¿Y qué va a pasar con mi gente?

Acuartelados, la mayoría. La silenciosa, tibia, de manos blancas sin callo. No toques su cuadrilátero: Eres un apestado. Serás -en breve- un hombre fiscalizado, analizarán hasta los botones de tu camisa, el material que gastas, la jerga que utilizas y tu forma de andar. Y dentro de nada te habrán prohibido como sujeto, no tendrás derecho a predicado y todo tu sustantivo se reducirá al nombre de pila, que Santo, Santo, Santo es su Señor, Dios del Universo y cacique de España.

Opinión | 10 de julio de 2014
Consuelo G. del Cid Guerra

Lavado de cerebro, limpieza de boca, tubo gástrico al fondo para que te enteres bien de lo que duele la entraña. Si estás enfermo te sentirás extraño. Si hablas demasiado, eres un loco. Uno más de tantos extraviados que no supo encontrar camino a casa por desahucio social, por bienestar perdido, por techo sobre lo hecho. Otros llorarán mal, quejosos, desesperados en su propia razón y con el norte perdido. Para ellos, conductores de almas recursoras con nuevos dioses varios, para que sonrías y no pegues, para que no te alteres y vomites. Pastillas bajo la lengua, recurso temporal a una ansiedad que se presenta en cualquier momento. Respira, cabrón, aspira. Te daré una receta y de vuelta a los asuntos arregla esos problemas, ellos no te harán más. Alguna zumbada ágrafa te puede leer las cartas, indicando esa suerte a cambio de favores, la voluntad sin IVA y un canto sin factura. Por los que vendieron el coche y ahora toman el metro, hay que atender su drama. Por los que no tienen suelas en los zapatos y buscan unas chanclas, hay que entender su estado. Por todos los que -al día- subsistimos sin tregua buscando lo inmediato. Por el que tiene techo y no puede comer. Por el que come y tiembla ante el mes de alquiler. Por el que debe, tiene, pierde, suspende, continúa y abrasa todo ese asfalto negro que hace ya muchos años les extendió un partido. Por los de fútbol, ganados o perdidos, que recogen borrachos bañándose en las fuentes, agresivos y tercos, empeñados en la patada célebre hacia tantas pelotas. Viva la gente, la hay por donde quiera que vas. Coca cola ya no es la chispa de la vida, y Red Bull te dará alas para que te mates. Nos queda ese ácido limón. El temple agrio, un puño izquierdo por levantar y la cadena humana -que sea ilimitada- diciendo BASTA.

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