El Por Qué del Caso

El Por Qué del Caso

?He salido en la portada de El Caso y del Por Qué?. Se llamaba Carmen y llevaba ambos recortes plastificados a modo de trofeo. Tenía dieciseis años, era muy alta, ruda, con un corazón de oro y varios delitos a sus espaldas.

Opinión | 18 de abril de 2013
Consuelo G. del Cid Guerra

Nació en el emblemático barrio catalán de La Mina. Presumía de haber sido amante del Vaquilla y pertenecía a la banda de los Correas. Corrían ríos de tinta por las enormes páginas de aquellos periódicos agrios, ásperos y que leía mi abuela. Con los años me cuestioné cómo era posible que la esposa de un catedrático prestara tanta atención a ese tipo de publicaciones, y no podía yo entonces imaginar ni en sueños que tendría ante mí a una de sus grandes protagonistas: Carmen, cuyo apellido omito por respeto, ese respeto que siempre he profesado hacia el más débil, el fracasado, el perdido y abandonado por casi todos. Atracos a farmacias con arma blanca, posesión de armas de fuego, robos con intimidación y alguna que otra pelea. Carmen jamás me intimidó lo más mínimo y la vi llorar muchas veces cuando me pedía que le recitara poemas de Salinas. Sus tatuajes de talego eran confusos, perdió las formas pero nunca su fondo. Poco tiempo después, la que lloraba era yo cuando vi su fotografía en El Caso: Había ingresado en prisión. La perdí como se pierden tantas cosas entre el trajín cotidiano, las prisas por sobrevivir y sus asuntos.

Tras la publicación de mi libro Las Desterradas Hijas de Eva, recibí un enigmático correo. Alguien que no se identificaba me dijo que Carmen había muerto. El impacto fue tremendo y podía visionar su rostro sin el menor esfuerzo, sentir el calor de su aliento y contemplar las tres letras borrosas que se grabó en la mano :FRI (Fuga rápida, inmediata). Le excitaban las fugas y sus planes, el hecho de escapar, huír a ninguna parte en busca de algo que nunca supe adivinar. Me contaba, furiosa, cómo un comisario de Vía Layetana le pegaba palizas. El tipo, apodado el cojo, era muy conocido. ?Te juro que le joderé la otra pierna aunque sea lo último que haga en esta puta vida?, me decía.

Carmen era mucho más que un suceso de la gran Barcelona negra. Le gustaban las canciones de Los Chichos, Las Grecas y los Chunguitos. Presumía de su rapidez haciendo el puente cuando robaba coches y ahorraba como una posesa para pagar la fianza de su novio. En esas lealtades de sangre y barrio vivía, junto a una serie de hermanos también presos y enganchados al caballo. He buscado al comisario. No para joderle la otra pierna, pero sí para echármelo en cara y recordarle un nombre. Resulta que se ha muerto. Lástima, porque no llegué a tiempo de cantarle las cuarenta. El cojo era un gitano que renegó de su raza, puesto que la ocultaba. Se casó con una mujer perteneciente a la alta burguesía catalana. Había sido un gran delincuente, por lo que su redención debió convertirle en un gran policía. Un gris que escaló mucho más allá de la escala básica y pegaba las hostias dentro, en los calabozos. Al parecer, su obsesión era desarticular la famosa banda de Los Correas, que operaba en el barrio de Fondo, en Santa Coloma de Gramenet. El capellán de la zona, Jaume P. Sayrach, hacía lo que podía por sus integrantes, que deshicieron la banda a finales de los 70. Alguno de ellos entró en el mundo de la política, (Partit del Treball, PTE, Bandera Roja-OCE, BR) y el resto cumplió condenas encadenadas.

Entre esas cadenas se enredó Carmen,demasiado joven para resistir. La he rastreado por internet. Aparece en ambas publicaciones, El Caso y el Por Qué. Su cara está marcada por la privación de libertad. Me decía que era capaz de matar por amor y que todas las noches de luna llena dibujaba un nombre en el aire, y ahora me doy cuenta de que aquel tipo de prensa era también del corazón. De los corazones y las almas rotas por la falta de oportunidades, la mala suerte y el peor de los farios. Se rompían en mil pedazos buscando una razón, la mínima posibilidad de estar en el mundo. Pudo haberse salvado. Aspiraba a otra vida que nunca pudo ser.

Desde hace ya varios meses, todas las noches de luna llena dibujo su nombre en el aire. Con ella y por ella aspiro a encontrar a la viuda de ese comisario para decirle que su marido pegó mucho a Carmen.


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