Tarjetas de visita

Se me ha ocurrido ?y no sé por qué- mirar un viejo tarjetero como si de un álbum de fotos se tratara. Estaba a punto de deshacerme de él, convencida de que ya no servía para nada. Pero me equivocaba.

Opinión | 12 de enero de 2015
Consuelo G. del Cid Guerra

Tarjetas de todos los colores, con logotipos de empresas que ya no existen y cuyos nombres estampados anunciaban grandes cargos que se han perdido. Personas, al fin y al cabo, cuyo destino conozco de sobra. Ahora andan mendigando las sobras de otros en busca de cualquier trabajo, sea el que sea. Hay que comer. Antes comían en restaurantes caros y nadie pudo imaginarles en los servicios sociales o el banco de alimentos. Estaban en otro bando y negociaban con grandes bancos.

He visto con mis ojos cómo con muchas de esas tarjetas se hacían extensas líneas de coca. Hoy no les queda ni para sal. Presidentes, Directores Adjuntos, de Recursos Humanos, de Grandes Cuentas...

Yo misma era una de ellos. Decían que estaba loca, completamente loca, que era una revolucionaria, un personaje molesto. Hoy me dan la razón, cuando ya no la quiero. Ni siquiera la necesito. Entonces todos parecían estar encantandos de haberse conocido, le llamaban ?amigo? a cualquier cosa y no sabían vivir sin grandes coches, vacaciones de lujo y un pisazo del que han sido desahuciados. Durante largo rato he contemplado una a una todas esas tarjetas, y es un gran álbum de fotos, no me cabe la menor duda: Están retratados. Todos. Me he detenido ante un nombre. Ella era distinta. Tenía una sonrisa ancha y no soportaba las injusticias. Su cargo en la multinacional que representaba se fue al garete, pero defendió a sus compañeros hasta el final. No supe más de María, y la he buscado en facebook. Allí estaba. De todo ese gran tarjetero, sólo su nombre vale la pena.

No le ha sorprendido mi trayectoria, y a mí tampoco la suya. Compartiremos algún día los restos de cada naugragio en cualquier lugar. Nos hemos reencontrado felizmente, alegres y con idéntica postura.

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