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Desunión
Opinión - 12 de septiembre de 2018
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Cuando las redes sociales arden en torno a una causa o tema concreto, desde una lógica elemental cabría suponer que todas esas protestas incendiarias deberían reflejarse en las calles, manifestándose en masa. No sólo no es así, sino que los mismos afectados pelean y se matan virtualmente a diario, consciente o inconscientemente, sujetos a su propia razón, que no admite ninguna otra.

Entre propios e individuales, se desdibuja la historia de esa gran piel de toro estampada en un mapa que ya no se sabe si está partido a cachos o en dos ; si dos y dos son cuatro o la raíz cuadrada del noúmeno ; la cosa en sí que anda largando el no.

Desconocedores de cualquier tipo de trama, se la inventan, creyendo que incluso son espiados por teléfono, que alguien les persigue o que ellos son los únicos hacedores victimarios de algo, lo suyo, el yo eterno que no admite discusión. De mantenerla, se descalifican públicamente unos a otros con insultos, agravios, falsedades de todo tipo y escupitajos cibernéticos que ahí se quedan, visibles ante tres mil personas, más otros tantos miles que comparten, tan indignados como encantados de su verborrea escrita, así, para que conste, cargándose al lucero del alba o llevando a un servicio de urgencias al ofendido, cuya crisis de ansiedad supera lo imaginable.

El daño ya está hecho. La desunión parte de cualquier punto, no importa, todos nacieron para liderar, son sabios, magníficos oradores, presentadores de su propia televisión desde el momento en que se graban a sí mismos al tiempo que otro graba conversaciones privadas, mensajes íntimos e incluso fotos que serán enviadas al enemigo ante el primer cabreo, siempre sacadas de contexto, con la única intención de ser condenados ante el otro bando, creado de forma espontánea e incluso de antemano.

Amantes del crimen que gozan con la sangre, el cine gore, las películas snuff, sectas satánicas, grupos pedófilos, jurando y perjurando que todo lo saben. Carne de enclitofilia, manual del descerebrado, que insiste estar en posesión de vídeos, documentos y pruebas fehacientes de hígado y víscera.

Descubridores de su propia fantasía animada, esa legión de vagos buenísimos (todo en nombre del bien y su justicia), van escalando puestos.

Algunos, verdaderos maestros de la gestión administrativa, saben cómo insistir aunque no sepan escribir, y se buscan un valido que les corrige las faltas, otro que diseñe logos y un sinfín de seguidores con los que acabarán partiendo peras en menos de un año tras declarar su amor eterno desde el primer día desde el rollito ese de "compañeros y compañeras" unid@s en una lucha que degenera hasta tal punto que nadie, absolutamente nadie, se la cree.

Mal vamos. No importan los barros pasados ni los actuales lodos. Lo único que se palpa, es mierda. Y apesta de tal forma que acabarán patentando perfumes.

Objetivo: la fama. Mueren por una foto, buscan al político, a la reina, a cualquier actor, a la madre que parió a Panete, les da lo mismo ocho que ochenta, cantan la internacional, levantan el puño y mantienen la compostura mientras se descomponen cuando tienen delante de sus narices a quien acusan con honorable valentía desde el teclado, presos de su propia inestabilidad ante el poder, incapaces de cantar lo que deberían cantar : las cuarenta, con dos ovarios y un par de cojones, que me da lo mismo.

Adiós, muchach@s. Vosotros y sólo vosotros sois los hacedores de la desunión, en busca de una gloria efímera que os alzó cualquier tarde camino del país de nunca jamás.