le daba la luz. Decidí visitar a un psicólogo y empecé a hacer frente a los monstruos, a disfrutar de mi ser, un ser que iba resucitando muy despacio y que respiraba la brisa de la noche a solas abriendo los brazos y dejándose balancear por la libertad, sentándome en un banco tan sólo a tomar el sol relajadamente o haciendo un viaje solo por el gusto de ir sola y sin miedo.

El miedo me convirtió en un ser arisco que iba dejando por mi camino malentendidos y vacíos que cuando los recordé quise arreglar. No iba a contar a todo el mundo cómo me sentía durante aquellos años de mi vida, cómo me distanciaba y ahuyentaba a las personas porque tenía miedo o porque no me sentía contenta conmigo misma, pero sí intenté enmendar en lo posible aquellas enemistades y dolor provocado por mis desplantes y distanciamientos. Comencé por lo más fácil, salir, enfrentar la soledad en la oscuridad, y continué sacando recuerdos, guardando siempre el más doloroso para cuando llegase el momento, para cuando la vida me diese esa oportunidad, el recuerdo diamante, el que me sacaba las lágrimas más amargas. Lo he estado buscando años y cuando lo encontré no sabía cómo decírselo, y siguieron pasando los años hasta que un día no lo pensé más y me enfrenté a mí misma, a mi vida. Ese día supe que ya había resucitado del todo, que ya no me sentía culpable ni avergonzada y que podía hablar de mí frente a frente con él y sobre todo pedirle perdón.

Ese día se abrió una caja de truenos que me reprochaba la deshonestidad involuntaria con la que me he relacionado con personas con las que me conformaba, sin más, porque solo quería paz y tranquilidad dejando al amor encerrado en mi cofre. Desde ese día me conozco más y me valoro más a mí misma.

A mí no me mató, convirtió en un fantasma a la mujer que llevaba dentro y que comenzó a resucitar hace tiempo, mujer a la que cada día conozco mejor, hermosa en mi esencia y con un gran deseo de vivir y existir. Pasaron muchos años sin poder desarrollar todo lo que mi ser podía desear y crear, años perdidos dentro de una invalidez que me bloqueaba, y habrá muchas cosas que ya no pueda recuperar en su pureza y momento de germinación, el tiempo las ha transformado y solo puedo adaptarme a ellas disfrutando de todo lo que me ofrecen, que no es poco.

A mí no me mató. De hecho, yo seguí respirando.