De Luis Mariano a Mariano Rajoy

Ladran mientras se cabalga y resucita el Quijote al tiempo que se santiguan algunos ante cualquier frase entrecomillada de Coelho, los modernos del nunca cuya infortunada sonrisa insiste en comparecer -feliz- ante cualquier tribunal con tal de alcanzar tribuna.

Opinión | 21 de junio de 2015
Consuelo G. del Cid Guerra

Se agitan las coletas de caballo, macho Rocinante que confunde el nombre de cualquier toro muerto con las alas de sus bebidas isotónicas, en busca de algún soporte de aventura que les haga volar tras el más triste orgasmo. Carne y gimnasia de after socorrido, esos suspiros de la España tibia presidida por el sujeto votado con nombre de mayordomo. Qué pánico gastan los gansos hacia el color violeta, obsceno por excelencia, penitencia por demás ante Manuela y Ada, las nuevas alcaldesas de sangre roja y corazón a la izquierda -sabia naturaleza-, mientras lloran Ana y Rita ese perdido imperio que naufraga entre el caloret de los cafés con leche en la Plaza Mayor. Beatas y borrachas, asuntos de los feos, degradadas al máximo por mínimas. Qué miedo y rancio abolengo magnifica sus causas, hierve el corazón, un soplo, España es una gran marea humana donde incluso el perdido sabe hacia dónde ir con tal de no volver a casa. Folclóricas y toreros presos, la infanta -que está al caer- despojada de título, la reina periodista o la periodista reina, pálida como una novia y más tiesa que el pájaro que la espanta. Esto no hay quien lo arregle. Ni los grandes teóricos, la fuga de cerebros, el coaching, esos recursos inhumanos, sonrisa de autoayuda o litros de té rojo. No hace mucho me contaba un colega que se ha visto obligado a abandonar la parte alta para vivir en la periferia. Y es que hay pocas cosas tan sumamente placenteras como la muerte del pijo, ya desertor de todas las barras porque ni para birra tiene. Se corta pidiendo un cortado que traga a sorbos cortos, ardientes como su rabia y terriblemente resentido. Todo esto es una pena más grande que la de Lola Flores, que en paz descanse. Una pena chunga, de miseria constante que abandonó toda esperanza. Y es que la vida es corta, tanto como la amapola arrancada que cantaba otro Mariano, pero de apellido. Al otro, de nombre propio, le quedan cuatro días, y lo sabe. Puede que no demasiado tarde se decida a solucionar lo del frenillo, porque marcha atrás, ya no hay.

 

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