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Ladronas de libros . Ladronas de historias
Opinión - 21 de septiembre de 2018
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Tenía mi propia historia. La guardé durante 36 años, aunque estuvo siempre presente. Hice un juramento: Aunque pasen 40 años, yo seré escritora, y España entera sabrá lo que nos han hecho.

Me encerré. Apenas salía a la calle. No hubo días ni noches. Trabajé completamente sola al tiempo que adelgazaba más y más hasta convertirme en un esqueleto andante, consciente de que nadie sabía nada de aquel agujero negro.La única memoria era la mía, porque fui una de ellas. Y tenía que cumplir mi palabra. Me encontré con una laguna documental que no podía sostener lo denunciado. Pero muy lentamente aparecieron algunas mujeres que me ayudaron: Sí, todo es verdad. Yo también estuve allí. Cuenta conmigo.

Decidí seguir adelante sin tener la más mínima idea de lo que podía pasar : todo o nada. No dormía. No comía. Viví pegada a la pantalla del ordenador más de doce horas diarias. El pasado regresaba con una fuerza indómita que devoró mi presente. Expatriada en un país que no supe entender, lejos de integrarme, me aislé voluntariamente. No había nada más. Nada más importante que lo que estaba haciendo. Me arruiné. Y desde la ruina supe que la verdad pasa por un camino largo y demoledor.

"A nadie le importa la historia de unas cuantas adolescentes que ya no lo son y pasaron por esos centros". Me lo dijo un periodista. Más tarde, supuestos personajes implicados en la memoria histórica negaron todo tipo de ayuda : "Es un terreno pantanoso. Estás sola. Esto es muy peligroso. Déjalo. Te arrepentirás cuando te llegue la primera amenaza de muerte". Pero seguí. No era sólo mi historia, se trataba de la de todas. Me recuerdo caminando por una carretera de Salzburgo en busca de un panecillo. No tenía nada material. Nada. Ni siquiera una mesa digna sobre la que poder trabajar. El ordenador, siempre sobre mis piernas, sentada en un sofá rojo. Lo había perdido todo. Sí, estaba sola, pero lo asumí. Cuando empezaron a llegar los testimonios, supe que nada de lo que estaba haciendo podía ser ignorado. Una noche especialmente helada, tras conversar por skype con Loly, abrí la ventana. Era muy tarde. Grité a un cielo extraño que no me protegía, pero grité: Malditas, malditas por los siglos de los siglos, maldito Patronato, malditas monjas, malditos todos.

-Te dirán que mientes. Las dos Españas de siempre aparecerán de nuevo. Al principio serás una heroína, pero con el paso del tiempo, te olvidarán. Y nadie, absolutamente nadie, dará la cara por ti. Lo has dejado todo por una locura. Estás obsesionada. No vives. Chuparán de tu trabajo sin que te hayas dado ni cuenta otras mucho más listas que tú. Elige : la causa, o yo.

Salí de Austria con una maleta y 150 €. Tenía 57 años. En 2012 se publicó mi obra "Las desterradas hijas de Eva". en 2015 "Ruega por nosotras". Ambos ensayos políticos exponían una parte de la memoria reciente española completamente desconocida. La repercusión mediática fue tremenda. Ni yo misma era consciente de lo que había hecho : pasó todo. Todo. Las víctimas afloraban como la pólvora. Yo sólo fui una más, la única diferencia es que lo conté, sin miedo. Lo escribí, denuncié, dando la cara desde el primer momento. Y entonces, aquel hombre de la memoria histórica, resulta que tuvo razón: Cállate, hija de la gran puta. Te voy a coser la boca con cordón umbilical. Cuida tu espalda, zorra. Te vamos a marcar esa cara de roja miliciana que tienes. Mentirosa. Vas a hacer el camino de Santiago de rodillas, puta.

Realmente pensé que me iban a matar. Las amenazas llegaban por teléfono, por correo electrónico, incluso hubo un incidente extraño en el aeropuerto. Vencer el miedo me ha costado seis años. Aprendí que quien amenaza no ejecuta, y quien ejecuta, nunca amenaza.

-Estás loca. No eres la misma. ¿De verdad darías la vida por esto?
-Sí.

Caí en Barcelona, al final de la gira, en casa de mi amigo Santiago. La almohada estaba empapada. No podía dejar de llorar. Era otra persona. Yo casi nunca lloraba, era dura, fuerte, pero desde el año 2012 soy un grifo. El pasado que intentó cambiarme a la fuerza no pudo conmigo, pero el presente me estaba matando. Desde entonces, los ansiolíticos forman parte de mi neceser, porque los necesito. No he dejado de trabajar. Jamás he cobrado un euro por mis conferencias. Me sostengo -económicamente hablando- escribiendo biografías por encargo. Mis propios libros no me dan ni para pagar un sólo recibo. No tendría por qué explicar esto, pero lo hago debido a tantas y tantas habladurías por parte algunos que afirman que me he forrado. Craso error : lo perdí todo, y volvería a hacerlo.

Pero -por otro lado- también estoy harta de ser considerada la pobrecita indigente literaria. Porque las dos Españas las tengo presentes, a todas horas. Me las escupen en la cara todos los días.

La historia no me pertenece. Es de todas. Pero mis libros, sí. Son míos. En ellos puse todo lo que tenía, sin saber que me cambiaría la vida de forma radical. Sin ellos, nadie, absolutamente nadie, habría podido hacer nada.

Me han robado descaradamente. Sin más. Asistidos por una serie de traidor@s que decían públicamente "amarme hasta el infinito y más allá, y que darían la vida por mí". A la hora de la verdad, resulta que todo era mentira.

Quien utiliza tan fácilmente esas palabras, desconoce su valor. Por lo que a mí respecta, no les voy a dar otra cosa que la espalda.

En cuanto a las ladronas de libros e historias, os deseo mucha suerte. Nos vemos en el Juzgado.

"Tenía una historia, una historia muy buena...¿quieres que te la cuente?."
"El ladrón de palabras", película. 2012.
Guión de Brian Klugman y Lee Sternthal.