El buzón de Dios

Estiré el brazo todo lo que pude y mis dedos nerviosos escrutaron a ciegas hasta detenerse en una ranura entre dos bloques de piedra. El espacio no era mucho, pero alcanzaba para lo que yo quería. Saqué de mi bolsillo una pequeña nota, la doblé en cuatro y la metí en la hendidura. Había acabado de echar mi mensaje en el Buzón de Dios. Entonces me dejé llevar por la majestuosidad de la gran pared y lo solemne del lugar. Delante de mí se levantaba el Muro de los Lamentos, esa pared junto a la cual han rezado los judíos en los últimos 2000 años. Es el sueño dorado de toda diáspora y el lugar más sagrado del judaísmo. Debo admitir que, aunque esa religión me es ajena, me impresionó la tenacidad judía de persistir en su creencia a lo largo de los siglos y en las condiciones más adversas. Piedra a piedra, palmo a palmo, aún siguen venerando el desaparecido Segundo Templo. Por ese pedazo de tapia han luchado, han sufrido y han muerto millones de judíos. ¡Cuánta sangre, cuántas lágrimas, cuántas disputas y cuántas esperanzas contiene ese muro!

Opinión | 05 de agosto de 2011
Israel Benavides

Hoy los judíos acuden al muro con la misma añoranza con que los norteamericanos visitan el Ground Zero en Nueva York para recordar lo que fueron las Torres Gemelas y las víctimas del 11 de septiembre. Además, en el caso del muro, se le suma al valor patriótico sentimental un componente religioso y nacional muy fuerte. Como Israel es un estado religioso, en la explanada al pie del muro se celebran tanto la bendición de los sacerdotes como el juramento de los nuevos reclutas de la policía. Aquí política y religión se dan la mano. Mientras que en Ground Zero la gente deposita flores, velas, postales y notas junto a las ruinas, aquí se dejan mensajes en las ranuras del muro.
Lo primero que me sorprendió al llegar fue que, una vez pasados los controles de seguridad, me puede mover con toda libertad en la zona del muro. Dondequiera estaba permitido tirar fotos y tomar videos. La única limitación eran dos bandas junto a la pared, una para mujeres a la derecha y una para hombres a la izquierda. No había ningún tipo de prohibición o división para los no judíos o no creyentes. Solo se le pedía al visitante algo tan obvio como el llevar vestimenta adecuada y no molestar a los que estaban rezando. Junto al muro los hombres deben cubrirse la cabeza, ya sea con la kipá* tradicional, con un sombrero, con un chal ritual llamado talit o incluso con mi deportiva gorra de béisbol. Para quienes no portaban nada, había una cesta de kipás reciclables durante la visita. Allí observé a niños de las escuelas ortodoxas que venían a cantar sus canciones, monjes leyendo la Torá o Torah (tradición judía escrita, Pentateuco para los cristianos), israelitas que vienen a hacer su rezo del día y beatos que se pasan el día rezando. Otros leían el Talmud (tradición judía oral) sentados en largas mesas, y varios visitantes, como nosotros, curioseábamos dentro de aquel enjambre variopinto. Muy por el contrario de lo que yo esperaba, en ningún lugar encontré un letrero o una persona prohibiendo el paso. Sentí un respeto muy profundo frente a un lugar tan simbólico en la historia universal. Sin ningún impedimento, llegué hasta al propio Muro de los Lamentos para tocarlo e incluso depositar mi mensaje en el Buzón de Dios, como le llaman los propios creyentes. En esas notas se dejan plasmados sus anhelos, sus plegarias al Señor y sus deseos personales. Tuve que sonreír cuando supe que, en estos tiempos cibernéticos que vivimos, también se puede mandar un mensaje electrónico al Buzón de Dios entrando al sitio www.thekotel.org de este muro anciano con tecnología de punta.
