Aquello era verano

Aquello era verano

La juventud concentra sentimientos que permanecen a lo largo del tiempo cuando éste transcurre lentamente, en cortos espacios, donde la libertad primera acontece por encima del todo. Cuando las vacaciones eran de verdad y el verano una estación privilegiada y poderosa, cualquier nuevo lugar podía formar parte de nosotros para siempre.

Opinión | 08 de julio de 2010
Consuelo G. del Cid Guerra

El calor se nos hacía soportable, incluso liviano. Las olas una enorme isla privada donde esconder suspiros, y bajo la arena escarbábamos en busca de esa colilla que apagó él, sin percatarse de que tras su gesto corría, avergonzada, la chica de algún sueño en busca del fetiche. Pequeñas cajas de cartón y piedras coloreadas junto a chapas de refrescos, algún collar de esos que nunca te pusiste, media nuez, cromos, un rosario atroz fosforescente, el trozo de papel con la barbilla rota y arrancada de cuajo a su espiral donde puede leerse el estribillo de cualquier canción tonta, insuficiente, que se supo valiosa después del otoño.

Amigas que lo fueron, nombres que aún recuerdas y paisaje concreto donde soñaste el beso que se marcó en tu cuello con tal fuerza que, incluso, si Cupido existiera, debería grabar por tu siempre jamás el calor de sus labios y tatuar la usura, haciendo posterior, perpetuo y relicario, un tatuaje al nervio que se lanzó a tu vientre poseso de deseo. Aquello era verano, estación de verdad, huésped de la memoria e historia al fin. Y al cabo. Menos de veinte años, imprescindible.

Un baile a medianoche y su guitarra, cabe, como juglar y tuno, hombre que aún no es, mujer que se acrecienta, sal que ya derramada conoce la postura del querer sin amar. Necesidad, capricho, felicidad, soberbia. Eras tú la más guapa, la más joven, la inmensa. Eras lo que se era tras derretir los cuentos.

Por debajo, su lomo, como un corcel de viento y la noche imposible. La ventana traidora. El vestido de cosas y un color a elegir. Flores de madrugada. Cena que te perdías. Tu corazón en llamas cabalgaba locura. Un teléfono imán. Exámenes vencidos tan lejos de Septiembre. Las cartas, las afueras, el bosque, no eres dueña de nadie. Te sabes más que nunca. Temías el otoño como se temen culpas. Abandonada, grave, hacia la dirección única. Él no era mucho, tú casi ese poema olvidadizo que se pega a los libros de texto colegial.

Uniformada al tiempo que cosían las vértebras un traje de cristal sobre el borde del tuétano donde guardaste ojos, cuello, dedos, anillo, pluma y pelos de punta sobre ti. Sobre tu propio pelo. Confundidos en julio para adosar, tremendo, el nombre de aquel templo tan anticlerical. Las fiestas de guardar. Una hora de más, tanto de menos. Siesta a solas. Almohada convencida que tanto ha de llorar. Te llamaré, decía. Y en algún calendario, por tu primera vez, se tacharon los días antes de que el olvido, ahora, después de tantos años, atiza la memoria con su nombre, tranquilo, sobre aquel corazón tímido cortado y recortable en su árbol, corteza, carne de ti.l. Aquello era verano. Qué habrá sido de él?

 


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