Miseria y compañía

Robar en España supone una condición ya casi imprescindible para estar al pie de un cañón hueco que carece de pólvora.

Opinión | 28 de agosto de 2015
Consuelo G. del Cid Guerra

Esto es la guerra. Facturas vienen y van, antes iva-N, menos tanto por ciento, muchos ramos de flores, gastos de representación y el buen comer hasta atragantarse. El puro ha vuelto, solo falta el eructo. Aeropuertos sin aviones subastados a precios de segunda mano, y no es de extrañar. Mete mano el más pintado y los antes dependientes de cortes ingleses se llaman Acount Manager. El trabajo full time -currar todas las horas- elimina la vulgarísima expresión "faena", que no es asunto de toros aunque el mandamás te meta la cornada por donde tercie el día. Vendedores sin sueldo, corbatas resucitadas, piojos desavenidos y muchachas poco bragadas en eso de trabajar, se entiende. El tanga tapa poquito y ese hilo dental apostado a la raja no concluye intenciones previamente pactadas. Mujer, me estás pidiendo amor. Y yo, no puedo darte nada, cantaba Pablo Abraira, dulce mostacho entregado al olvido, muy puestas con su valor añadido.

La comisión es un fraude que parte de esa miga recogida por pájaros, tan muertos de hambre como uno mismo, más desesperados -si cabe- por no poder volar.

Mientras, nos chupan la sangre recaudando pormenores, impuestos antes no puestos, leyes bajo la manga de esta dictadura votada que protege a los suyos: Nunca les pasa nada.

Cuando no quede vena y el algodón se agote, resucitará el vampiro. Los pacientes olvidados de la peor porfiria, desahuciados y miembros de esas listas sanitarias que ya no pueden ofrecer nada más que un boca a boca rápido poco antes de palmarla.

 

 

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