Donde se solicitan tantos deseos no pedí nada para mí, sino para los habitantes de esta controvertida región del mundo. Más que escribir, lo que hice fue pintar. Dibujé en mi nota una Estrella de David de seis puntas, una Cruz Latina cristiana y una Media Luna musulmana. Debajo solo una palabra: TOLERANCIA. En mi modesta opinión, esa es la única forma de lograr una salida pacífica de este conflicto que ya dura tres milenios y parece durar otros tres más.
Todo empezó cuando David fue coronado rey de todo Israel y nombró a Jerusalén como su capital política y religiosa. Se había consolidado el primer Estado judío. Este rey hizo traer el Arca de la Alianza desde Judá y se entregó a la gran tarea de construir el Gran Templo, que sería el lugar del Santísimo. David escogió el lugar y compró el terreno, pero como había cometido pecados, se consideraba impuro y no digno de erigir el templo. Su hijo Salomón fue quien lo pudo terminar alrededor del 960 a .C.
Para construir el Primer Templo, David eligió la roca del Monte Moria. Y ahí fue donde empezaron las complicaciones. Según la tradición judía, sobre esa roca Abrahán estuvo a punto de sacrificar a su primogénito Isaac a Dios. Otras versiones afirman incluso que aquí se puso la primera piedra para construir el mundo. Para los islámicos exactamente la misma roca es sagrada porque, según la tradición musulmana, desde aquí fue la ascensión al cielo de Mahoma sobre su yegua alada Burak. El profeta, en compañía del arcángel Gabriel, emprendió su ?travesía nocturna? al encuentro de Alá. Este fue el punto más alejado de la Meca que alcanzó Mahoma durante su viaje desde el Oriente. Como prueba se muestra aún hoy día la pisada de un casco de caballo en la roca y una huella recuerda el turbante del profeta. Según la leyenda, la roca se reblandeció en el instante en que Mahoma hubo de levantarse después de rezar para que este no se golpeara. Resulta significativo que en los versos del Corán, cuando se narra ese episodio, no se menciona la palabra ?Jerusalén?, sino ?una ciudad al oeste de la Meca?.
Aunque sin caer en la precisión milimétrica de los judíos y los musulmanes, también la tradición cristiana vuelve a chocar con la misma piedra. Para los cristianos el promontorio rocoso del Monte Moria es santificado porque Jesús y sus discípulos lo visitaron con frecuencia. Aquí Cristo purificó el Templo de los vendedores de novillos, ovejas y palomas de los cambiadores de dinero. Fue allí, en la Fortaleza de Antonia, donde Cristo estuvo preso antes de ser condenado a la cruz. Por eso es que la Vía Dolorosa parte de la ladera norte de lo que es hoy el Monte del Templo al cual deben su nombre los famosos Caballeros Templarios de las Cruzadas. Es decir, que tenemos un mismo peñón sagrado para las tres grandes religiones monoteístas de este planeta.
Primer Templo o Templo de Salomón
El Templo estaba destinado a sustituir el Tabernáculo que desde el éxodo de las 12 tribus de Egipto se había estado usando como lugar de reunión y culto a Dios. El edificio del santuario como tal era de proporciones modestas, ya que el culto se hacía desde el exterior. Solo el rey y los grandes sacerdotes podían entrar en él a través de una puerta enchapada en oro. Allí se guardaba el Arca de la Alianza. Según la tradición judía, el arca contenía las Tablas de la Ley donde Dios le grabó a Moisés los Diez Mandamientos en la cima del Monte Sinaí. Esas tablas servían de conexión entre Dios e Israel y reforzaba la idea de que ellos eran el Pueblo Elegido. Por su parte las galerías exteriores del Templo y los muros de contención levantados para agrandar toda la explanada en lo alto del Monte Moria sí alcanzaron dimensiones colosales para la época. Todo el conjunto arquitectónico ha trascendido en el tiempo como edificio ideal diseñado por el propio Dios.
