Ruega por nosotros

Tocamos fondo. Armados y des.amados desde una nueva pobreza que se creyó imposible, como posible era comprarlo casi todo mientras hubiese plástico del duro con banda magnética de la que ?tantos- hemos sido titulares. Los grandes pródigos como figura jurídica se han consumido a fuerza de consumir sobre un quiero y no puedo monumental. Hipoteca en la ciudad, hipoteca fuera.

Opinión | 16 de septiembre de 2011
Consuelo G. del Cid Guerra

Restaurantes, reservas, viajes sin medida y ropa de la cara. Exclusivos, arrimaditos al lujo como si fuese nuestro, ajenos a este juego maquiavélico donde los grandes nos tiraban a dar. Tocados. Casi creídos. Pero si somos lo peor de nunca, la nueva conversión de lo de siempre, asesinos metódicos de un pasado propio que nunca nos hizo historia. Protagonistas de culebrones cutres, aspirantes a tontos, mediocres y mediáticos, ordinarios, guardados en un armario de luna que ya no brillará más. El coche, su parking, la costosa gasofa. Carretera atrás se desdibuja todo aquello que herimos, lo que tan suma.Mente mal creímos, a todos los acusados, acusicas, chivatos y membrillos. Por poder deshacer, hasta la jeta, vamos. Pudimos incluso ser guapos a costa de alguna inyección cuyo ácido hialurónico rellena las arrugas. Y ahora, por no poder, ni siquiera nos dejan fumar en paz. ¡¡Permitan consumir lo que nos queda, coño!!. Aspirar nicotina, yacer en un  rincón muertos de asco, protestar con locura, gritar casi a lo bestia desde lo irracional. Qué pena de existencia, qué dolor tan estúpido. Se veía venir, no era un espejismo. Cotizados al euro, consternados en vida, para caernos muertos cualquier segundo en pasmo, víctima del soponcio, el susto dividendo que por carta, burofax o en persona, anuncia la desgracia. Se te acabó la casa, habrás perdido techo por bucear el fondo de un mar sin sus tesoros. El náufrago eres tú. Baja los escalones necesarios y céntrate en lo básico. Cuando veas un barco, sabrás que ya no es tuyo. Los golpes de pecho en falso aplastarán dos senos recauchutados, feos, englobados en globos sin color, y un pareo tan lánguido como tu propia estampa encenderá la vela cuya mecha es menuda, está mojada y tiembla. Y esa voz peculiar, de gravísimo enfermo, escuchará con fuerza la frase terrorífica que califica al loco: Perdóname, dios mío, y ruega por nosotros.
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