Expulsión

Casi cuarenta años después puede que no tenga mucho sentido. Como tampoco lo tiene el hecho de que hoy lo recuerde, puesto que aparente.Mente, a estas alturas carece de importancia. Sin embargo, y tras darle una sola vuelta, estoy convencida de que fue una injusticia.Las que me recuerdan, afirman que era inconformista, anticlerical y antifranquista. Tenía trece años. Me expulsaron del colegio, sí. Del Sagrado Corazón. Y no había para tanto. En los años sesenta, que a una la expulsaran suponía una gran humillación. Lo primero que pensé es que nunca más tendría que ponerme el uniforme azul, ni el cuello blanco duro. También -ilusa de mí- que no tendría que ir a misa. Pero no. A mi madre le faltó tiempo para procurar otro lugar igual de religioso y con falda a cuadros, jersey azul y el cuello duro de las narices.

Opinión | 02 de enero de 2011
Consuelo G. del Cid Guerra

Salí práctica.Mente a patadas tras renunciar a la clase de religión. Se pasaron años repitiendo que era voluntaria, y que la que no quisiera, podía levantarse y salir al patio, de modo que un día lo hice. Supongo que aquello fue la gota que colmó el vaso, claro.
Mi amiga del alma era la gran heredera de unas destilerías. Su abuela nos daba todos los jueves una cestita con botellines de licor. Nos los bebíamos en el lavabo antes de entrar en clase, y a esas horas ya llevábamos una merluza considerable. Encima se las cargó la pobre anciana. Ella pensaba que coleccionábamos las botellitas, pero nunca se le pasó por la cabeza que nos las tragábamos sin dejar una gota.
Luego vino lo del bololo. Decubrimos ese unguento para los golpes, que olía mejor que el eucaliptus. La monja nos lo ponía en un algodón cuando acudíamos por algún tipo de tortazo en el patio. Aquello colocaba de maravilla. Nos gustaba tanto que golpeábamos las muñecas y rodillas contra la pared para poder aspirar un aroma que despejaba a los muertos. Más tarde llegó el incidente del tabaco. Fumábamos a escondidas, claro. Antes de entrar al colegio, todos los mediodías nos íbamos a una portería cercana donde no había nadie. Pero un día se le ocurrió bajar a un vecino y tiramos las colillas a los buzones. Se quemó toda la correspondencia. El tipo se quejó a las monjas porque nos vió salir pitando e identificó el uniforme.
Todo esto y algunas nimiedades que me callo por no decir nombres, fueron los motivos de la expulsión. ¿De verdad hay para tanto?...me parece que no. Quizá tenga mucho que ver aquello de "niñas del sagrado corazón, muñequitas de salón". Porque de lo que no cabe la menor duda es de que no lo éramos.
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