Los bloques de piedra que formaban la base para el Templo de Salomón fueron cortados con una precisión asombrosa. Han resistido el embate de los siglos gracias a su perfecto acabado y a su ingeniosa distribución, ya que se colocaron unos sobre otros sin usar cemento o mezcla para unirlos. Por eso es que quedaron hendiduras entre los bloques, que son las que hoy son usadas como Buzón de Dios para introducir las notas con los deseos.
El Segundo Templo
Como los peces, que el más grande se va comiendo al más pequeño, sucedió que el reinado de Judá, cuya capital era Jerusalén, fue conquistado por los babilonios, y su rey Nabucodonosor II destruyó el Primer Templo en 586 a .C., llevándose consigo a gran parte de la intelectualidad judía. Sin embargo los babilonios fueron conquistados por los persas y estos a su vez sometidos por Alejandro el Grande. Al morir Alejando, su reino se desintegró y la parte correspondiente a Jerusalén cayó en manos del Imperio Romano.
Cirio, el Rey de los Persas, permitió que los judíos que habían sido deportados a Mesopotamia por los babilonios regresaran a Jerusalén y estos, impulsados por un fuerte fervor religioso, empezaran a reconstruir el Templo en cuando llegaron de vuelta a su patria. Entre los escombros carbonizados del Primer Templo, se echaron los cimientos de la futura Casa de Dios en ceremonia solemne. Era la hora de la esperanza para el pueblo judío. En la primavera del 516 a .C., unos 70 años después de su destrucción, el Templo volvía abrir sus puertas.
Alrededor del 19 a .C., Herodes el Grande acometió una reparación capital del Templo, que superó todo lo anterior. Si la explanada del Primer Templo era de 40 x 100 metros , la del segundo llegó a alcanzar los 300 x 500 metros . En el Museo Nacional de Israel pude ver la maqueta del Segundo Templo en los tiempos de Jesús. Quedé impresionado tanto por sus dimensiones como por su arquitectura. En algunas zonas la pared exterior debió haber alcanzado los 100 metros de alto
Los romanos fueron bastante tolerantes con los judíos en cuanto a su religión y les respetaron sus templos y sus costumbres. Pero en el año 66 d.C. los judíos se rebelaron contra los romanos, por lo que cuando Tito Falvio reconquistó Jerusalén en 70 d.C. hizo destruir el Segundo Templo. Era la hora negra de la civilización judía.
Algunos cristianos ven en la destrucción del Segundo Templo el castigo divino a los judíos por haber propiciado la crucifixión y muerte de Jesús. Para otros marcó el inicio de diáspora, condenada a divagar por el mundo durante siglos. Cierto es que lo único que quedó en pie de todo el Templo fue la parte occidental de la tapia de contención, denominada oficialmente como Muro Occidental y que hoy los hebreos llaman Kotel de forma abreviada. Se le dice también Muro de los Lamentos pues aquí vienen los judíos a llorar la pérdida de su Templo. Dice la tradición judía que en la pared occidental estaba guardado lo más sagrado del Santísimo y que la presencia divina nunca abandonó el muro, por lo que esta parte quedó intacta. Otros ven detrás del milagro de su conservación una razón práctica: la zona occidental del muro es la única que colindaba directamente con la ciudad y derrumbarlo significaba destruir las casas a su alrededor. En todo caso se ha convertido en el lugar del peregrinaje de judaísmo.
¿El Tercer Templo?
Para entender la situación actual, tenemos que imaginarnos a dos comunidades rivales que coinciden en venerar un mismo edificio. Los unos adoran la fachada y los otros la azotea. El Kotel de los judíos no es más que el muro de contención que soporta a la Explanada de las Mezquitas de los musulmanes. En esta, la Explanada del Templo para los judíos, se alzan hoy el Domo sobre la Roca y la Mezquita de Al-Aqsa, la más grande e importante de todo Jerusalén. Mientras yo estaba parado al lado del muro viendo a los judíos rezando, veinte metros más arriba estarían los musulmanes postrados en dirección a la Meca en su plegaria del mediodía.
