Adonde voy sin tí

He ido a buscarte conservando la esquina donde acostumbrabas a aparcar tu moto. Me esperabas todos lo días. Sólo han cambiado los comercios. Ahora hay un banco donde hubo una juguetería. Y una financiera que fue perfumería. Allí me comprabas el perfume cuando nos enfadábamos. Y volvías, triunfante, con rosas blancas y la pequeña botella de Eau de Rochas. Y yo te perdonaba. Siempre.

Opinión | 18 de marzo de 2009
Consuelo G. del Cid Guerra

Una vez te dije que yo no era más que tu florero. Tú tomabas todas las decisiones y te seguía sin rechistar. Pero no me escuchabas. Alguna vez acerté, y llegaste a reconocer tus errores. Entonces, te regalé una enorme goma de borrar. ?Como nunca te equivocas, escribí, aquí tienes la goma más grande que he encontrado en la papelería. No creo que nunca tengas la necesidad de usarla, puesto que eres perfecto, pero te ruego que la mantengas siempre guardada, por si acaso?. Te reíste. ?Estás más guapa que nunca cuando te enfadas?, fueron tus palabras.

Nos amábamos con la misma dimensión que discutíamos. ?Ni siquiera la muerte podrá separarnos?, repetías. La vida era hermosa. Lo era. Juro que lo era. Con todos los retos, las afrentas, la lucha diaria, aquella locura nuestra que divertía a todos. No me querías. Me adorabas más que a nada ni a nadie. Era tuya. Fuímos nuestros. Sólo uno. Tú y yo.

?Te quiero más que al dinero?, esa fue tu confesión definitiva. Durante años y años te

retaba con mis discursos idealistas, soñadores, con mi forma de ver la vida, tan opuesta a la tuya. Te reías de mí. Pero también te has reído mucho conmigo, y eso lo arreglaba todo. ?Algún día, Miguel, te encontrarás en una situación en la que todo el dinero del mundo no podrá evitar, y entonces puede que llegues a entenderme?. Ni en mis peores sueños imaginé vivir sin ti. Porque no sabía, no podría, y tampoco, seguramente, querría. Cuando ingresaste por última vez en el hospital, te ví recoger algunos objetos de la mesa del despacho. Los metiste en la maleta. No le dí importancia. Te dejé hacer porque te habría dejado hacer cualquier cosa, y te habría defendido ante el mismo diablo. Lo hice. Por tu memoria he mentido como nunca y como nadie. Tu honor estaba por encima del mío. Sobre tu cadáver, no permití ni un reproche, ni una queja, ni una sola palabra de desprecio a nadie. Sobre tu cadáver abracé aquellos hombros del gran hombre, del príncipe de las mareas, del ser humano inmenso que fuíste. Pocos días antes, siempre cuando me ausentaba para salir a comer, encontraba en el suelo restos de algo que no sabía descifrar. Era una nieve de goma, lluvia sin agua, trocitos pequeños que olían a colegio. Cuando ya no podías hablar y sólo nos mirábamos y nos tocábamos las manos, me entregaste, llorando, aquella goma de borrar. Estaba completamente gastada. Era muy pequeña, casi redonda. Señalaste con el dedo un lado de la pared.

Pude comprobar cómo durante mis ausencias, te dedicaste a frotar y frotar la goma contra la pintura, que quedó casi blanca, exponiendo un trozo de su color original.

Mantuve aquella goma en mis manos el día de tu funeral. La apretaba con desespero

porque quería cumplir mi promesa: No llorar. Tú me lo pediste. ?Ponte el traje blanco, mantente tiesa, mira al frente, y no derrames una sola lágrima. Estaré muerto, pero eso no nos separará nunca, nosotros somos para siempre?.

Esta noche he buscado la goma. Me la he metido en el bolsillo y he ido a buscarte. Han pasado trece años, y sin embargo, he vuelto a repetir las últimas palabras que pude decirte cuando todavía podías escucharme : ?Adónde voy sin ti?.

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