El desencanto

"La familia es ese extraño espacio dramático donde empieza la guerra más inútil y sangrienta: La guerra por ser yo, por lo que haría falta que el otro no existiera?. Leopoldo Mª Panero.

Opinión | 15 de junio de 2010
Consuelo G. del Cid Guerra

 

 

 

 

?¿Nos metemos dentro?? ?eso soltó mi hijo Guillermo a los seis años mientras veíamos King Kong en la televisión. Estaba tan absorto y fascinado por aquella película en blanco y negro que pretendía formar parte de la historia, salvar a la chica y perderse con el gorila. Recuerdo ese momento con absoluta nitidez. Me transporta a la primera sensación real, física y propia, de sentirme dentro, identificada y prácticamente retratada.

También en blanco y negro, ?El desencanto?, un nuevo modelo de cine documental en el que los intérpretes hablaban de sí mismos sin pudor alguno ante las cámaras. Representaban el modelo de familia española llevado a sus últimas consecuencias en multitud de secuencias. Esa película supuso una gran liberación para mí. Al fin, alguien se atrevía a cargarse la bendita y-o maldita institución católica y caótica desnudándose sin reparos, con nombre y apellidos, lugares y hogares concretos, roturas, fisuras y reproches. Lavaron los trapos sucios en público y el hecho se me antojó grandioso. Lo sentí y me llegó como un guiño de libertad, el inicio del principio, la posibilidad remota de estar en el mundo de otra forma.

 

?Los trapos sucios se lavan en casa?.

?Son cosas de familia?.

?Qué escándalo..?.

 

Escuché estas tres frases una y otra vez durante mi infancia sin entenderlas del todo. Deduje, por lo tanto, que no se podía hablar de lo que pasaba en tu casa.

La familia era un círculo cerrado a modo de mazmorra social donde sucedían todo tipo de asuntos a ocultar. Los que se arruinaban fingían tener dinero, y los ricos se empeñaban en aparentar pobreza para que nadie les pudiera pedir nada. Nadie manifestaba con claridad que era rico y tampoco los pobres afirmaban con rotundidad serlo. El primer escándalo que viví me pareció grandioso e interesantísimo. Me atraía de un modo peculiar. Unos amigos de mis padres estaban en bancarrota y el cabeza de familia se había marchado con otra mujer. Se podía ?que no debía- hablar de ello porque ya ?era público y notorio?. Desde que tengo uso de razón propia decidí ser pública y notoria. No resultó sencillo. Ni siquiera las propias compañeras de colegio se atrevieron a seguirme. Reían, eso sí, ante todo lo que hacía y decía. Sólo era divertido cuando en realidad se trataba de algo muy profundo : La primera y auténtica rebeldía hecha persona. Persona que no se tenía en cuenta excepto para censurar y castigar actitudes.

 

 

Estaba dispuesta a poner las cosas difíciles, puesto que todavía no existía en mí el conocimiento suficiente como para pretender ponerlas en su sitio. Todos los colegios a los que asistí me catalogaron como ?alumna rebelde e incorregible? además de mala estudiante.

 

 

 

 

No estudiaba, leía. Devoré la biblioteca familiar hasta que percibí el engaño : Aquellos libros habían sido elegidos desde la óptica e ideario político, social y religioso. Desde la más extrema derecha que me llevaba a los más torcidos renglones. La libertad, por tanto, estaba en las bibliotecas públicas. Busqué a Miguel Hernández y todos los poetas muertos. Quise saber por qué fueron asesinados mientras mi razón iba en aumento. Crecía sola desde el despertar autónomo de la búsqueda. Un día se me ocurrió decir que por mucho que insistieran, la sangre es roja y el corazón está a la izquierda.

-?Se te tendría que caer la cara de vergüenza al decir ese disparate con el uniforme de un colegio de pago?.

-Pues no pagues ?respondí-.

No tenía ni la menor idea de que la que pagaría durante el resto de su vida iba a ser yo. Pese a todo, jamás ha sido estéril la batalla.

 

 

 

 

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