Pero hay más. El Domo sobre la Roca, uno de los tres lugares canonizados por el Islam, fue construido del 687 al 691 sobre la misma piedra de la discordia que es sagrada para ambas religiones. Es decir, que para construir el Tercer Templo, sueño de los judíos más radicales, habría que demoler esa joya de la arquitectura árabe que ha devenido en símbolo de toda la ciudad con su cúpula dorada. La cubierta de oro fue donación del Rey Husein de Jordania en 1960, cuando Jerusalén era aún territorio Jordano.
Después de la Guerra de los 7 días, en 1967, Jerusalén pasó a ser territorio Israelí y el Monte del Templo se convirtió en zona de conflictos que tuvieron su clímax durante la Segunda Intifada. El 28 de septiembre de 2000 una visita a la Explanada de Las Mezquitas de Ariel Sharon, entonces líder la oposición israelí, fue interpretada por los palestinos como una provocación que hizo estallar el polvorín. Al día siguiente, desde lo alto del propio Muro de los Lamentos, los musulmanes empezaron a arrojar piedras sobre los beatos que estaban debajo, rezando junto al Kotel. Yo, al pie del muro, me imaginaba el doble choque para los judíos de ver que los estaban acribillando con las propias piedras que ellos estaban venerando.
Comenzó así una escalada de violencia donde cada parte aumentaba su intransigencia La policía israelí disparó sobre los palestinos con balas reales, matando a siete personas, entre ellos un niño. Para vengar sus muertos, los musulmanes desataron una ola de ataques suicidas en lugares civiles israelíes. En respuesta, Israel volvió a ocupar territorios que ya habían devuelto a las autoridades palestinas y cerró la zona de la Franja de Gaza, a lo que los islámicos contestaron lanzando cohetes Qassam contra los poblados vecinos. Entonces los israelíes empezaron a implementar sus ?asesinatos selectivos? y ?bombardeos aéreos quirúrgicos? a los terroristas, sus simpatizantes y e incluso a sus familiares. No pocas veces hubo bajas entre la población civil de ambas partes. Por último, los judíos rodearon Cisjordania y toda la Franja de Gaza, con un alto muro. La Tierra Santa volvía a tener otra muralla y más de 6 000 muertos.
El puente
Fueron tantas las impresiones de aquel viaje, que estuve varios días pensando intensamente en el singular destino del Templo. Sin embargo, todo lo visto y aprendido durante mi primera excursión a Jerusalén, quedó opacado por lo que vi y sentí durante mi segunda visita al Muro de los Lamentos. En la zona junto al Kotel destinada a los hombres descubrí que el culto también se profesaba debajo de los arcos de un puente. Es un viaducto muy singular, pues antaño se accedía por él al Templo de Salomón. Con el correr de los siglos y ya destruido el Templo, sobre sus columnas se construyó una ciudadela árabe, que existe hasta hoy día. Mientras en los altos de esa pasarela de piedra vive ahora una comunidad musulmana, unos metros más abajo rezan los judíos junto a la muralla. Los arcos del viejo puente se han cerrado con cristales para crear un espacio con aire acondicionado que incluye una biblioteca de Torás (las leyes de Moisés) y otras escrituras sagradas judías, para que los creyentes puedan rezar a sus anchas. No obstante, lo más interesante para mí dentro de aquel ejército de beatos era las excavaciones arqueológicas que dejaban ver los substratos y los cimientos del puente. Cada uno de estos hoyos estaba cubierto con un grueso cristal e iluminado por dentro, de forma tal que se podía caminar sobre ellos y ver además la historia arqueológica de una de las ciudades más viejas del mundo.
