La navidad ¿es buena o mala?

Empecemos por lo bueno: ¡¡¡la Navidad!!!No hay duda que es una época más que propicia para estimular los afectos, tanto familiares como amistosos. En estos días, una quisiera haber recibido, por lo menos, 200 aguinaldos en efectivo, para comprar muchos regalos y poder así darle gusto a toda la gente que queremos. Sí, ya sé que el amor no se mide en términos materiales; sí, ya sé que no hay que caer en chantajes sentimentales; sí, ya sé que no hay que dejarse enajenar por la publicidad, sobre todo aquella que dice: "seis meses sin intereses..." Sí, ya sé que lo importante es regalar amor.

Opinión | 22 de diciembre de 2011
Jonathan Ferrera Tabares

Sin embargo, para aquellas personas que de suyo son "regalonas" y por añadidura super consumistas, no hay mejor pretexto que estas fechas para llenar el árbol con paquetes grandes y chiquitos. Aunque se reciba el más reciente "compac", con qué gusto rasgamos el papel navideño después de haber abrazado a la persona que nos lo regaló y de haberle dicho. "¡Ay, qué bonito! ¡Qué buena idea tuviste!", no obstante no sea completamente cierto.

Uno está, en esos momentos, tan contento de poder compartir la Navidad con su familia y algunos amigos, que a uno todo le parece maravilloso. Aunque hubiéramos encontrado la pechuga del pavo un poquito reseca; aunque al relleno le hubieran faltado muchas más pasitas; aunque el ponche hubiera estado demasiado azucarado; aunque el champagne no hubiera sido de la mejor marca; aunque esa noche nos hubiéramos puesto a pensar en los que ya se fueron, y que por consiguiente, nos hubiera ganado la nostalgia; aunque hubiéramos empezado a sentir las inevitables arrugas; aunque todavía hubiéramos estado arrastrando los últimos síntomas de una gripe terrible; aunque nos hubiera fallado alguno que otro invitado; nos sentimos felices.

Entonces nos embargan grandes deseos de abrazar mucho a nuestros hijos y de decirles puras cosas cursis, ésas que no nos atrevimos a decirles, por ejemplo, un miércoles cualquiera de cualquier mes de 2011. "Te quiero mucho. Estoy muy orgulloso de ti. Permíteme decirte que tu contacto me enriquece enormemente. ¡Qué bueno que empecemos juntos un nuevo año!. Quisiera regalarte, envuelto en celofán, un mundo mucho mejor que el que vivimos; un mundo donde no exista tanta injusticia social, tanta violencia, tanta droga, tanto sida, tanta corrupción, pero sobre todo tanta falta de comunicación.

Si la 'regué', perdóname. Si te decepcioné, ya verás que el próximo año procuraré ser mejor padre. Si muchas veces no fui tolerante contigo, discúlpame. Si en algunas ocasiones me llegaste a sentir lejano, créeme que no fue mi intención. Si, a lo largo de este año, hubo momentos de irritación por mi parte, ten por seguro que para el 2012, desaparecerán".

Nos sentimos tan felices que en esos instantes sí creemos en Papá Noel y estamos casi seguros que él fue el que derramó, por la chimenea, kilos y kilos de amor con sabor a castaña. Estamos tan contentos y con tantas ganas de recibir los próximos años, todos nuevecitos y sin estrenar, que sí creemos en el Niño Dios, en sus padres y en los Santos Reyes, sin olvidar la estrella que los guió hasta Belén.
 
Y entonces, después de desenvolver todos nuestros regalos y de habernos abrazado y besado, tenemos ganas de sugerirles a todos los presentes que salgamos al jardín y, todos tomados de la mano, demos vueltas y más vueltas, bajo la luz de la luna, igualito a como lo hicieron los protagonistas de la maravillosa película El Festín de Babette, en la cual, después de haber compartido una cena extraordinaria, los invitados pudieron olvidarse de viejos resentimientos, dejando aflorar todo su amor que, sin haberse dado cuenta, siempre había estado en sus corazones.

Y, ¿qué es lo malo de la Navidad? ¿En qué consiste la mala onda? ¿Dónde radican sus aspectos negativos? Pensamos que nunca como en esta época así de "sentimentaloide" y "cursilona" como es en realidad, es cuando más surgen sentimientos de todo tipo: los muy positivos, pero también los muy negativos.

Por ejemplo, los que son proclives a ser muy rencorosos, sin más ni más, abren, con una llavecita que ocultan en alguna parte de su corazón, un cofre donde suelen guardan sus viejos resentimientos. Entonces los van sacando poco a poquito y una vez que los tienen entre sus manos, más se regodean en sus rencores.

No obstante, la Navidad y el Año Nuevo son una ocasión espléndida para barrer estos malos recuerdos; esta categoría es implacable, no perdona. "Si va fulanita de tal a tu cena de Navidad, entonces no voy", le dicen al anfitrión poniéndolo en un terrible apreto. "Ay papa, por favor no vayas a invitar a Susanita, porque me deprime", suplican algunos hijos, a pesar de que se les ha advertido, en todos los tonos, que se trata de una vieja tía que no tiene con quién pasar Navidad. "Es que tú nada más invitas a puros 'frikis'.

"Mejor la paso en casa de mi papá", advierten sin importarles lo que esto puede significar para la mamá. Pero los problemas todavía son mucho mayores en las familias en las que siempre han vivido entre pleitos como perros y gatos: hermanos que no se llevan con hermanas; cuñados que no soportan a los concuños; suegros que alucinan a los yernos, sin olvidar, naturalmente, a las suegras que no pueden ver ni en pintura a la nuera.

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