Quién como tú

La primera vez que recuerdo haber sentido verdadero temor, fue cuando mi padre, a la puerta del colegio, me dijo que salía a tomar un café y volvía enseguida. Tardó muchas horas. A partir de entonces fuí consciente del transcurso del tiempo y de lo que suponía asistir a clase de lunes a viernes. Distinguí entre laborables y festivos, noche y día, números y letras. Confundí la palabra ?jubilar? por ?fusilar?, y mi padre se quedó atónito cuando le dije que a una de las señoritas la habían fusilado.

Opinión | 19 de febrero de 2010
Consuelo G. del Cid Guerra

No supe que mi abuelo era un sabio hasta falleció, como tampoco tuve conciencia de la muerte hasta que padecí la de mi propio padre siendo todavía una niña. Sin embargo, he necesitado medio siglo para comprender el suicidio como derecho humano.Creo con absoluta convicción que el suicida es un héroe probablemente inútil cuando la existencia ya no tiene sentido. Matarse es un asunto cuya responsabilidad resulta comparable al hecho de dar vida. Tener o no tener. Ser o no querer continuar siendo. La interrupción del camino es voluntaria. El suicida ignora su destino, cree o no en ese ?más allá? y posee licencia moral para largarse con todas sus consecuencias del mismo modo en que puede administrar el bien o el mal a partir de su propia libertad.
Entiendo, en consecuencia, que el suicidio es un acto fundamentalmente libre.Un libro magnífico de Jaques Rigaut (París, 1899-1929) titulado ?Todos los espejos llevan mi nombre?, dice : ?Intenten, si pueden, detener a un hombre que viaja con su suicidio en el ojal?. Rigaut fundó la Agencia General del Suicidio en Montparnasse y se pegó un tiro directo al corazón. Tenía treinta años.
Una de mis más grandes amigas consiguió acertar, tras varios intentos fallidos.Deseaba hasta tal punto la muerte que durante más de una década no hablaba de otra cosa. Se fué sin espectáculo, en silencio, profundamente dormida tras ingerir todo tipo de sustancias. Pocos días antes me dijo : ?He decidido autodestruírme", incluso lo escribió en una postal que envió por correo a varias personas.
Acostumbrada ya a sus idas y venidas acompañadas de ingresos psiquiátricos, lo tomé como un episodio más de aquella permanente tortura en la que se desarrollaba su insólita supervivencia. Pude hablar con ella un par de ocasiones después de aquella definitiva decisión. Ya ni siquiera lloraba. El diálogo resultaba casi imposible. Agoté todo tipo de palabras, razones e incluso falsas expectativas que yo misma inventaba buscando una reacción vital a la que agarrarse, por pequeña que fuera. Describirla no me resulta fácil. Para mí ha sido una de las mejores personas que he conocido. Su conducta se alteró en algún momento determinado de la vida por razones que nunca acerté a deducir. Demandaba afecto de tal forma que se hacia agobiante, posesiva e insoportable. Creo que necesitaba algo y buscaba a alguien lo suficientemente importante, mas allá de las cosas. Quería llegar al alma y lo conseguía. Su mirada era languida y acuosa. Abrazaba sin fuerza pero sabía rodearte por completo con todo su corazón. Llegó a inspirarme lástima, pena, y finalmente incluso un extraño rechazo. Intenté darle luz, pero quien me iluminó fue ella. Era un cadáver tranquilo sin aire en los pulmones y con la sangre detenida, inmóvil, como todos los muertos, pero nunca la ví tan hermosa. Todos sus sentimientos parecían sólidos, hechos de carne y hueso, más limpia que la propia pureza y absolutamente virginal. Había vivido únicamente para morir. Su corta existencia se me hacia parábola y sé que me nombro heredera universal de su infinita bondad. Le dije muchas veces que la quería, pero no fue suficiente.
Quedó pendiente algo que sólo reflejaba aquel silencio, sagrado, como ella. Estaba irremediablemente muerta mientras yo absorbía toda la esencia de sus días y sus noches, aciertos y errores. Incluso los horrores que alguna vez llegué a presenciar, producto de su caída voluntaria, me parecían algo semejante a la pasión. Se había entregado en cuerpo y alma a su propio final para que yo pudiera llegar a comprender sus principios. Recta, iluminada, más larga que los centímetros oficiales que quedaron plasmados en la partida de defunción. "Fué hallada en posición de cúbito supino", pude leer. Describían su complexion, el peso, la edad y sus ocho tatuajes. Ella paró el reloj antes de tiempo. "Eres maravillosa", dije. Qué tremendo respeto me transmitía aquel cuerpecito blanco. Odiaba el sol pero ha sido la dueña de todas las estrellas. Su suicidio fué un tornado, una bofetada brutal a modo de mensaje final sin punto definitivo. No ha dejado de estar ni un solo día. No la echo de menos porque se que aquí estaba de más. Su presencia es tan grande que jamás sera recuerdo, y todos los espejos llevan su nombre.

 

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