Me acerqué lleno de curiosidad a un nicho junto a la enorme pared. Frente a mí tenía unos 20 metros de muralla sobre mi cabeza, pero al mirar hacia abajo, no podía creer lo que veían mis ojos. ¡Debajo de mis pies había otros 20 metros de muralla más! El cristal donde yo me había parado pacería haber tomado la función de un espejo, pues la tapia hacia arriba del piso era tan alta como la pared hacia abajo. Uno a uno, los bloques rectangulares de piedra entraban poco a poco en los cimientos de Jerusalén. ¡Nunca en mi vida había visto yo algo tan auténtico, tan irrefutable, tan contundente! Era simplemente una reliquia irrebatible. Ni siquiera al visitar las Pirámides de Egipto, mucho más antiguas que el Muro, me sentí tan abrumado de autenticidad. Quizás fuera porque esas Maravillas del Mundo Antiguo ya no tienen un sentido religioso en la actualidad. Quizás porque en Gizeh entre las prisas del guía turístico, los camellos, los vendedores ambulantes, el tráfico de los buses, el chorro de turistas y el polvo del desierto, uno no tiene tiempo de estar a solas con esas moles arquitectónicas que además perdieron su capa exterior de piedra.
Pero aquí en Jerusalén tenía todo el tiempo de mundo para sentir que cada uno de esos bloques me estaba contando 3 000 años de historia. ¡Quedé hipnotizado de ver cómo las raíces del muro penetraban en las entrañas de la ciudad! Pese al aire acondicionado del lugar, sentí una ola de calor y un ligero estremecimiento que me puso los pelos de punta. Fue una de esas impresiones que lo marcan a uno para toda la vida.
Al visitar los lugares de la tradición cristiana, siempre me quedaba un margen de duda de si Cristo realmente nació, vivió, arrastró la cruz, fue crucificado y enterrado los lugares exactos que marcan las estaciones y basílicas actuales. Pero con el Muro de los Lamentos no hay dudas posibles: esa muralla no se ha movido del lugar en los últimos tres milenios. ¡Es de una historicidad irrebatible!
Al agacharme para ver mejor el muro bajo mis pies, comprobé cómo los bloques de piedra siguen en formación perfecta desafiando los siglos. Me hice a un lado para darle paso a un anciano en una silla de ruedas que se detuvo sobre el cristal. Se inclinó hacia un lado y quedó contemplando durante un rato el alto de la pared y la profundidad del nicho. El señor estaba tan emocionado que no pudo impedir que varias lágrimas suyas empañaran en cristal. Cuando notó que yo lo observaba, me dirigió una sonrisa de cortesía.
?¿Es su primera vez en Jerusalén? ?le pregunté en inglés.
?Es la última ?me respondió?. Ya tengo 92 años y no creo que pueda volver. Siempre soñé con venir aquí y por eso ahorré para este viaje toda mi vida. Ahora, cuando regrese a Nueva York, me podré morir tranquilo. Mi nieto, él sí podrá regresar.
En aquel momento reparé en un joven que le empujaba la silla de ruedas y que había ido a buscar una de las Torás que se ofrecían en la biblioteca. El nieto traía dos libros en la mano, uno para él y otro para su abuelo. Entonces me despedí con un ademán y me retiré en silencio para que ellos pudieran leer sus oraciones en calma. Al llegar a la puerta de cristal, me volví por última vez en dirección a la silla de ruedas, justo para ver cómo el anciano se inclinaba hacia delante, estiraba su brazo y con su mano temblorosa colocaba una nota en el Buzón de Dios.
Junio 2011
* Kipá es una pequeña gorra ritual que usan los judíos varones. Significa ?cúpula? o ?parte superior?. Su uso milenario se remonta al Talmud judío y significa que Dios está por encima de todos los hombres y las cosas. Por ello la cabeza no debe quedar descubierta ante Dios. Un dato curioso es que el papa también lleva una gorra idéntica, en blanco, y los cardenales católicos la usan en rojo.
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