Las plantas no vuelan

Y tampoco corren.Se ha celebrado en Tenerife un festival, el Festival Madre Tierra, al que el otro día acudí para dar una charla sobre veganismo. Como suele suceder en estas ocasiones y estos lugares, acude mucha gente con muy buenas intenciones, pero también demasiado convencida de estar en lo cierto en cuanto a su propia bondad.

Opinión | 21 de noviembre de 2013
Pere Borràs

El ser humano tiende a construir argumentos que justifiquen su comportamiento cuando este no es del todo inocuo para sus principios morales, y esto es válido hasta -incluso sobretodo- para quien desea ser lo más bueno posible.

Los argumentos veganos consisten básicamente en sostener que el respeto al bienestar y la libertad (propios y ajenos) están relacionados con la consciencia y no con el género, la raza o la especie, y por ello se equipara el especismo con el racismo y el sexismo al compartir su mismo origen, a saber: la superioridad de un grupo (sea por fuerza, inteligencia, cantidad, creencias, raza...) justifica prácticas que perjudican a otro grupo aunque dichas prácticas y perjuicios nada tengan que ver con dicha superioridad, real o virtual.

Casi siempre que se trata el derecho de todo ser consciente a su libertad y al respeto a su bienestar, surge la voz de quien asegura que las plantas también sienten, casi siempre añadiendo la coletilla "se ha demostrado científicamente".

Por fortuna conozco, y he leído, los artículos publicados sobre la comunicación entre plantas de mano de sus propios autores, por lo que creo poder arrojar algo de luz al respecto del malentendido que genera la interpretación de sus estudios.

Los científicos han demostrado que hay algunas variedades de plantas que pueden alertarse del peligro entre diferentes individuos, no que sean conscientes de ello. Dicha comunicación funciona de la siguiente forma. Las plantas que están siendo devoradas por los herbívoros vierten al aire unas moléculas que, al ser recibidas por sus vecinas, producen una reacción química que hace que las hojas de estas se vuelvan amargas, resultando desagradables para los animales. Es un producto de la evolución que permite protegerse de los depredadores sin que exista por ello necesidad de recurrir a la consciencia. Para que esta exista, hace falta un sistema nervioso, del que las plantas carecen. A nadie en su sano juicio se le ocurriría afirmar que los glóbulos blancos sienten y padecen solamente porque nuestro sistema inmunitario establece comunicaciones entre sus distintos protagonistas.

La razón por la que nosotros no realizamos la fotosíntesis es sencilla. Nos falta aquello que hay que tener para poder realizarla. Igualmente, la razón por la que las plantas, las personas y los cerdos no volamos es porque nos falta lo necesario para poder hacerlo: alas. Asimismo, es natural que las plantas no corran dándose la circunstancia de que no tienen piernas. Y por la misma razón, las plantas no sienten: no tienen lo que hay que tener para sentir: cerebro. Sin él, pensar en una consciencia o un sentimiento es tan descabellado como pensar en correr sin patas, en volar sin alas o en realizar la función clorofílica sin clorofila.

Yendo, sin embargo, más allá, y aun admitiendo que fuera cierto (que no lo es) que las plantas sintieran, ello no debería resultar en una legitimación del trato cruel (o como posesión) hacia los animales.

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