Tenemos la palabra

Tenemos la palabra

Deseo lo mejor, por encima de un todo poco admitido, debajo de tanta cándida canción. Antes, reciente-Mente antes, el nombre era ese nombre de las cosas, apostado en documento de identidad sobre el que ahora vomitan los unos y los otros. Podría ser muy sencillo: Habla lo que quieras, como tú quieras. Y no debería pasar nada. Distintos, etiquetados, voceando un país dentro de otro.

Opinión | 04 de septiembre de 2015
Consuelo G. del Cid Guerra

Tenemos la palabra. Y esta parece resultar la más próxima guerra, una batalla en la que afloran todos los enanos. Lo escribió la gran Helena Valentí: Vivimos rodeados de enanos, y los gigantes se esconden para reírse.

Que no nos moverán. Los trenes lentos de largo recorrido ya no tienen sentido y los macutos han pasado de moda. Estos son. Los que estamos, todavía, insulsos ante un discurso cansino y de inútil guerrilla urbana, los que no sabemos rezar a dios alguno por falta de asistencia, Gobierno Central al uso y desgaste soberano, la contra establecida. Suerte. Yo deseo esa suerte fuera de todo concurso, no me caerá la baba del viejo desertor, no aplicaré ese grito en la ciudad del tedio, la quemada, la de una Barcelona que murió hace ya mucho. Perdido está el encanto de tantísimas flores acristaladas en vitrina correcta, Rambla de tanta gloria, humo, de gris cruzado entre tiros sin gracia, pelotas de goma, palizas por doquier.

No importa que no me entiendan, soy mayor. Lo supe el día en que me llamaban de usted e iba por mí. Ahora van a por lo otro, como en una carrera de sacos estúpida y ligera, estando el patio sucio, podrido, plagado de ladrones que asumen su gran máscara suiza cargando kilometraje al Palacio General, ese sin música donde también se ha saqueado hasta el engendro.

No saldremos de cuentas. Echaremos las mismas y la pota sobre esta España hundida que agoniza.

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