De pie

Los nadadores estaban de pie junto a sus cajones de arrancada. Todos menos uno. El atleta del primer carril estaba sentado aún. Se empujó con sus dos brazos hacia el centro del cajón y se viró en dirección al agua. Luego flexionó un pie bajo su cuerpo y ayudado por sus manos pudo tomar el equilibrio y erguirse.

Opinión | 13 de marzo de 2014
Israel Benavides

El bullicio del Torneo Internacional de Natación de Ámsterdam quedó cortado por un hilo cuando estaba a punto de comenzar la competencia de los 50 metros libre. Se podía oír hasta el zumbar de una mosca en el aire. Nuestros ojos quedaron fijos en el punto de salida del primer carril, donde dos manos y un pie, aguantaban aquel cuerpo en tensión, listo a salir disparado solo con la ayuda de su pie derecho. Aunque conservaba su figura atlética, numerosas cicatrices en su torso y su espalda denunciaban las múltiples intervenciones quirúrgicas a las que estuvo sometido. El nadador no tenía su pierna izquierda: se la habían amputado. Pero estaba ahí, de pie, dispuesto a presentar batalla.

En ese instante le pasaron innumerables recuerdos por la cabeza: su accidente el verano pasado, cuando iba pedaleando en su bicicleta y fue arrollado por un camión de cemento, su pie aplastado, el grito de dolor infinito, su cuerpo ensangrentado, la ambulancia rumbo al hospital, las luces del quirófano, y el amanecer en una cama atado a sueros, inyecciones y vendajes.

Al despertar de la anestesia, pensó que ya había pasado lo peor. Sin embargo, era entonces cuando comenzaba una pesadilla que duraría el resto de su vida. Al daño físico se le sumaba el sufrimiento psicológico de verse mutilado, y los dolores fantasmas que siempre lleva la pérdida de una extremidad. Nunca volvería a dar una carrera alegre, ni a bailar o subir una escalera saltando los escalones. Ni siquiera podría hacer algo tan sencillo como cruzar los pies. Ahora el centro de su vida serían una cama para inválidos y una silla de ruedas. Su trabajo, su deporte y su querido Estocolmo nunca serían lo mismo.

En el mejor de los casos podría andar con muletas, pero para lograrlo tendría que someterse a varias operaciones y nuevas pesadillas. Primero le amputaron el pie hasta la rodilla, pero luego, para salvarlo de la gangrena, tuvieron que cortarle la pierna completa y trasplantarle su propia carne desde la espalda a lo que iba ser el tapón de su pierna. Gracias a una atención médica esmerada pudo recomponer lo que quedaba de su cuerpo. Con la ayuda de su familia, sus amigos y su voluntad de acero, pudo dedicarse entonces a sortear la impotencia y reorganizar su vida. Había tenido que pasar por un largo y tortuoso camino para recuperarse, aprender a valerse entre muletas y silla de ruedas, entrenar y volver a lanzarse al agua en busca de una medalla.

Y ahí estaba de nuevo, dispuesto a darlo todo. A punto de volver a aarancarle milisegundos al agua y de tirarse en pos de recuperar, sobre todo, su vida de nadador activo. Iba aguijoneado por la emoción de sus noches de llanto y desesperación, cuando le parecía que nunca volvería a tomar el hilo de su vida. Pero también lo impulsaban las muestras de aprecio de sus compañeros de equipo que le permitieron regresar a la natación. Además, durante la competencia, muchos integrantes de otros equipos nos habíamos acercado a él para mostrarle nuestra admiración y nuestro respeto.

Sonó el disparo de arrancada y ocho cuerpos se lanzaron al agua. Con el empuje de un solo pie, el nadador sueco no pudo llegar tan lejos como los demás, pero sus fuertes brazos le permitieron mantener el ritmo y la velocidad en la piscina de ida. Al llegar a la pared de los 25 metros pudo dar la vuelta junto con los primeros y, aunque perdió impulso en el empuje desde la pared, pudo seguir entre la avanzada.

Continuaba indetenible impulsado por el apoyo de su equipo y las ganas de reintegrarse a la masa de nadadores europeos. Cargaba en cada brazada con su voluntad de vencer.

Los últimos metros de la carrera transcurrieron en cámara lenta. La gritería del público le hacía competencia al chasquido de las extremidades en el agua, pero todos estaban pendientes, no del primer lugar, sino del resultado del nadador sueco. Finalmente tocó la pared y una ola de júbilo recorrió toda la piscina. Pudo llegar antes que otros nadadores que tenían ambas piernas.

Estábamos asistiendo a una clase magistral de tenacidad. Alguien capaz de mostrar semejante fuerza de voluntad era más merecedor de una medalla que el más rápido de los atletas. Se merecía la medalla al valor, pues lo importante en la vida no es no caernos, sino levantarnos después de cada caída, aunque sea con un solo pie.

El árbitro que controlaba la carrilera del atleta sueco apretó el cronómetro para medir el tiempo exacto de la carrera y lo anotó en la boleta de rigor para dársela al jurado. Luego registró la misma marca en el libro de control. Curioso sobre cuán rápido podría ir un nadador sin una pierna, me acerqué para ver el resultado. Pero me fue imposible leer la anotación. El libro estaba manchado. El árbitro, pese a haber participado en tantos eventos internacionales, al escribir el cronometraje no pudo evitar que sobre las cifras se le derramara una lágrima.

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