Ellos

Acostumbro a leer todo tipo de prensa con la intención de sacar la media diaria. No deja de ser un trabajo tan interesante como entretenido al comprobar cómo algunos escriben hacia dentro, para ellos mismos,encantados de conocerse bajo una egolatria sublime. Les leen sólo aquellos de su cuerda, y parece que de eso se trata, vamos, que entienden su alfombrilla voladora y a hasta la próxima columna.

Opinión | 15 de julio de 2013
Consuelo G. del Cid Guerra

Bien pagados y mal avenidos. Estadistas, economistas, mentideros populistas en publicaciones provincianas pero no por ello menos oficiales. Y lejos, muy lejos del pueblo, porque no les interesa y hace ya mucho tiempo que no están. Son los de rápido desayuno y eterno tapeo, los radiados para soltar estupideces y vaguedades mientras toman notas para su próximo libro ?prólogo, como mucho,- puesto que se dedican a reunir sus artículos anuales en tomos infumables para los amigos, seguidores y pelotas que esperan algo, algún día. Consejeros, ex jefes de prensa, ex directores de comunicación, malos relaciones públicas que sostienen bajo lo privado todos sus argumentos. Beben como esponjas y son incapaces de hablar sin un gin-tonic, sueñan con tener presencia en El País y hasta es posible que algún día lo consigan. Se suscriben a todas las ONG para que su nombre conste y miden mucho sus palabras. Aparecen en cualquier evento con aires de grandeza desde un anonimato impuesto. Extienden tarjetas como si fueran cromos y se otorgan títulos notorios en despachos de veinte metros cuadrados donde nunca pasa nada y existe un sólo cliente, aquel organismo obsoleto de un pasado que les fue bonito, considerado y caro. Ya no comen como antaño en restaurantes de moda porque andan secos, tiesos de estómago sibarita y de cartera. Son los que tiemblan cuando entregan la visa y el camarero regresa con cara de circunstancias: ?Disculpe, señor, la máquina ha rechazado su tarjeta?, oh sorpresa. Vivieron y trabajaron en territorio comanche con hombreras, moda de España, Rolex y cochazo. Se reconocían asociales socialistas adorando un becerro de oro que resultó ser chapado, y ahora, antiguos, por muy poco se santiguan en busca de algún dios nuevo que les atienda en condiciones.

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