Debajo de un puente

No puedo con esto. Me siento inmensa.Mente lejana a la mayoría, que no conseguirá aplastarme con argumentos blandos, alitas de ángeles, amuletos, fetiches, asuntos desconocidos de un más allá donde nunca te llevará el metro, estampas color pastel con muñecas horterísimas y cursis sugiriendo frases que aspiran a lapidarias. Conciertos sin acierto de cantantes siliconadas que sin efectos especiales no son nada, templos budistas, sándalos, chill-out, meditación sin trascendencia, sonrisa horizontal más falsa que un euro de plástico. Consejos, cuernos, llaveros de cuarzo, libros de autoayuda con las tapas más duras que el pene de todos los novios, bodas americanas, power points de esos en los que todos somos buenos, todo es bonito, siempre amanece y el arco iris es como una diadema virtual.

Opinión | 29 de agosto de 2011
Consuelo G. del Cid Guerra

Elfos, hadas, tarots. Luz tenue como si la claridad nos cegara. Playa libre, pero exótica. Ibiza, Mallorca, los pijos, pudientes, una barca y el yate. Chamanes, videntes, numerólogos, trances, perfume, historias para dormir, dormir sin ser historia.

Lágrimas de cocodrilo, paella, fideuá, pizza, sushi. De verdad que no puedo. Mensajes en cadena, trabajos, magia blanca, alma negra, contenido continente el nuestro que se empeña en el embudo que embute, en el aro que pasa, en el tubo que insiste y el peaje que pagas.

Tatuajes, pearcings, cicatriz que se oculta a modo de vergüenza, liposucción, bótox, celulitis, bandera, autonomía, país, geografía. Si es que no somos nadie. Y a este paso, ni siquiera la sombra del cadáver grisáceo que ha de envolver un féretro cuadrado, como nosotros mismos.

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